Moshé Leher

Día del Padre, pocas cosas qué decir.

Por razones que no vienen a cuento, o sí, yo veía la fecha con aprensión, casi con miedo: nada qué festejar; el hijo ausente y poca cosa más.

A las doce de la noche en punto, apurando sorbitos de tequila amargo, recibí la llamada del zarévich y tuvimos una larga y buena charla. Le dije, porque es verdad, que su mera existencia –luego de su dedicación, su valentía y su esfuerzo por mejorar este mundo– me justificaba; que no era necesario, pero que a diario me llena de orgullo.

Luego, triste por esa ausencia, me dormí. Desperté pronto el domingo y me fui al club a hacer un poco de ejercicio. Había decidido ir un par de horas, volverme a casa y encerrarme a rumiar, a leer, a ver algo en la televisión… dejar que el día se consumiera como otro domingo aburrido más.

Ya allí me encontré con las escenas de siempre: padres jóvenes con sus vástagos y familias con padres mayores sentadas alrededor de la piscina mientras desayunan en el restaurante, un joven empujando un cochecito de gemelos, imágenes de familias más o menos avenidas, un viudo reciente con la tropa de sus nietos. Les veía con una mezcla de envidia y extrañeza, yo que por muchos motivos no tengo nada parecido a una familia, pero que no dejo de sentirme muy a gusto con lo que me regala mi mucho tiempo para mí solo.

Ya me iba cuando me encontré a un grupo de amigos y amigas que, como yo, no tenían la menor intención de festejar nada, pero querían pasarla bien, frente a la piscina, picando fritangas y bebiendo cerveza. Uno de ellos, que sí tenía celebración en casa con sus hijos, se marchó a la hora de la comida. Yo comí allí con los demás que, a eso de las tres, ya daban muestras de no quererse mover de allí.

Poco después, atendiendo el llamado a la ibérica siesta, me vine a casa, me puse el pijama y decidí que ya estaba bien de domingo.

Poco después volvió a llamar el hijo ausente, hablamos otro rato y me puse a dormir, después, un par de horas después, me puse a traducir un poema de George Oppen y…

Yo salgo poco y casi religiosamente nunca los domingos. Hace años ya que huyo como de la peste bubónica o de los mítines políticos, de lugares oscuros y ruidosos, sobre todo, si están de moda y congregan mucha gente, lugares que en mis días se llamaban bares y hoy reciben el no errado calificativo de antros.

De qué manera terminé yo en uno de esos lugares, con los amigos de antes y algunos más que, se ve, no festejaron con sus padres o hijos, por causas varias y que no me importan, bailando salsa; sigue siendo un misterio.

En algún momento, bailando un deplorable son, le decía a una amiga que, a decir verdad, el hecho de que yo estuviera allí, un domingo, ya entrada la noche, era la cosa más extraña que había hecho en años, aunque lo más extraño es que el lugar estaba casi a reventar, en un día y una hora en que yo suponía que ni existía la ciudad y en que la gente debería estarse preparando para dormir y poder esperar el inevitable lunes.

Lunes que nos agarró cantando a coro. Cuando yo vi el reloj, vi que ya estábamos en una nueva semana, y me fui a mi casa a hacer lo que debía haber hecho horas antes, acostarme y dormirme, que yo ya tengo una edad.

Desperté este lunes con la extrañeza metida en la piel, tratando de descubrir el misterio de cómo comencé un Día del Padre haciendo ejercicio y con humor de perros y terminé bailando salsa; una práctica extrema que ni siquiera sabía que tenía facultades para ejecutar.

¡Shavua Tov!

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