Ya regresa la Baraja Sanmarqueña, luego de una ausencia de años. Regresa animada por la fiesta que se prepara en San Marcos, muy bien dispuesta para cantar las glorias de la feria más importante de la galaxia y puntos circunvecinos. Viene dispuesta a cantar sus cartas llenas de color y gusto por la vida; por el disfrute desenfrenado, o de preferencia, mejor desenfrenado, y hasta que el cuerpo y el bolsillo aguanten.

Así que corre y se va.

Por lo pronto, un servidor, Carlos Reyes Sahagún, Cronista del Municipio de Aguascalientes por obra y gracia del H. Cabildo de esta comprensión administrativa, a sus habitantes sabed: que la envidia me corroe, y que entre más vueltas le doy al asunto, más me carcome el alma este rencor ponzoñoso, y ahora paso a explicarle el porqué de mi indignación.

¿Le gusta la música popular? Asumiré que sí sin siquiera pensarlo, pero si a mí me hicieran semejante pregunta, condicionaría mi respuesta con un “depende”, esto porque no todo lo que brilla es oro, aparte de que estamos ante el triunfo del disgusto musical, que parece vencer al gusto musical. Me explico, a ver qué le parece mi propuesta. Distingo dos tipos de música popular. Una, que es creada por el pueblo -por eso es popular, dijo Perogrullo-, que es cada vez más escasa, por no decir que está en franca y abierta vía de extinción, víctima de los aparatos de reproducción y, sobre todo, de la industria de la radiodifusión, disqueras, estaciones de radio, industrias de producción de aparatos, etc., empeñados todos en ganar más dinero, sin importar la calidad. En términos generales, esta música es anónima, es decir, no tiene un autor conocido y registrado y fue creada cuando prácticamente la única manera de escuchar música era haciéndola, es decir, tocar un instrumento popular, de manera generalizada el violín y la guitarra, y en más de algún caso el piano, un violonchelo, el tololoche o el contrabajo, la mandolina, el bandolón, etc.

La otra música popular es la que impulsan los medios de comunicación señalados en el párrafo anterior, y lo es gracias al bombardeo inmisericorde al que nos someten.

Ahora bien, mi indignación; esta envidia de pecado capital que tengo nace del hecho de que Jalisco tiene un montón de canciones, auténticos clásicos de la música popular mexicana, que cantan sus glorias. Hablo de las consagradas; las que rebasan el ámbito estatal, para trascender a la nación; las que llegaron para quedarse, puesto que no fueron desplazadas por los nuevos éxitos, y si digo Jalisco podría decir también de cualquier otra entidad de la República, Jalisco, Michoacán, Veracruz, Yucatán, etc., -siempre en mi inútil opinión-.

Como digo, estoy pensando en aquellas que sobrevivieron a la moda e incluso a sus creadores, y siguen vivas y vigentes en el gusto popular, que a fuerza de añejamiento de décadas; de escucharlas una y otra vez, las ha canonizado. Son las mismas que corren ya por cuenta propia, y no de las disqueras o de las difusoras, y viven; aquellas que rebosan poesía (hueles a limpia rosa temprana; a verde jara fresca del río; son mil palomas tu caserío; o, ¿Qué le parece aquello de son tus noches diluvio de estrellas, palmera y mujer?, etc.), y da gusto escuchar y cantar. Sí, las mismas que de cuando en cuando, en circunstancias muy especiales, escucharlas le estremecen a uno la piel; esas mismas.

Nomás haga cuentas: Jalisco tiene Guadalajara, Cocula, Las Alteñitas, Atotonilco, Me he de comer esa tuna, Chapala, Serenata Tapatía, Ojos tapatíos. ¿Y qué me dice de Veracruz?: ahí están para testificar la riqueza y fama del estado costeño, Noche de luna en Xalapa, de Juan S. Garrido, Veracruz, Noche Criolla, de Agustín Lara, el glorioso Huapango de José Pablo Moncayo, y más recientemente el también glorioso Danzón No. 9, de Arturo Márquez…

En cambio, Aguascalientes sólo tiene una; nada más una: La Pelea de Gallos, del chileno Juan Santiago Garrido. Diga si no se justifica mi envidia, y si, según se dice, semejante composición surgió a partir de una invitación que le fue hecha al compositor, no sé por qué no se le ocurrió a alguien invitar, a digamos, Lorenzo Barcelata, Guty Cárdenas, Chucho Monge, a Pepe Guízar, Joaquín Pardavé; alguno de ellos, para que, luego de experimentar las delicias de esta urbe que luego tanto criticamos, pero aquí seguimos; esta ciudad que cada día pierde una cubeta de su nombre. Digo, luego de esta experiencia, que nos regalara su ingenio en una canción, y cuando digo que Aguascalientes sólo tiene La Pelea de Gallos no quiero decir que sea la única que se haya compuesto; por supuesto que no. Ahí tiene usted, por ejemplo, “Camino de Aguascalientes” de José Alfredo Jiménez, y otras cuyos nombres no recuerdo. Lo que quiero decir es que ninguna otra canción alcanzó semejante empaque, semejante popularidad, ninguna de Esparza Oteo, e incluso la Estrellita de Ponce, como para codearse con las grandes de México, como las señaladas párrafos arriba, salvo esta Pelea de Gallos.

En estos días se cumplen 79 años de que se interpretara por primera ocasión, Con ese pretexto inicio una breve serie dedicada a éste, que es el segundo himno de Aguascalientes. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).