Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Arranca la telenovela alien

13 años han pasado desde que el cineasta canadiense James Cameron se pusiera detrás de la cámara para una producción de ficción (el señor concentró esfuerzos en proyectos documentalistas y en escribir, planificar y delinear técnicamente esta saga alienígena a desarrollarse mediante otras cuatro cintas que se estrenarán en años venideros) desde la primera “Avatar”, aquel filme con ribetes anticolonialistas, antiimperialistas y eminentemente ecológico que adolecía de un guion muy deudor de leyendas como Pocahontas o filmes sobre el buen caucásico sumado a causas indígenas como “Danza Con Lobos”, pero en el espacio con personajes meramente arquetípicos que triunfó sobre todo por una impresionante gama de efectos especiales, que es la marca de la casa Cameron. Ahora retoma donde se quedó con “Avatar: El Camino del Agua”, una cinta que sin ser una maravilla recupera al director escapista y escaso en pretensiones de sus primeros filmes como “Terminator” (1984) o “Aliens: El Regreso” (1986), con resultados visualmente sorprendentes pero de argumento algo vacío y trillado. Una vez más el personaje del soldado renegado Jake Sully (Sam Worthington) envuelto en el avatar de los desmesurados alienígenas azules llamados Na’vi del planeta Pandora será el hilo conductor de una trama que ahora involucra a su esposa Neytiri (Zoe Saldaña) y sus cuatro hijos, quienes deben huir de la seguridad del bosque cuando descubren que su viejo enemigo, el coronel Quaritch (Stephen Lang), legó una especie de memoria USB con sus recuerdos a un avatar Na’vi antes de morir para proseguir con su venganza en contra de Sully convocando a un grupo de soldados de élite también con avatares extraterrestres y destruyendo el hábitat de los albicelestes seres. Para proteger a su familia, Sully pide refugio a los Metkayna, liderados por la pareja de Tonowari (Cliff Curtis) y Ronal (Kate Winslet, quien regresa al redil de Cameron después de acusarlo de tiranía en el set de “Titanic”) quienes conforman una comunidad eminentemente acuática donde su relación con los animales marinos, en particular con una especie de cachalotes extraterrestres, les es vital así como los Na’vi con la fauna de su extinto bosque. De esa forma se crea una historia que aborda todos los elementos básicos de una historia con estas características, donde veremos cómo los hijos pequeños y adolescentes (incluyendo la joven hija de la científica interpretada por Sigourney Weaver, en la primera parte también de apariencia Na’vi e interpretada por la misma Weaver, pero concebida por magia / el Espíritu Santo al no dar con una explicación de su concepción) luchan por abrirse camino entre la comunidad Metkayna, en particular el hijo mayor de Sully, quien tiene a su bully particular mientras entabla una relación mística con uno de los mencionados cachalotes desterrado por su raza al considerársele un asesino despiadado, la tensión que crece entre Sully y Neytir cuando ésta no encaja adecuadamente en su nuevo hogar y, por supuesto, la amenaza acechante de Quaritch quien no se detendrá hasta destruir a Jake y todo lo que le rodea.
La verdad, el guion, escrito en tándem por Cameron, Rick Jaffa y Amanda Silver, consolida con mayor fortuna los aspectos dramáticos y temáticos que persigue en comparación con su predecesora en cuanto a la conjugación de un mensaje ambientalista, los horrores de la conquista por parte de las fuerzas blancas que sólo buscan extraer los beneficios del Nuevo Mundo a la fuerza y una dinámica paradigmática del western revisionista de izquierda al servicio de una trama que venera los aspectos más místicos de la cultura que se inventa para propósitos narrativos (la conexión de estos seres con las plantas y las criaturas mediante su unión biológica con colas y coletas, la idea de un espíritu unificador jamás mencionado como deidad pero sí como una fuerza omnisciente y poderosa que da vida e inspiración a las razas de este mundo, etc.), pero todo queda en un lineamiento unidireccional donde lo esencial es la persecución de Quaritch a Jake (después de todo, Cameron es un cineasta serie “B” de corazón gracias a su gesta como tal bajo el mando de su padrino Roger Corman) adornado cual árbol de Navidad argumental con muchos detalles luminiscentes, espectaculares y muy sobados (los conflictos padre e hijo pobremente resueltos, personajes humanos y alienígenos que siguen siendo meros arquetipos por no decir clichés -sobre todo los antagónicos- y falta de honradez en cuanto al retrato de la vida sentimental y familiar de los Sully, pues todo entre ellos se expresa mediante fuerza filial sin genuina naturalidad que nos permita entender claramente quiénes son sus hijos y el verdadero rol que juega la madre en ello -y el que gruña constantemente no cuenta, sólo diluye su presencia como un chiste de mujer malhumorada-) que se cuecen con predictibilidad y falta de genuina resolución, pues al concluir la cinta nos quedamos con esa incómoda sensación de haber visto tan solo el primer episodio de una telenovela que augura todo tipo de conflictos a nivel micro y macro. “Avatar: El Camino del Agua” brinda esa fuga que cualquier cinéfilo poco exigente solicita de un producto hollywoodense, aun si le sobran fácilmente de 40 minutos a una hora para plantear lo que necesita en su activación narrativa, pero también se percibe como una secuela completamente innecesaria que existe tan solo para prolongar una historia que, desde su inicio, jamás lo necesitó o requirió, pero ya la taquilla demostrará que, para hacer cine, lo único que necesitan Cameron y compañía es un pretexto para llenar sus ya atiborrados bolsillos, irónico si consideramos que durante tres horas la película nos predica una y otra vez que lo esencial es el conectarse con la tierra y no el saqueo, pero bueno, así es la doble moral de la Meca del Cine.

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