Por Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 

Un hombre muere en mí, siempre que un hombre muere en cualquier lugar, asesinado por el miedo o la prisa de otros hombres, fragmento del poema “Civilización” de Jaime Torres Bodet.

No sé si se trate del hecho más ignominioso relacionado con la administración de justicia en lo que va del siglo XXI en nuestro país, pero indudablemente Ayotzinapa es el más sonado, el más conocido y el que hasta el momento ha tenido mayor repercusión internacional y que, en nuestro país, quien sabe por qué ha tenido protestas todavía dentro de los límites de una “manejabilidad” que en cualquier momento podría desbordarse.

Seguramente las muertas de Juárez todavía sin plena aclaración y el caso de los migrantes muertos encontrados en fosas clandestinas en Tamaulipas recibirían con mayor propiedad la calificación de genocidios y por lo tanto de crímenes de lesa humanidad. Ambos casos no pudieran comprenderse sin contar con la complicidad y por lo tanto el silencio de las autoridades policíacas en un segundo momento, posterior a los asesinatos. La cadena de feminicidios de la frontera y las muertes constantes de los centroamericanos que migran en busca del sueño americano, representan casos vergonzosos en los que la opinión pública parece haber llegado a un punto de saturación en el que ya no pasa nada. Algo parecido a lo que experimentamos con un olor nauseabundo que, soportadas las primeras impresiones y luego de respirar profundamente, la pituitaria se satura y sube el umbral permitiéndonos terminar por acostumbrarnos al mal olor sin el rechazo inicial.

No hay justificación razonable para la conducta generalizada de soportar los crímenes con tintes genocidas, ocupándonos de cosas banales mientras nuestra conciencia se tranquiliza por haber expresado en su momento una condena. Quizás la explicación sea lo que ha citado en repetidas ocasiones en sus columnas el antropólogo Juan Castaingts: la anomía. La anomía, mezcla de apatía, desesperanza, desgano, desconfianza, incertidumbre, que nos lleva a considerar que, pase lo que pase, haga lo que haga, diga lo que diga, nada cambiará, por lo tanto, no queda más que apurar el momento, entretenerme en las redes sociales, dilapidar tiempo en los antros, y dejar que la vida se consuma porque, de cualquier forma, no saldré vivo del mundo.

Ayotzinapa parece, lamentable y afortunadamente, un revulsivo para la vida pública del país. De la sorpresa inicial, se pasó al estupor, de este a la incredulidad y de allí a una indignación que crece a medida que se conocen más detalles que rodean a la desaparición de estos jóvenes normalistas. Lamentable que tenga que suceder una desgracia de tal magnitud para que la sociedad salga de su marasmo, de la que, sin embargo, tendrán que desprenderse consecuencias positivas para la vida pública del país.

Nos hemos también acostumbrado a hablar de corrupción y de impunidad, como de males necesarios que provienen de una idiosincrasia resultante de un mestizaje desafortunado. ¿Qué se esperaba de una mezcla tal? se suele decir, de unos conquistadores de lo peor, salvados de las mazmorras, reclutados de los parias, complementados por los tránsfugas y un pueblo sojuzgado, vilipendiado, avasallado, que no supo, ante el temor reverencial, hacer valer su indudable superioridad numérica. Los mexicanos somos así, nacidos de una contradicción, tenemos que ser naturalmente incongruentes. El trauma de la conquista nos sigue marcando e incapaces de sobreponernos a él, seguimos seducidos por los abalorios y los espejitos, y de esa conducta asumimos el engaño, el cohecho, la concusión.

Pequeños comportamientos de todos los días nos recuerdan esa supuesta fatal resultante del mestizaje: el que se mete en la fila que otros pacientemente han formado, el que escamotea unos gramos en el producto que vende y que es de primera necesidad, el que a sabiendas utiliza un billete falso para obtener una pequeña ganancia sin demasiado esfuerzo, el que no respeta el lugar señalado para los discapacitados a los que obligará a un trayecto más largo y pesado, el que altera la bomba del combustible para expender menos de lo que aparentemente señala el medidor, el que omite declarar actividades mercantiles que habrían de causarle el pago de impuestos, el que copia en un examen, el que falsifica un documento para aparentar lo que no se es, el que adultera las bebidas que expende no obstante el daño que pueda causar, el que introduce al país mercancía que arruinara a las pequeñas industrias que no pueden competir con la piratería y… ¿para qué seguir?

Es terrible lo que pasó en Ayotzinapa pero es terrible también lo que pasaba antes de este crimen proditorio. Ahora se nos dice que tanto el ex presidente municipal de Iguala como el ex gobernador de Guerrero, eran unos pájaros de cuenta; que existía una connivencia perversa de los grupos policíacos con los grupos de narcotraficantes que operaban impunemente en esa zona; que nadie asume la responsabilidad de haber postulado a ese par que llegaron a gobernar municipio y estado, mediante un proceso “limpio” avalado por organismos electorales que hicieron valer el “voto popular”; que todos voltean la cara y protestan “decir verdad” de que ni los conocían, ni los frecuentaban, ni los saludaban, ni estaban enterados de sus antecedentes; ahora sabemos que era cosa de todos los días que los estudiantes secuestraran unidades de transporte, a veces con rehenes, a veces sin ellos, para bloquear carreteras y “cobrar” un peaje forzoso con el eufemismo de “botear”; ahora conocemos que un grupo de narcotraficantes conocido por su nombre y por sus hechos “Guerreros Unidos” infiltraba corporaciones policíacas y administraciones públicas para facilitar sus negocios delictivos; ahora parece que muchas autoridades, muchos políticos, muchos periodistas sabían mucho de lo que pasaba en Guerrero sin que se hiciera nada para impedirlo o para atajarlo.

Ayotzinapa no es sólo una prueba para un Gobierno, que lo es, sino una prueba para un país, que teniendo muchas cosas positivas, muchos logros culturales, mucho sufrimiento y trabajo, mucho de qué enorgullecerse, ha soportado, tolerado, asumido, comportamientos que están pasando una factura dolorosa y cruenta. El Gobierno tendrá, tiene, una prueba de fuego. Para México país, se vuelve a plantear el dilema que el destino planteó en 1968, el camino de una democracia deliberativa y responsable en que cada ciudadano asuma su parte en la reconstrucción de la Patria, o el endurecimiento de un gobierno represivo con medidas que terminaron por propiciar más corrupción y más impunidad.

Toca elegir…

 

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