Por Ednna Segovia

“¡Y bien! aquí estás ya…, sobre la plancha, donde el gran horizonte de la ciencia, la extensión de sus límites ensancha. ¡Pero no!… tu misión no está acabada, que ni es la nada el punto en que nacemos, ni el punto en que morimos es la nada…”, en este fragmento del poema “Ante un cadáver”, Manuel Acuña nos ofrece la visión de un cadáver ante una autopsia, pero también del espacio en el que ha de diseccionarse (separar los tejidos) para su estudio, es decir, el anfiteatro o morgue. Estudiar un cadáver significa una oportunidad de saber más sobre el ser humano, lo digo con su respeto y dignidad póstuma. Y la muerte es un nuevo comienzo. Es por ello por lo que el poeta nos invita a vivir, pero no a aferrarnos demasiado a la vida, pues sólo estaremos un poco aquí.

Se nos fue 2022 y a pocos días de recibir el siguiente año, es menester tomarnos un tiempo para hacerle la necropsia que le corresponde a cada cierto ciclo, porque sólo a la luz de una disección concienzuda de lo vivido, lograremos comprender la causa, naturaleza y extensión de nuestras fallas y perdonarlas, además de que nos permitirá reconocer todo lo que aprendimos y reconciliarnos. La palabra autopsia significaba “ver por uno mismo”, y sí, verse por uno mismo, es un estudio fundamental e imprescindible, pues nos permite identificar, evaluar e inaugurar capítulos nuevos para nuestra vida.

Siguiendo el discurso de esta metáfora, bien podríamos empezar por realizarle la primera disección a lo que salta a la vista, este mes de diciembre que parece pausado, lánguido, maltrecho que sugiere padecer de estrés crónico. Pues la mayoría hemos llegado hasta aquí al límite en un contexto de persecución de objetivos, exhaustos; hemos hecho lo que hemos podido. Es momento de pausar nuestra modernidad velociferina y frenar para reordenar las prioridades. Porque en la anatomía de cada fin de año siempre destaca el ambiente familiar, los actos de solidaridad y cuáles son nuestros propósitos.

El arte de una disección a través del tiempo consiste en fijarse primeramente en los detalles externos antes de comenzar a hacer una exploración de todo lo vivido y analizar cada momento, pues a no ser por ese minucioso examen interno es que podremos determinar las causas que nos condujeron hasta donde estamos ahora. Quizá nos pueda sorprender que el hilo conductor de nuestros hallazgos necrópsicos sean el habernos defendido del vacío y la tristeza haciendo muchas cosas para evadir la realidad, o bien, permanecer en estados eufóricos permanentes porque la realidad a veces es insoportable. Es decir, diseccionar nuestro interior es como poder verse en un acantilado en el que nos aterra caer, pero si nos atrevemos a autoobservarnos, con toda seguridad encontraremos aquello que es necesario confrontar. Porque cada año, cada mes y cada día, con su propia anatomía, con su particular técnica de disección, comparten en común la impermanencia ineludible y con ello la oportunidad de momentos de renovación.

Por lo que podríamos afirmar que, en un acto de honestidad propio uno puede mentirse, pero en una autopsia no; ya que este procedimiento nos revela que la carga de cada uno es intransferible e incomparable, que la vida por naturaleza es caótica, incontrolable e incomprensible siempre y que no habrá mejor solución que aprender a surfearla; en consecuencia, antes de suturar (cerrar) al cadáver del año 2022, es preciso reconocer el cansancio, agradecer los momentos de alegría genuina, tener gestos más simples de autocuidado, planes más sencillos, comprender que la esperanza es una actitud vital en el presente y no esperar a que todo mejore y en la dirección que preferimos. Aceptar que la hermosura de nuestra fragilidad es vivir sin garantías, que la gratitud es una capacidad fundamental para sanar; y finalmente, anudar con firmeza nuestro cierre, enfocando la atención en lo que sí ha salido bien y no sólo en los vacíos de la existencia, abandonando la angustia del futuro incierto y administrar la energía para enfrentar lo que venga en el 2023. ¡Les deseo felices fiestas!

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