Moshé Leher

Pensando en el sexo de los ángeles, veo en una alerta de la televisión (veo un torneo de golf), que Bahamas conquistó una medalla de oro en los Juegos de Tokio, una vez que se van disipando las pocas esperanzas, si alguien tenía algunas, de que la delegación mexicana conquiste alguna medalla más, en tanto ocupa el lugar 77 de entre los 81 países que tienen al menos una presea, y se ubica por debajo de naciones como Brasil, Jamaica, Ecuador, quien tiene dos oros, y Venezuela y la República Dominicana que ya se anotaron al menos una medalla dorada.

Que este asunto es a la vez síntoma y consecuencia de un problema nadie lo duda, un asunto cuyas causas profundas dejé ya, por responsabilidad y a la vez por pereza e indolencia, a mentes más agudas y capaces que la mía, aunque si me preguntaran -que nadie me va a preguntar-, yo diría que a las consabidas causas culturales hay que sumarle la ineptitud de las autoridades y, esto es importante, al carácter casi mafioso de las respectivas federaciones deportivas que, en este país, suelen generar historias de terror.

En algo podríamos coincidir, que es en que los atletas, algunos de los cuales han demostrado estar en la élite mundial de sus disciplinas, son las primeras víctimas de una situación que, ya lo anotaba aquí en mi entrega pasada, es de franca regresión: México se trajo de Londres siete medallas, incluido el oro en el futbol (insisto: sin tilde por el amor de Yahvé), en tanto que de Río de Janeiro la delegación regresó con cinco medallas, ya sin ninguna presea dorada.

Una atleta, leo por allí, sin poner más atención, niega las versiones de que los competidores de nuestro país hayan acudido a la Olimpiada en calidad de turistas, lo que es cierto, entre otras cosas porque en Tokio los atletas tienen prohibido siquiera asomar las narices fuera de la Villa Olímpica.

Esto me pone a reflexionar sobre mi experiencia propia, yo que desde niño practico deportes e incluso en dos ocasiones, por razones azarosas en las que está de más abundar, llegué a ser parte de un seleccionado: una vez estatal en natación y otra, en un combinado universitario de futbol.

Por falta de condiciones y por pura haraganería dejé la natación justo el día que cumplí quince años (sí, ya existía la natación en aquella prehistoria) y competí, en el equipo del IMSS, en unos nacionales en León; por causas más vergonzosas, si cabe, dejé la selección de futbol de mi universidad cuando ya tenía 22 y era un hecho de que de futbolista mediano nunca iba a pasar.

Recuerdo, hablando de futbol, el día que anunciaron que unos visores de un equipo profesional iban a hacer pruebas en la cancha que fue del viejo y desaparecido Estadio Municipal, a donde acudí esperanzado de ser descubierto como el nuevo Platini por esos ‘scouters’, sobre todo porque si no era así en casa me esperaba una paliza, ya no recuerdo por qué (una materia reprobada, una mañana de pinta descubierta).

Obviamente fue un intento infructuoso, ni me seleccionaron como promesa en ciernes del deporte de las patadas, ni me libré de la tunda.

Hace días, ya a manera de coda (con ce, aunque también con jota), se me antojó tirarme un clavado a la piscina de un club a donde asisto. Por eso yo jamás criticaría a uno de los y las excelentes clavadistas nacionales, pues si saltar de cinco metros me da pavor, no quiero pensar tirarme de diez y todavía ir haciendo piruetas por el aire.

Abajo, viéndome, estaba Sergio Rosales, quien tomó su teléfono y tomó varias fotos, para mi mal; en una de ellas se ve como a medio vuelo, iba yo en perfecta posición horizontal: de alguna manera al llegar al agua pude retorcerme buscando la vertical, lo que no logré del todo, de tal manera que si salvé el ‘panzazo’, no me libré de un golpe en el pecho y, peor, de la vergüenza de que al salir gente metiche y sin mejores cosas que hacer corriera a preguntarme si estaba bien. Por puro sentido del decoro le miré como quien ve a un orate diciendo incoherencias, dije que estaba perfectamente y me fui a un rincón a pegar un alarido de dolor.

Mal haría yo en decir que las clavadistas mexicanas, que ayer quedaron en cuarto y sexto lugar, se fueron a pasear, cuando hacen cosas que seguramente en mi caso me llevarían a darme un golpazo que me dejaría en estado catatónico, eso en el extremo de que siquiera me animara yo a aventarme a una piscina desde tales alturas.

¡Shabat Shalom!

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