Por J. Jesús López García

Al circular por la capital hidrocálida desde los bordes del Primer Anillo de Circunvalación hasta los límites de la ciudad, nos damos cuenta de una urbanización que sigue pautas de la segunda mitad del siglo XX a la fecha, múltiples edificios y conjuntos levantados con formas y materiales vigentes de la misma pasada centuria.

Si consideramos que la ciudad de Aguascalientes se acerca ya a sus 450 años de existencia, en el área referida, que es la mayor parte de la superficie urbanizada, nos encontramos que la urbe “nueva” es con mucho la que está constituida en su mayor parte por arquitectura reciente. Aun así, esa calidad de “nueva” es engañosa para la arquitectura y la ciudad.

Es complicado determinar a qué nos referimos por “nuevo” y por “viejo” también. El acero y el cemento se usan en Aguascalientes desde hace alrededor de un siglo; para nuestra actualidad que se mide en lustros como si fueran el largo plazo, una centuria es la acreditación de vejez. Pero aún con ello, es relativamente sencillo notar la diferencia entre lo nuevo y lo viejo en materia arquitectónica, y es que más allá de los materiales utilizados, las maneras de componer un edificio, las convenciones en su organización espacial y formal, así como las referentes a su disposición respecto a la calle, son parte de esa denotada novedad -el hoy- o vejez -el ayer- que no es otra cosa, que su apego a la tradición.

Al adentrarnos al núcleo urbano desde la misma avenida, podemos percibir cómo la ciudad es mucho más diversa en formas de edificios, trazo de calles y espacios abiertos y configuraciones espaciales. Lo llevado a cabo ayer y lo levantado hoy, son contiguos y conviven de una manera cotidiana que en muchas ocasiones es complejo ver las diferencias entre sus características.

Varias fincas han estado a lo largo de décadas, experimentando intervenciones de muchos tipos y de diferentes intensidades; la adecuación a los requerimientos de hoy hace que ello sea algo constante, incluso edificios de carácter patrimonial y con siglos a cuestas como el Palacio de Gobierno, han sido modificados para cumplir sus nuevas funciones, y semejante a ese caso, hay innumerables más, confundiéndose en el proceso lo que es original de lo que es posterior, si bien, remitiéndonos a materiales y técnicas constructivas, o a configuraciones espaciales determinadas es posible ir desglosando las diferentes edades de los edificios.

En los inmuebles recientes ocurre algo similar pero a la inversa, sus materiales constitutivos, organizaciones espaciales parecen ser actuales, como el acero y el concreto que tienen varias décadas de aparición y su composición formal es en muchas más ocasiones de lo que se podría pensar, similares con edificios del Movimiento Moderno de hace casi cien años.

Sobre la calle Guadalupe existen dos vecinos de distintos tiempos. El más viejo en adobe y matacán ya recalzado en ladrillo posteriormente, y con dos vanos grandes con cerramientos de concreto armado para poder adaptar en algún momento dos cocheras. Queda el acceso rematado con un arco trilobulado con dos estrechas ventanas flanqueándolo como vestigio original de la casa, pues el remate de líneas mixtas y las líneas verticales de su decoración remiten al Art Déco.

Al lado de la finca de ayer, se ubica un vecino de hoy, retranqueado respecto al alineamiento con cajones para estacionamiento; un haz de columnas inclinadas destacan en su nivel inferior y el resto de la composición que deja ver su actualidad, da cierto eco a algunas organizaciones de fachadas diseñadas por el arquitecto Le Corbusier (1887-1965) en su etapa purista, como aquella de la villa Besnus, de 1922. Así, en arquitectura lo que parece muy viejo, puede tener partes que no lo son, y lo que en apariencia es nuevo, sigue pautas que fueron puestas en práctica hace ya casi cien años.

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