Jorge Ricardo
Agencia Reforma

ZUMPANGO, Edomex.- «Me llamo Roberto y tengo 7, no, 8 años y soy de Tecámac. Ya me subí a todos los aviones que existen, al de aquí y al de allá y al de allá. Tuve que tener cuidado porque había muchos botones», dice un menor al mando de un avión de la Fuerza Aérea Mexicana destartalado que se exhibe en Santa Lucía.
Roberto, como muchos otros curiosos, acudió ayer a conocer el nuevo aeropuerto, o más bien, sus atracciones.
Para llegar a la terminal Felipe Ángeles, él y su mamá, un ama de casa que lo llevó de la mano, tuvieron que caminar tres kilómetros desde la entrada de la Base Militar hasta el Museo Militar de Aviación (Muma).
«Me da mucho gusto que por fin podamos conocer un avión por dentro», dijo la madre.
La zona cultura del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), está compuesta por el Muma, con aeronaves viejas de puertas abiertas para recorrerlos por dentro; el Museo del Mamut, con 230 huesos rescatados en la zona y exhibidos en seis salas breves, así como un área de cafeterías sobre trenes de la revolución, pero esas abrirán hasta la próxima semana.
Ayer esta área lució con más visitantes dispuestos a la emoción que pasajeros con boletos listos para volar desde la terminal aérea de más de 74 mil millones de pesos, a 3 kilómetros de ahí, donde por ahora salen sólo seis vuelos diarios.
Comenzó a funcionar un camión que cada media hora hará la ruta gratuita de la terminal del aeropuerto hasta el Museo del Mamut, lo que para muchos es el principal atractivo del AIFA.
El lunes, día de la inauguración, y el martes, los visitantes llegaban pensando que los mamuts estaban ahí a un paso de las escaleras eléctricas y se llevaban la sorpresa de que tenían que pagar un taxi interno de 150 pesos o regresar dos estaciones en el Mexibus, el único transporte público que existe en el AIFA, y caminar tres kilómetros desde la entrada principal de la Base Militar, sobre la carretera federal Mexico-Pachuca.
Ayer, muchos entraron todavía a pie desde la carretera, como Dafne Espinosa, que cargaba un niño de un año y agarraba a otro de dos, mientras otro más de tres la seguía emocionado. Su abuelita cargaba a uno de sus sobrinos de un año y medio.
«Es bonito pero sí está algo lejos, es caminar bastante, llevamos caminando una media hora más o menos, y sí está muy lejísimos de la entrada», dijo Dafne ya parada en las escaleras de un viejo avión Hércules de la Fuerza Aérea. Por la mañana había ido a la terminal aérea.
«Sí hay más gente aquí que allá, pero es que allá está empezando y ahora sí que además hay que pagar para volar», añadió.
Los visitantes buscaban agua o un refresco en el área cultural, que se inauguró desde el 10 de febrero, pero las cafeterías aún no estaban abiertas. Así que los militares los enviaban al centro comercial de la ciudad militar. En el primer piso del Muma hay una cafetería atendida por militares, donde un café soluble cuesta 30 pesos, y no dan Ticket ni factura.
Cerca de las cuatro de la tarde, a la hora del cierre de los museos, el camión de asientos aún forrados con plástico se llenó con unas 80 personas que querían llegar hasta la terminal aérea. Hicieron fila y cruzaron una zona de tolvaneras que oscurecieron por completo las ventanillas, lo que causó gritos de sorpresa. Una mujer mayor entendió que eso fue lo que nubló hace unos días aquel supuesto tren en que iba el Presidente López Obrador, tanto que se pensó que era un montaje.
«Así que esto fue lo del montaje», comentó en voz alta.
«La verdad es que los aviones se van medio vacíos», confió un trabajador ya en la zona de documentación de la terminal donde se oye la bienvenida desde los altavoces junto con el martilleo de los obreros que siguen trabajando en todas partes.
A esa hora, la pantalla de vuelos ya está vacía. Encendida pero sin ninguno vuelo de salida o llegada. Un día antes, el vuelo 4410 de Viva Aerobus llegó con 90 de 180 asientos vacíos. El número 890 de Aeroméxico, llegó de Villahermosa con 57 asientos vendidos de los 108 disponibles.
«Es que esto está comenzando», dijo la encargada del módulo de información, una señorita de traje negro que se va a su casa hasta las diez de la noche. «La gente viene a conocer, aunque no pueda volar», dijo.
Una mujer le preguntó dónde estaba la Piedra de Sol que salió en las noticias. «Está adentro, pero ahí sólo se puede pasar con boleto», le respondieron. «Ah, hay que pagar para verla», reprochó la visitante y en compensación le sugirieron ir a la zona cultural. Allá hay mamuts y aviones destartalados. Aunque sería al otro día, porque la entrada es de 09:00 a 16:00 horas.

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