Jesús Eduardo Martín Jáuregui

En alguna ocasión, el escritor peruano Mario Vargas Llosa se refirió al gobierno mexicano como la dictadura perfecta. Naturalmente “un soldado en cada hijo” se alborotó y ni tardos ni perezosos los mexicas cerraron filas contra el “masiosare” y exigieron la aplicación, si no del 30-30, por lo menos la del 33 (artículo constitucional que prevé la expulsión draconiana de los extranjeros). Luego de 30 años de paz porfiriana, el dictador envejeció y el gobierno se anquilosó, poco previsor, en vez de preparar a su sucesor o sucesores, se sintió con la fuerza para seguir gobernando. Con razón decía un sacerdote michoacano que nadie nos sentimos “ni tan feos, ni tan viejos, ni tan pendejos como en realidad somos”.

Es muy probable que don Porfirio no hubiese pensado convertirse en dictador, de hecho, el plan de la Noria tenía como propósito restaurar la democracia. Sin embargo, una vez en el poder, el propenso a dictador empieza a tener conciencia clara de algunas circunstancias determinantes para la patria: que no hay otra persona más preparada, más honesta, más dispuesta al sacrificio y, sobre todo, indispensable en ese momento y lugar para conducir los destinos de la nación. El futuro dictador no aspira a ser dictador, sino a ser un factor importante para la tranquilidad, la estabilidad, el desarrollo republicano y la consolidación democrática, sólo que de su actuación, de su patriotismo, de su entrega y sacrificio depende que se logren esas finalidades del bien común.

Dejando de lado los gobiernos frustrados de los emperadores Agustín I y Maximiliano I, que por su naturaleza no estaban sujetos a término, y el caso épico-cómico-patético de su Alteza Serenísima Antonio López de Santa Anna, otra muestra de dictadura en ciernes que registra nuestra historia es el caso del grandilocuente, siempre a punto de lanzar una frase para los bronces, el impopular Benito Juárez que se tenía como encarnación de la patria: “Mi carruaje es el país y yo mismo su profeta”. Convencido y seguramente alentado en su convicción por grupos de poder que respondían a una concepción internacional y a una visión consignada en la doctrina Monroe: América para los americanos. La intromisión de un gobierno europeo era inadmisible para los Estados Unidos y Benito Juárez fue un instrumento más para salvaguardar el continente americano de los intereses ultramarinos. Sólo que, como pasa con las personas proclives a la dictadura, se convencen de su indispensabilidad y, así como los güeros creen responder a un destino manifiesto, así Benito Juárez, sin ganar una elección, se convirtió en presidente de México, alargó ilegalmente su mandato, pospuso las elecciones y, para su propia suerte y futura imagen, murió oportunamente, aunque no faltan fuentes que aseguran que fue auxiliado para pasar a la posteridad, con un activo veneno que provocó algo parecido a la angina de pecho que se le diagnosticó.

Cuando la Revolución se bajó del caballo, los gobiernos postrevolucionarios esbozaron un sistema de gobierno republicano, representativo, federal, sustentado en un partido único que facilitaría la movilidad social y con reglas muy claras para evitar la perpetuación de un gobernante. El sistema funcionó bastante bien, propició el desarrollo, la paz social, el progreso técnico y educativo, pero se desgastó. Luis Echeverría Álvarez fue un parteaguas que, en algún momento, hizo pensar que su mesianismo, su delirio de transformar México, su ilusión de liderazgo internacional, su omnipresencia en la vida nacional, su verborrea y activismo, le conducirían al propósito de prolongar su mandato ante la evidencia de que la transformación imaginada por él, no se lograría en seis años. Afortunadamente, los incipientes controles democráticos, la presión de gobiernos internacionales y los factores reales de poder funcionaron y, si acaso, en algún momento contempló esa posibilidad, Echeverría tuvo que dejarla de lado, pero designó sucesor a quien pensó podría ser el continuador de su  proyecto.

Aunque el carisma, capacidad de trabajo, inteligencia y control político de Echeverría eran muy superiores a los del actual presidente, en buena medida su disciplina dentro de un trabajo político partidista hizo que se sometiera a las reglas no escritas de la dictadura perfecta. Dicen que el presidente Adolfo Ruíz Cortines cuando le comentaban que alguna persona era muy inteligente, el ripostaba: “¿Para qué?”. Es sin duda el caso del actual presidente: impreparado, inculto, falto de agudeza, escaso de sensibilidad, lento de reacciones, envidioso, rencoroso, carente de escrúpulos, pero dotado de una gran habilidad para la comunicación oral, conocedor como pocos de los recursos y recovecos de la política, experto en encontrar los puntos flacos del adversario y aprovecharlos hasta donde tope, sin ningún rubor es capaz de mentir y decir y desdecirse con la mayor tranquilidad.

Quiero pensar, bueno, así se dice, que el presidente tiene la convicción de que está haciendo lo correcto para lograr una supuesta transformación, que, en su idea, sea lo mejor para el país y para sus paisanos. Quiero creer que está totalmente convencido de sus prédicas ejemplares, de sus homilías y su lucha contra los “enemigos malos” y de que todos los días se sacrifica para lograr esa Jauja que se prefigura y que, desde su visión, ya empieza a consolidarse.

La situación del país es grave, la economía, la salud, la educación, la producción en general, la inversión, los servicios y la democracia viven situaciones críticas. El presidente no lo ve así, el presidente no ve contradicciones porque él es el poseedor de la verdad y lo que haga, aunque aparentemente pueda parecer contradictorio para los adversarios, a fin de cuentas son peldaños para conseguir la transformación que traerá el bienestar a todos.

Hay, sin embargo, problemas serios: el proyecto del presidente no es compartido por los mexicanos, en principio porque es un proyecto cambiante, enunciado en términos vagos pero atractivos; sus acciones contradictorias crean desconfianza entre los sectores productivos; en su desesperación por consolidar su proyecto, cualquiera que éste sea, ha desmantelado todos los controles políticos y jurídicos que pudieran significar un obstáculo; el tiempo avanza y se le acaba el sexenio, y el presidente está dispuesto, y lo ha hecho, a violar la constitución, pasar sobre derechos fundamentales, no respetar presupuestos ni regulaciones, porque finalmente él es el que sabe, el único que sabe lo que conviene al país, y lo que conviene al país es que se consolide ese Frankestein llamado la 4T.

Así se gesta un dictador.

 

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