Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

 El Ferial de Aguascalientes, “Adiós mi rielero” inicia con la proyección de un video que proyecta a un hombre sentado ante la denominada nave 39; a un lado de una de las dos calderas que se incrustan en el edificio, y muestra también una serie de imágenes en las que familiares de ferrocarrileros enseñan una fotografía del padre, el abuelo, el esposo… Rubén las solicitó vía Facebook, y le cayeron alrededor de 40 o 50 gráficas en un día, por lo que debió detener la recepción.

A propósito de los familiares, en un cuadro, que corresponde al trabajo en el taller, y bajo las armaduras de una nave industrial, aparecen dos mujeres vestidas de hombres, alternando con los varones, en referencia al hecho de que hubo algunas damas que laboraron en la instalación fabril e incluso trabajaban mejor que sus opuestos, o que fueron a suplir a sus maridos que no llegaban, por andar de parranda.

Una escena por demás excepcional, nueva para este montaje, es la de la huelga de marzo de 1959, y su consiguiente represión, violenta culminación de casi dos años de movilizaciones ferrocarrileras.

Cabe recordar que Adiós mi rielero fue el proyecto elegido en 2020. Algo se había avanzado antes del encierro provocado por la muerte invisible, que dejó todo para mejor ocasión. Se retomó en este año, en cumplimiento de los compromisos adquiridos en 2020, aunque con algunas transformaciones. Una de las más profundas se relacionó con el guion, que fue reescrito. Para ello, invité al poeta Fabián Muñoz, a que se encargara de esta dimensión, incluyendo diversas movilizaciones obreras en las que participaron las mujeres, cosa que hizo con el celo suficiente como para merecer el sobrenombre de comisario político del ferial. Se incluyó una coreografía, fotografías de aquellos días aciagos, portadas de periódico y, desde luego, el relato de “Isauro”, personaje central encarnado por el actor Ángel Mejía Fuentes.

Como digo, este tema no constaba en el proyecto original, pero si el espectáculo se iba a referir a la participación de la mujer en el ferrocarril, ya fuera directamente o al lado de sus hombres, me interesaba destacar ese momento protagónico de las mujeres de los trabajadores ferrocarrileros, que, en mi opinión, es único en la historia contemporánea de Aguascalientes, y quizá del país; un momento de participación femenina. En el contexto de un movimiento ferrocarrilero que había sido una fiesta libertaria, expansivo y alegre, pero que para marzo de 1959 estaba en plena retirada; derrotado, reprimido; los trabajadores del riel entre que asustados y golpeados; las mujeres salieron a la calle a manifestarse exigiendo justicia para sus hombres, para los ferrocarrileros. La escena es aderezada con una iluminación pertinente, que tiene la intención de promover una sensación de luto por lo ocurrido.

En mi inútil opinión, se trata del momento más alto del espectáculo, el de mayor tensión dramática.

Termino, ya termino, y lo hago con un recuerdo, una imagen…  En el momento de escribir estas líneas no había visto todavía el espectáculo. Ciertamente asistí a varios ensayos, que en rigor ya son algo y que desde luego llegan a impactar. Entonces todas las imágenes que tengo en este momento son de los ensayos.

En una de las escenas los propios bailarines montan una estructura de madera, dividida en tres o cuatro partes. Es, literalmente, una vía férrea que asciende hasta convertirse en un camino de hierro vertical y perderse en el horizonte. Originalmente subían a un extremo sobre una superficie con ruedas y la jalaban por el otro. Una parte de la armadura es caminable, si es que se puede andar en unos rieles o sobre unos durmientes que prácticamente están en el aire. En una de las primeras ocasiones, luego de ensamblar el esqueleto, los jóvenes subieron lentamente, con mucha desconfianza. Desde el patio de butacas, Rubén les gritó: “¡No se va a caer!En mi punto de observación, escuché una voz femenina que contestaba: “Pero ustedes sí”, y luego la carcajada festiva. Entonces Rubén fue al escenario, subió por una escalera marinera ubicada debajo de la estructura, en la parte más alta, como si de pronto alguien pudiera emerger de debajo de la tierra y, para demostrarles que el artilugio era seguro, bajó rápidamente por la vía, entre rieles y durmientes, esquivando a los bailarines. Eso me impresionó: vi en el gesto determinación, convicción.

Conozco a Rubén desde… No me acuerdo cuándo. Lo vi con la Compañía Estatal de Danza, bailarín en el ferial, y, desde luego, como diablo, en compañía del inolvidable chamuco mayor, Héctor Iván Luévano Alaniz, en la pastorela barroca que desde hace casi 20 años dirige Jorge Campos Espino. Lo conozco de entonces y, de manera invariable, vi su carácter ligero, siempre pronto para la sal y la pimienta, el aprovechamiento de cualquier circunstancia para reírse y hacer reír al prójimo.

Pero ahora no hay nada de eso, nada, sino una seriedad extrema. Será que le ocurre aquello que observó en sus bailarines: la presión de estar en “ese gigante que es el teatro”, a la espera del rugido del público. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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