Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

«CONDUCIR ES UNA MARAVILLOSA INDUCCIÓN A LA AMNESIA, YA QUE EL ENTORNO ESTÁ AHÍ PARA SER DESCUBIERTO, PERO TAMBIÉN PARA ARRASARLO»
Jean Baudrillard, culturalista y novelista

Este fin de semana se estrena en Aguascalientes «Cars 3», otra secuela a la redituable serie de la afamada productora filial a Disney, PIXAR, donde los protagonistas son vehículos de combustión interna antropomorfos con el fin de generar una pauta especulativa sobre las posibilidades narrativas que provea una máquina en su cotidiano. Y ese detalle, por supuesto, se zambulló y comenzó a nadar en mi torcida y ominosa imaginación, tratando de calibrar las elucubraciones que en realidad produciría un artificio metálico diseñado para nuestro confort y desplazamiento sustituyendo nuestra propia habilidad motora y generando a su vez una definición concreta sobre la genuina modernidad: la inutilización de nuestras propias capacidades al otorgárselas a un frío aparato transportador incapaz de comprender nuestra gratitud hacia el servicio que proporciona. Entonces, justo ahí en ese punto de mi cavilación es cuando la respuesta llegó rauda cual Ferrari desbocado: el cine ya nos ha proveído de una respuesta a tal ensoñamiento, ya que si los automóviles alcanzaran un cierto grado de razonamiento que les propeliera a conducirse por su cuenta y a comportarse de forma autónoma, pues solo tomarían un curso de acción. Después de todo, es evidente que los automotores, después de los años de incondicional servilismo y lavadas y enceradas cortesía de sus amorosos dueños sólo podrían llegar a una conclusión… ¿Que cuál? Pues asesinarnos, por supuesto.
Hollywood tanto en su vena industrial como independiente ya lo tenía más que claro, y vieron en aquellos impersonales carruajes metalizados a los antagonistas perfectos para una humanidad conformista y complaciente en su supuesto dominio hacia sus creaciones. Pero si algo nos ha enseñado la experiencia teológica diaria, es que la creación suele oponerse a los designios de su creador una vez que los planes de éste no son tan claros como espera, así que la dirección hidráulica de un auto sólo se encamina hacia un punto: la venganza, y así ha sido en incontables producciones que provocan un escalofrío posterior a nivel subconsciente cada vez que encendemos la marcha de nuestro vehículo.
Comenzaremos con aquel proyecto vuelto objeto de culto titulado «El Auto» (Silverstein, E.U., 1977), cinta financiada de forma independiente pero distribuida por la Universal Pictures, estudio que encontró réditos inmediatos gracias a esta cinta protagonizada por James Brolin (papá del oscareado Josh), quien interpreta al sheriff de un pueblecillo en Colorado que deberá encontrar la forma de detener a un automóvil con voluntad propia e instintos homicidas, dejando al espectador la especulación sobre la fuerza detrás del volante (¿Satanás? ¿Posesión espectral? ¿Mala verificación?, etc.). Aún como suena, la trama se desarrolla exitosamente gracias a un manejo sólido del suspenso y actuaciones decorosas, además de una partitura musical muy efectiva y original. El final es de antología y uno de los elementos más recordados para quienes tuvieron la fortuna de ver esta película en el desaparecido Cine Encanto o en la Betamax de casa. Una producción que, sin duda alguna, tocó la consciencia de Stephen King para fraguar lo que a posteriori sería uno de sus grandes éxitos en cine: «Christine» (1983), estilizado filme de suspenso sobrenatural cortesía del maestro John Carpenter donde un adolescente (Keith Gordon), víctima de bullies ochenteros -atuendo pseudopunk, y navaja de muelle- adquiere un Plymouth Furia 1957 de potente color rojo pero con un problema que no cubre el seguro: está poseído por un alma femenina despechada que no aceptará un idilio entre su dueño y la chica de sus sueños (Alexandra Paul), instaurando tanto una nueva parafilia que ya abordaría con más cuidado y decadencia el buenazo de David Cronenberg con su obra maestra «Crash, Extraños Placeres» como una genuina fobia a los autos clásicos. Por cierto, hablando de Stephen King, el exitoso escritor retomaría una vez más la premisa de las máquinas con un tesón asesino, pero ahora en su debut -y despedida- como director en la fallida pero involuntariamente hilarante cinta «8 Días de Terror»(1987), donde la estrella es un imponente tráiler de carga con el icónico rostro de El Duende Verde en la parrilla, añadiendo un toque demoníaco tanto al diseño como a su proceder. El filme resulta abismal en todos los departamentos, pero la actuación protagonista de Emilio Estevez como el héroe en turno no tiene desperdicio. Por cierto, esta misma trama sería reciclada en producto directo al DVD titulado «Trucks»(2000), dirigida por un tal Chris Thompson e igual de desechable que el papel higiénico de la mañana.
Memorables son también aquellos mastodontes motorizados que deambulan las carreteras y conducidos por entidades anónimas con una sola cosa en mente: destruir a otros conductores. Algunos ejemplos son: «Duelo a Muerte» (1971), dirigida por un Steven Spielberg todavía propositivo y audaz sostenido por un guión del magistral Robert Matheson donde Dennis Weaver ve sus horas contadas por un gigantesco camión entre los polvosos caminos de California, lo que también sucede en «Frecuencia Mortal» (Dahl, E.U.,2001), debilitada sobre todo por la participación de esa figura de cera llamada Paul Walker y «Death Proof» (2007), con un Quentin Tarantino deudor a este tipo de películas.
Entonces, si después de ver estas cintas, aún no está convencido de que si su auto falla al arrancar es de que algo trama, bueno, usted disfrutará sin inhibiciones «Cars 3». Suerte con esos frenos.

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