Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

No todo lo de antes era malo ni todo lo nuevo es bueno; hubo cosas malas en el pasado y también hubo cosas buenas; al igual que en el presente. Antes de la descentralización educativa, los directores de escuela tenían reconocida autoridad en la organización y funcionamiento de las instituciones bajo su responsabilidad, aun cuando todos los asuntos se resolvían en la Ciudad de México. Bajo estas circunstancias, las escuelas daban buenos resultados.

Con la descentralización, los directores fueron perdiendo autoridad debido a que, por una parte, funcionarios locales de nueva creación y, por la otra, la intervención sindical, los fueron desplazando en la toma de decisiones de la gestión escolar; dejándolos, únicamente, como operadores de los servicios educativos. El personal docente, manual y administrativo, fue impuesto a los directores, quienes han tenido que trabajar con lo que les asignan. En tal virtud, las escuelas se fueron demeritando, gradualmente, y como consecuencia, la educación también fue bajando. Los directores son fundamentales en la organización y el buen funcionamiento de las instituciones, pero sin autoridad no pueden garantizar en buen desempeño de las escuelas.

Desde 1992 a la fecha, esto ha estado pasando en los planteles públicos. Ocasionalmente, con adulaciones y alabanzas discursivas se ha pretendido dizque elevar la educación, sin lograr avances; porque, en gran medida, los directores de escuela han perdido autoridad, y no precisamente por culpa de ellos.

El más reciente ejemplo de cómo se denigra la autoridad de los directivos escolares: con motivo del regreso a las clases presenciales para el 7 de junio, días antes, las autoridades locales (previa orden federal) indicaron a los directores de educación básica del estado que convocaran a su respectivo personal para integrar los Consejos Técnicos Escolares con el objeto de analizar, discutir y tomar el acuerdo si se retornaba o no a las clases presenciales, dependiendo de la situación imperante en cada institución; y que el acuerdo, de cada plantel, sería respetado. Con estas indicaciones, los directores reunieron a sus Consejos y tomaron el acuerdo de regresar a clases el día señalado; se establecieron comisiones de salud, así como criterios para la organización de los estudiantes en los salones. Directivos y docentes salieron de las reuniones de los Consejos de conformidad y dispuestos a reanudar las clases presenciales el 7 de junio. Pero…por la tarde noche del jueves 3 de junio, los maestros empezaron a recibir el comunicado que la Secretaria de Educación había determinado que el regreso a las clases presenciales era voluntario para los padres de familia, los estudiantes y para el personal educativo. Al día siguiente, viernes 4 de junio, muchos maestros se comunicaron con su respectivo director para hacerle saber que ellos continuarían atendiendo a los alumnos a distancia, toda vez que era optativo regresar o no a las clases presenciales. Los directores trataron de convencer a sus maestros para que cumplieran con el acuerdo en el Consejo de reanudar clases el 7 de junio; sin embargo, los docentes argumentaron que la autoridad superior determinó que el regreso a clases era voluntario; y fue voluntario a pesar de los esfuerzos de los directores. En pocas palabras, éstos quedaron ridiculizados. Confusiones y contradicciones como éstas son las que demeritan la autoridad a los directores; de poco sirve todo lo que hacen por organizar y hacer funcionar sus planteles cuando hay órdenes superiores que de un “plumazo” destruyen su trabajo; poniéndolos en evidencia ante su personal. Aparte de los directores, los que también pagan estos desaguisados son los padres de familia, los niños y la educación. Si las autoridades educativas realmente quieren mejorar la educación, deben devolver la autoridad a los directores de escuela y pensar dos veces antes de girar órdenes contradictorias que demeritan la educación.