Moshé Leher

Málaga, cuatro y pico de la tarde. Un tablero callejero marca 32 grados, aunque la humedad y la calle desierta (parece que cayó la bomba de neutrones y, por una razón que no comprendo, soy el único sobreviviente), me hacen pensar en el desierto, que está aquí a lado, en la Legión, en el siniestro Millán-Astray y hasta en el pobre de Unamuno en el lecho de muerte.

Voy camino del pequeño hotel donde, un gesto que agradezco, me han alojado mis anfitriones, y que queda a no más de tres kilómetros del centro de la ciudad, al que se llega luego de cruzar una siniestra calle, la de Martínez Maldonado, que no desmerece en suciedad y mal gusto -los bazares chinos y las teterías moras se suceden junto a los negocios en quiebra- con algunas calles del centro de mi lejano rancho.

Me pregunto, como suelo hacerlo siempre que estoy en situaciones semejantes: perdido, en lugares poco recomendables en donde me meto casi como si fuera una pulsión, quién diablos me manda a mí meterme en estos berenjenales; resollando, con la camiseta empapada, me refugio bajo la cornisa de un paradero y, sin pensarlo y so riesgo de acabar en Estepona, o en Algeciras, me trepo en el autobús que pasa unos minutos más tarde.

Soy afortunado, el bus es una sucursal del paraíso: un asiento, un coche climatizado de lo más agradable, un mapa de la ruta, que va aunando las estaciones y me dice que voy en dirección correcta, bien valen el euro con 40 céntimos que me costó subirme al vehículo, que no es poco pues estamos hablando treinta y tantos pesos y este edén rodante no es más que un camión urbano.

Ayer por la mañana vine a Málaga a ver a la gente del Museo Rando, donde hay la posibilidad de colgar mis cuadros y, me sugieren, de dar una conferencia o hasta un cursillo, y donde me han dado una visita guiada y privada, tras lo cual me he pateado la ciudad hasta la Malagueta, y me he quedado por mi cuenta, una vez que no tengo que estar en Sevilla hasta el viernes.

Así las cosas tenía que organizarme la vida el día y medio que queda antes de irme en autobús, pues la huelga de Renfe, los ferrocarriles españoles, hace imposible pensar en conseguir un tren en un horario, y a un precio, que se acomoden a mis horarios y a mi bolsillo; parece que la vida aquí es por lo menos fácil de organizar, aunque esta es una ciudad de grandes contrastes: junto a un grupo de unas jovencitas rusas que quitan el aliento, mendigos mutilados que parecen sacados de un cuadro de Goya, bajo los muros del convento de San Agustín: zonas degradadas y rincones que son pura alegría; calles populosas y chamagosas y la maravilla del anfiteatro romano, bajo las imponentes murallas de la Alcazaba, a donde me han recomendado no subir.

Como sea yo me he organizado el día de la mejor manera. A las siete un desayuno bastante potable en el Oña, aquí a lado, donde apenas queda lugar en esas mesas abarrotadas con parroquianos que devoran churros, a las ocho, una urgente sesión de ejercicio en el polideportivo Carranque, a donde me han dado acceso por cuatro euros, la ducha, la caminata hasta la playa cuando el sol era soportable, la tarta de queso curado que debe ser el postre que sirven a los bienaventurados que irán al Olam Ha-bá; como yo me veo más en el Sheol, o mejor en ninguna parte, pues decidí darme el gusto en este mundo.

Esa fue mi perdición, no en vano la gula es un pecado capital. Esa tarta y dos copas de vino me causaron tal sopor, que decidí venir andando al hotel; bueno esa tarta y las ganas de ahorrarme los muchos euros que me costaría darme el lujo de un taxi; allí fue donde emprendí la caminata casi mortal y acabé pensando en las marchas de los legionarios, en el bestia de Millán-Astray (que proclamó aquello de “¡Muera la inteligencia, viva la muerte!”), y en que más me vale acostumbrarme a esto -al estilo de vida de aquí, que como sea ya viví en Barcelona-, pues es muy posible que pronto este sea el lugar de mi casi seguro exilio.

Como sea, es obvio, creo, sobreviví. Mañana todavía tengo algún asunto aquí, antes de irme a Sevilla, donde me dicen que el calor aprieta. Por lo pronto anoche, de la ventana que tengo aquí a lado, llega el rumor sordo de los autos, sobre el cual llega una ligera brisa marina, suave y fresca; supongo que me iré de fiesta, para festejar que no azoté por un golpe de calor y porque al fin es jueves.

¡Shavúa Tov!

@MosheLeher: Facebook, Twitter, Instagram.