Jesús Eduardo Martín Jáuregui

(¡Qué pena, Señora Blanquita!.- La noticia del no registro como candidata a la Presidencia Municipal de la Dra. Blanca Rivera Rio, fue un baño de agua fría. Ella lo aclaró: no se apeó, la apearon. Los aguascalentenses perdimos la oportunidad de contar con una persona preparada, culta, incansable y sensible, como lo atestigua la huella que dejó en nuestra comunidad, cuando con su equipo de “guerreras” recorrió palmo a palmo el estado, dejando dondequiera su impronta. ¡Qué pena!. )

La historia de la humanidad en buena medida ha sido la lucha del individuo contra el gobierno. Algo tienen las sillas de los gobernantes que transforman a quien se sienta en ellas. Quizás por eso Emiliano Zapata no quiso sentarse en la silla presidencial, mientras que a Francisco Villa ya le andaba por sentarse. ¡Va de revolucionarios a revolucionarios!. A Villa se le recuerda por una incursión que él vio de lejecitos a Columbus, para vengarse de los comerciantes que le habían vendido armas y parque de mala calidad. A Zapata por una lucha constante por la dignidad de los campesinos truncada por su asesinato ordenado por Carranza.

En la Roma republicana, los cónsules solían llevar consigo a un asistente que constantemente les recordaba “Acuérdate de que eres mortal”. Felipe II el monarca del reino en el que no se ponía el sol vivía austeramente (de a de veras) en un monasterio y su trono era un banco de tijera con asiento de cuero curtido, pero en otro sentido sucumbió a la tentación, se sintió santo.

Sea como sea, el hecho es que el gobierno toca a las personas o las trastoca de tal manera que a algunos los marea y a otros los vuelve locos. Será por eso que también ha sido una lucha constante el crear contrapesos, controles, defensas a la autoridad, mecanismos que garanticen que el poder del soberano no se ejerza de manera arbitraria. Instituciones que sometan la fuerza al Derecho y que doten a los ciudadanos de protección frente al sátrapa en que prácticamente se convierten todos los gobernantes, aunque sea por momentos.

En Roma para la protección de los tribunos se les declaraba “sacrosantos”, atentar contra ellos era un sacrilegio, seguramente el peor delito en que un romano podía incurrir. En la época de los pretores y con el nombre de “interdicto” se conocía la figura que el Digesto Pandectas del Corpus Iuris Civile designaba como de Homine libero exhibendo y los compiladores (Triboniano fundamentalemente) transcribían un comentario del jurisconsulto Domicio Ulpiano: Este remedio se ha instituido para proteger la libertad personal a fin de que ninguna persona libre natural fuere detenida.

Durante la época feudal, los reyes extendían su manto protector frente a los señores feudales, no siempre con atingencia, con buena voluntad o con fortuna, hay que reconocerlo. En Inglaterra en el siglo XIII Juan Sin Tierra presionado por los señores nobles normandos, finalmente suscribió la Carta Magna en la que se consignó el Habeas Corpus, el derecho de protección mediante la exhibición inmediata de una persona detenida para garantizar su integridad y, en todo caso, la sujeción a un juicio justo. En el reino de Aragón surgió en el siglo XVI la figura interesantísima del Justicia Mayor de Aragón que tenía las facultades de suspender procesos, ordenar la exhibición de personar, garantizar un juicio justo, limitando los actos arbitrarios de la autoridad.

Durante el virreinato en México se estableció un órgano de supervisión del gobierno virreinal: la Real Audiencia integrada por varios oidores designados por su majestad el Rey de España, que atendían a la aplicación de las leyes, particularmente las de Indias, y que otorgaban el “amparo de la justicia del rey” a los ciudadanos (hispanos, mestizos o naturales, ya que no había distinción) para evitar la arbitrariedad de los gobiernos virreinales. Andrés Lira del Colegio de México, publicó un libro sobre el amparo virreinal, antecedente indudable de nuestro juicio de amparo.

En la segunda mitad del siglo XIX en Yucatán se creó la figura del amparo que combinaba, por una parte la protección personal (habeas corpus) y por otra la garantía de legalidad (exacta aplicación de la ley), que operaba como un recurso extraordinario contra la arbitrariedad de las autoridades. El promotor de esa institución fue Manuel Crescencio Rejón quien encontró pronto simpatizantes entre los liberales de la época. Mariano Otero en Guadalajara pugnaba por la creación de una institución similar y finalmente, ambos con el apoyo de otros distinguidos juristas de la época lograron la creación del juicio de amparo, no como un recurso extraordinario sino como un proceso legal en toda forma que servía para suspender los actos que se denunciaban como arbitrarios y para, en su caso, determinar la inconstitucionalidad y que se siguiera aplicando, llámese ley, decreto, orden, acto, etc.

En nuestro país que lamentablemente ha atravesado por épocas de autoritarismo, de caudillismo, de un presidencialismo calificado como presidencia imperial, el juicio de amparo ha sido la defensa por excelencia ante el abuso no infrecuente de la autoridad. Es el instrumento que garantiza que el Poder Judicial tenga la posibilidad de revisar los actos de la autoridad para determinar su constitucionalidad. Es la oportunidad de reflexión para el poder legislativo y para el ejecutivo.

Desgraciadamente la Presidencia Imperial ha reaparecido y en dos años se han desmantelado instituciones creadas luego del movimiento del 68 y de la “guerra sucia” para preservar la democracia y limitar las disposiciones autocráticas. La más reciente y más grave embestida del autoritarismo de López Obrador es la iniciativa que presentó la bancada de Morena para desaparecer del juicio de amparo la suspensión en materia de leyes. Es decir quitarle al Poder Judicial la posibilidad de revisar la constitucionalidad de una ley antes de que empiece a causar daños de imposible o muy difícil reparación.

Si los ciudadanos no impedimos este atentado al derecho, a la seguridad y a la justicia, le habremos dado un arma terrible a la autocracia.

(Adivina adivinador.- ¿Un político activísimo, mesiánico, locuaz y tarado? …¡Luis Echeverría Álvarez! (según José Fuentes Mares en “Nueva Guía de Descarriados”), (cualquier semejanza con algún político de la actualidad es mera imitación.- Otra más: ¿Un payaso de la televisión megalómano, hocicón, vividor y misógino? Desde luego Brozo ¿o en quién pensaban?.

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