Por Dra. Ednna Milvia Segovia Miranda

 La violencia es un acto intencional, es decir, constituye un acto que tiene un sentido. Pero si la violencia tiene un sentido o finalidad, debería tener un límite. Si se rebasa ese límite, entonces la violencia deja de ser violencia y se convierte en otra cosa cuya característica es la desmesura y el sinsentido, donde no opera ningún parámetro, donde no existe argumentación, se hace por hacerlo, se entra en el terreno de lo macabro, de la barbarie.

El terror que se vivió recientemente en la escuela primaria Robb en Texas, EE.UU. es una tragedia que nos estremece y consterna, pues las masacres dejan ruinas, cenizas, muertos; destruyen la vida, el orden, las cosas de la cultura; traspasan los límites geográficos y nos recuerdan las barbaries que ocurren en nuestro propio país. Aquí no vendemos piñas, aunque en ocasiones participemos activamente en el olvido de algunos hechos de esta naturaleza, como mecanismo evitativo del impacto emocional negativo que nos genera la violencia colectiva contra gente sin defensa que no puede huir ni oponer resistencia, pues es una realidad talante que seguimos compilando: desde la emblemática masacre estudiantil de 1968 hasta la incierta masacre ocurrida en la Normal Rural de Ayotzinapa, también están las masacres del 10 de junio, Atenco, Aguas Blancas, Nochixtlán, o el tiroteo en el interior de un colegio en Torreón y el fusilamiento de 17 personas en Michoacán.

Con mirada perpleja hemos registrado el dolor de otros intentando interpretar la manera en cómo son perpetrados los eventos de esta naturaleza y cuáles son los motivos del comportamiento de los asesinos, ¿qué propósitos persigue una masacre? Sin embargo, no hay nada nuevo bajo el sol. Estos actos de crueldad mantienen una dinámica universal en la cual el asesino trabaja a mano y de cerca, pues no está obligado a disimular como en el caso de “las torturas”, no existen rasgos de venganza o culpabilidad sobre los victimarios sino más bien profundiza una atmósfera de pánico agudo que pretende aniquilar el tejido social -no en vano ocurren en lugares importantes para la vida de las personas-, con todo y por atroz que sea la acción, no siempre es fruto de trastornos mentales previamente diagnosticados como podría especularse, muchos autores coinciden en que los victimarios capaces de cometerlos, pueden estar aparentemente sanos como cualquiera. Los humanos con emociones mal manejadas y gestionadas son tan letales como las armas y el hombre es el único (animal) capaz de practicar sistemáticamente la crueldad sobre sus semejantes, para nada justificable, pues los animales por “bestias” que sean no son capaces de realizar estos actos.

Empatizar con el dolor y el sufrimiento de las poblaciones afectadas víctimas de formas de crueldad como las que está asumiendo la violencia hoy, por un lado, produce rabia colectiva y sedimento emocional, pues son episodios que no se solucionan con minutos de silencio pero sí con la aplicación del rigor jurídico;y por otro lado, activan la alarma para no dejar de lado el tema de procurar la salud mental, de prevenir el deterioro de nuestros jóvenes con cambios evidentes de conductas o con necesidades afectivas ya que hacer frente a nuestras crudas realidades también implica reconocer que no todo hogar es sagrado, ni toda paternidad es digna de honra, ni toda maternidad es una bendición y que habrá que sanarse porque una humanidad herida potencializa los conflictos sociales.

¡Participa con tu opinión!