Eduardo Alfredo Pérez Ruiz 
Agencia Reforma

CDMX.- Una habitación minimalista, de azulejo viejo, una luz blanca que apenas toca el pequeño espacio de trabajo y un rosario colgando del ventanal, es la antesala del «para siempre».

Silenciosa, casi como la sala de cualquier hospital, casi como si un doctor fuera a operar ahí. Roberto entra al laboratorio, así le llaman ellos, los embalsamadores; el cuerpo lo está esperando.

Muerte natural, pero llamada a las autoridades por considerarse un deceso raro que ameritó autopsia de los forenses. Con algunas suturas mal hechas, llega a la plancha de Memorial Naucalpan. Roberto saluda a «Don Julio», quien perdió la vida una noche antes de llegar a los 55 años. Habla con él en señal de respeto. Por última vez será desvestido, bañado y vuelto a vestir.

Las suturas se liberan. Lo primero es limpiar para conservarlo por dentro, luego, el baño exterior con una esponja, como si se tratara de cualquiera de sus pacientes de edad avanzada a los que cuidaba como enfermero, antes de cambiar de profesión.

Prepara el formaldehído, el químico de la conservación que pica los ojos y, aunque en la sala están acostumbrados, no deja de ser incómodo. En cuanto hace efecto, la piel luce diferente. Roberto sabe que es parte del proceso, de reacciones involuntarias de las células. De nuevo habla con él y a suturar otra vez. Después, a esperar la ropa para entregar a «Don Julio» con sus familiares.

En otra plancha, al mismo tiempo, viste a «Don Armando», de 68 años. El cuerpo fue difícil de tratar. El rigor mortis fue mayor de lo habitual.

A diferencia de Roberto, Erick no habla con sus muertos. Para este embalsamador, profesión heredada por su padre, es un paciente más. Un tatuaje de la Santa Muerte revela el arraigo del tema, pero desde otra perspectiva. Y es que para él, el oficio de embalsamar es como la de un médico, pero al final de la vida o, al menos, así se lo hizo ver su hija de 8 años, quien lo nombró «doctor de la muerte» cuando por fin entendió a qué se dedicaba su padre.

Un masaje relajante en el rostro para dejar una sensación de tranquilidad, algodones dentro de los oídos y fosas nasales y está listo para los últimos detalles.

Maquillaje neutro. Un poco de rubor y brillo en los labios sellados con pegamento. Gel para el cabello y el toque final, perfume sobre su camisa. Así, «Don Armando» está listo para ser llevado ante sus familiares, a su despedida dentro de un ataúd que sube por un elevador que lo llevará a la sala.

«Quitarle el semblante de angustia y dolor es lo que más disfruto del embalsamamiento. Dignificar a las personas es importantísimo», comenta Erick.

Ahí, donde todos sus seres queridos están, donde lo verán por última vez con el rostro tranquilo, como si estuviera profundamente dormido y como lo recordarán para siempre. Donde nada dentro de su cuerpo es igual y el exterior es resultado de un detallado trabajo a mano de un «doctor de la muerte».