Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

La fiebre aftosa de 1947 se hizo presente, pese a las medidas preventivas que se tomaron, y a las que me referí en la entrega anterior. El 21 de enero El Sol del Centro publicó una nota en la que informaba que en el ejido El Barranco de Tepezalá, había aparecido el temible virus, posesionándose de cinco animales, según el campesino Julián Villalobos, que vino a esta ciudad a informar a la autoridad. Aunque había dudas y se temía, o mejor dicho, se esperaba que más bien fuera un caso de envenenamiento, porque de ser cierto, el hecho sería catastrófico para la ganadería del estado.

Resultó la primera, o eso se infiere de la nota publicada al día siguiente, según la cual la XIV zona militar estaba trabajando con las autoridades civiles para aislar la región de Tepezalá en donde había aparecido la enfermedad, que en los hechos significaba que se tendería un cordón sanitario. Además se solicitaba el envío de un epidemiólogo para que analizara la situación, así como personal para combatir “el brote” epidémico. Pronto las cinco reses iniciales se convirtieron en 20, y luego en 40, aparte de que antes de fin de mes la epidemia se había extendido a El Chayote, a casi dos kilómetros de El Barranco, en el mismo municipio, y a San Antonio Tepezalá, en donde se ubicaron entre 10 y 12 animales.

Por cierto que El Barranco se encuentra a unos 25 kilómetros al noreste de Rincón de Romos, al margen de la carretera que comunica a San Francisco de los Romo con Luis Moya, Zacatecas.

Ahora que escribo estas líneas me acuerdo de don Víctor Rodríguez Cabello, el Charro Tierradentreño, un charro siempre listo y dispuesto para “tumbar y herrar”, a quien tuve el privilegio de conocer en el contexto del programa de Radio UAA “Al tranco, origen, esencia”. Don Víctor decía que no había habido tal epidemia, y que todo había sido una triquiñuela de los poderes que controlan todo al norte de la frontera norte de México -y también al sur; faltaba más-, en un acto de competencia desleal contra los ganaderos mexicanos.

Por lo pronto a mí que me esculquen… Yo no estuve ahí, pero a lo mejor el Tierradentreño sí, y por algo afirmaba semejante cosa. También recuerdo que cuando le pregunté que había sido aquello del rifle sanitario, su respuesta me dejó helado –es un decir-, porque las reses no se morían, las fusilaban. O sea que cuando encontraban animales infectados, y hasta antes de que se encontrara la vacuna –igualito que ahora-, llevaban a los pobres animales a una excavación, y ahí, sin corte marcial de por medio, les disparaban. También recuerdo haber escuchado que luego del sacrificio echaban cal y tierra y se acabó (aunque, como se verá, mi fuente habla más bien de incinerar al ganado ejecutado). O sea que el mentado término de rifle sanitario era un eufemismo.

Pues esto fue lo que ocurrió con las pobres reses tepezalenses. El domingo 26 de enero las ocho columnas de El Sol del Centro, es decir, el encabezado principal, fueron las siguientes: “56 reses aftosas fueron sacrificadas ayer.” El fusilamiento había tenido lugar en El Barranco y El Chayote, y las reses incineradas y enterradas.

Entonces se armó la de Dios es Cristo…El diario no da más detalle sobre el lance, el drama del momento –de haber estado yo ahí se habría enterado usted hasta del color de la ropa de los campesinos; lo que se dijeron unos a otros, etc.-, pero imagínese; nomás imagínese como debió haber estado aquello… Supongo que quien se encargaba de la ejecución era el Ejército Mexicano. Entonces, llegaría un piquete de soldados a donde se encontraban los animales, acompañado por funcionarios de las secretarías respectivas, quienes hablarían con la gente; con los dueños de los animales, mostrarían documentos, examinarían a los animales y les darían la mala nueva: efectivamente, las reses estaban contaminadas.

¿Qué pensarían de saber que de pronto iban a perder su patrimonio? Como digo, la prensa no ofrece información sobre el fatídico encuentro, pero días después, y a manera de eco de lo ocurrido, se incluyó en el diario García Valseca una nota sobre el tema, que en el último párrafo informaba que al presentarse los del comité de lucha contra la aftosa, fueron recibidos por los propietarios, armados y acompañados por otros campesinos que se oponían a que las vacas sean sacrificadas si antes no eran indemnizados por la pérdida.  Vaya usted a saber en qué acabaría el asunto, pero nomás imagínese: llega usted al lugar y es recibido por campesinos armados…

Posteriormente, el 7 de febrero se publicó en la sección “Voces del público”(la fuente es siempre la misma) una comunicación firmada por “esposas de campesinos de Tepezalá”, en la que, por medio del periódico, se dirigían al Gobierno del Estado, suplicaban por el pago de las 15 vacas sacrificadas para contener la fiebre aftosa, “puesto que su situación económica se ha ido a pique” (¿dónde he oído eso?), y luego, contra lo afirmado por el periódico cuando dio la noticia del sacrificio, informaban que sus maridos no habían opuesto una resistencia armada a las labores de la comisión, y “más bien suplicaron que se contuviera el brote de la fiebre aftosa en forma menos lesiva para los intereses del poblado del Chayote, lo cual no fue atendido, por el contrario fueron tratados con cierta altanería.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).