Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Estoy platicándole de la epidemia de fiebre aftosa de 1947, que por poquito nos deja sin Feria de San Marcos. La primera medida tomada por la autoridad para evitar la propagación de la enfermedad correspondió a los Ferrocarriles Nacionales de México, según informó el jefe de la estación en el amanecer del año nuevo 1947. La instrucción fue que no se movería ganado de las regiones “limpias” a las afectadas, es decir, la zona del país que el escritor Fernando Benítez denominó como“La ruta de Hernán Cortés”, los actuales Veracruz, Puebla, Estado de México y la capital del país. En cuanto al ganado que fluyera del norte del país al Distrito Federal, se cuidaría que las jaulas no fueran a convertirse en vehículos de contagio.

¿Qué voy a saber de estas cosas?, pero me da la impresión de que fue precisamente eso lo ocurrido, que el virus se instaló cómodamente en las jaulas y viajó por todas partes, esparciéndose con toda libertad.

Con este asunto del coronavirus, quizá la diseminación del virus se habría evitado si desde, digamos, enero, se hubieran tomado medidas tan drásticas como las de ahora, pero dirigidas al origen de la epidemia, aquella región de China de la que sólo nos enteramos que existía a partir de esta situación. Esta vez el virus fue más moderno: se subió a los aviones y se distribuyó por el mundo. Fue a la Plaza de San Pedro en Roma, a la Gran Avenida en Madrid y quizá hasta se subió a TheShard, la altura más alta en la capital del Reino Unido.

Posiblemente lo obligado; lo terriblemente obligado para evitar este incómodo visitante hubiera sido aquello de nadie sale, nadie entra. Parar el mundo 15 días, un mes, y no los quien sabe cuántos meses que vamos a estar encerrados, digo, quienes nos hemos quedado en casa, pero, ¿cómo parar los flujos económicos, cómo detener todo aquello que constituye el corazón, el músculo y la sangre de toda sociedad?, y aquí es preciso no quedarse con la idea simplista de la ambición empresarial por la ganancia, etc., y más bien tratar de ver el cuadro completo: la satisfacción de necesidades humanas, la necesidad de evitar los trastornos del desempleo, y todos los eufemísticamente llamados daños colaterales, etc. Nomás póngase a pensar: un porcentaje significativo de desempleo puede convertirse en una convocatoria al caos.

Para el caso que me ocupa, ¿acaso la gente de la Ciudad de México se iba a quedar sin la proteína cárnica? ¿Cómo satisfacer las humanas necesidades en este aspecto, sin incurrir en el riesgo de contagio?

La nota de referencia agregaba que “El transporte de ganado de la zona afectada con destino a zonas con iguales condiciones, podrá realizarse siempre que el trayecto no toque territorio de zona limpia y viceversa”, y uno bien podría preguntarse: ¿y cómo, por tele transportación, por la vía aérea?

Pero el asunto no estaba sino comenzando: el 9 de enero El Sol del Centro publicó una nota que daba cuenta de las 16 medidas indicadas por la autoridad para prevenir y/o combatir la epidemia: desinfectar pesebres, paredes, bebederos y útiles de aseo con lechada de cal; barrer dos veces al día pisos y patios, y desinfectarlos con una solución de cloruro de cal; bañar al ganado y ponerle en las pezuñas una solución de creolina; lavar las ubres con agua limpia y untarles vaselina con sulfanilamida; los vaqueros deben lavarse las manos y desinfectar su ropa, asegurarse que la alimentación del ganado no esté contaminada, avisar a las autoridades de casos sospechosos de haber contraído la enfermedad. En las zonas contaminadas los becerros debían ser amamantados con leche hervida.

Las conductas que debían evitarse eran las siguientes: que los vaqueros fueran de un rancho a otro, que los vehículos entren en patios y establos, que el ganado de origen desconocido transite por las carreteras, dar alojamiento en establos a ganados en tránsito, cercar los corrales para evitar que gallinas y perros anden de un lado a otro.

Para coordinar los trabajos preventivos se instaló un comité estatal de lucha contra la fiebre aftosa, que presidió el Ejecutivo estatal, el ingeniero Jesús María Rodríguez Flores. Como vicepresidente quedó el veterinario de la agencia estatal de la Secretaría de Agricultura y Ganadería, médico Gustavo Aguirre, y como secretario el Tesorero General del estado, Esteban Soto. Además, el organismo contaría con tres vocales: el general Conrado Salido, el coronel Pablo Baranda García, y el doctor Benjamín Ron Monroy, este último jefe de la delegación de salubridad, en el estado, que en aquella época se llamaba Servicios Coordinados de Salud Pública en el Estado.

De entrada el comité acordó que el ganado al ser trasladado a otras zonas del país sería cuidadosamente examinado, y las jaulas que servirían de transporte, se blanquearían con lechada de cal. También se resolvió que todo transporte que entrara en esta rielera capital, fuera fumigado, y los establos limpiados a profundidad, y blanqueados en su interior.

Finalmente, también se pondría una especial atención en la vigilancia de las tenerías que operaban en la ciudad, para evitar que fueran a utilizar como materia prima cueros de reses procedentes de las zonas contaminadas. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).