Por puro ocioso, y ya se sabe que la ociosidad es la madre de todos los vicios, algún día de la semana pasada -¿el miércoles, el jueves?-, leí mi horóscopo; la vaguedad, que permite que existan tales cosas como las predicciones astrológicas, suele permitir que brujos, videntes y adivinas vivan de decirle a un señor que nació en tal fecha de tal mes y que es, digamos, del signo Aries, que debe cuidar de su salud, olvidarse de rencores y otras sandeces del tipo, contando con que de 100 personas, 100 deben cuidar su salud (90 no hacen ejercicio y 95 se alimentan como para clamar por un infarto), en tanto que rencores, problemas, ansiedades las tenemos todos.
Se llama la condición humana.
El asunto es que algunas o algunos de estos adivinos de oficio -lo que es mérito, en un país de tanta gente que dice saber qué nos depara el mañana-, alguna mañana se sienten inspirados y tienen que dejar la vaguedad, para ponerse a predecir sucesos del tipo: ‘Va a recibir la llamada de una persona de su pasado’; ‘Una carta llegada de lejos le traerá noticias’; ‘Cuidado con un problema familiar que puede agravarse si no aprende a ser prudente’.
Ese día, la vidente de turno, o adivino profesional, ya ni me acuerdo, aseguraba que los nacidos bajo mi signo, que hasta donde tengo entendido es el de Escorpión, íbamos a ‘recibir una llamada que cambiará su vida’.
Como yo soy muy poco de recibir llamadas, y menos de contestar cualquier número que me resulte desconocido -incluso suelo no atender llamadas de gente que sí conozco-, comencé a inquietarme cuando comenzaron a aparecer en la pantalla de mi teléfono móvil de llamadas que bien podrían ser: del banco que quiere endosarme una tarjeta no solicitada, la aseguradora que me quiere convencer que más que una empresa de seguros son un ente filantrópico, la compañía de cable que…
No contestar, por otra parte, podía representar que no atendiera la llamada que me iba a cambiar la vida: una herencia de una tía ignota, fallecida recientemente en Nueva Caledonia, o en Uruapan (no tengo parientes en ninguno de esos lugares y menos tías dispuestas a darme nada), una oferta de trabajo atractiva y bien pagada, el anuncio de que me había sacado una diputación en la rifa de MORENA, o que acababa de ganarme la casa de la rifa del Tec de Monterrey.
Luego reparé que, salvo lo del trabajo, no recuerdo haberme inscrito en la rifa de MORENA (creo que no aceptan registros de gente sospechosa de ser decente), ni haber comprado jamás un boleto para la casa del Tec.
Contesté, por si las malditas dudas, un llamado de un número, en lo que resultó ser un intento de, con la trampa de que me llamaban de un banco para comprobar si yo había usado una tarjeta para comprarme un Yate en Cadaqués, lo que querían era defraudarme. Por suerte mi desconfianza me libró de caer en la trampa para bobos que me tendieron, extremo que sí que me hubiera cambiado la vida de manera desastrosa, dadas mis circunstancias de extrema brujez.
Luego recordé por qué a mí esas bobadas de los signos y los pronósticos de futuro me resultan inverosímiles, entre otras cosas porque conozco gemelos y mellizos, nacidos obviamente el mismo día y con minutos de diferencia, de carácter, inclinaciones y fortuna tan dispares como la que tengo yo con, por un decir, un heredero de la Casa Real sueca.
Entre otras muchas y abrumadoras evidencias, debo decir que yo conozco a media docena de personas que nacieron el mismo día del mismo año que yo, y no hay nada similar en nuestra forma de ser, nuestras costumbres y nuestra fortuna o, en mi caso, la falta de ella.
Uno, un pesado que fue mi compañero en bachillerato, es un amargoso que entiendo que en asuntos de trabajo tiene alguna solvencia y estabilidad; otro, es un profesionista exitoso que emigró a trabajar a una trasnacional y, lo último que supe de él, es que se casó con una joven que parece una modelo de revista; otra de ellas, amiga mía, tiene una vida que podríamos calificar de venturosa; otro, es un conocido y redomado timador, que entiendo que ha logrado amasar fortuna a costa de terceros…
Por lo demás, pasados ya cinco o seis días, creo que no voy a recibir la dichosa llamada y, en tanto, mi vida seguirá por los cauces de los últimos tiempos, aunque habrá seguir esperando el mensaje de los astros, aunque sean los de Houston.
Abur.

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