Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

En el contexto del aprendizaje a distancia y ante la necesidad de orientar a los alumnos que tienen dificultades en los estudios en casa, la Secretaría de Educación Pública, desde meses atrás, anunció la posibilidad de brindar asesoría pedagógica a estos alumnos, a través de las escuelas, siempre y cuando el semáforo de riesgo epidémico esté en amarillo y que los padres de familia acepten, voluntariamente, la asistencia de sus hijos.

La asesoría pedagógica es un apoyo, una orientación técnica para aquellos estudiantes que tengan problemas de aprendizaje en alguna o algunas asignaturas, y con ella puedan entender mejor los temas, realizar adecuadamente las actividades indicadas, superar los posibles rezagos y que avancen al igual que los demás. Los padres de familia pueden acompañar a sus hijos en esas asesorías. Lo anterior hace pensar que es una buena idea.

Sin embargo, algunos colegios particulares están utilizando este recurso (de asesoría) con otro propósito: como mecanismo de control o como estrategia para evitar que los estudiantes abandonen sus instituciones, toda vez que varios alumnos se han estado pasando al sistema público. El hecho de que los educandos se pasen a las escuelas oficiales, implica el cierre de algunos colegios y el desempleo de docentes, ocasionando problemas económicos en sus familias. Por tanto, se explica y hasta se justifica la estrategia de los colegios al ofrecer asesorías presenciales aunque sea en educación física, en algún taller o en lo que más les agrade a los muchachos. Platicando con cinco adolescentes que asisten a las asesorías, les preguntamos, individualmente, ¿por qué quisiste asistir a la asesoría presencial? Cada uno de ellos respondió, palabras más, palabras menos: “Porque lo que quería era salir del encierro y poder correr y brincar” Esta es su prioridad, no necesariamente la orientación pedagógica.

Por otra parte, en la generalidad, las experiencias dicen que en un evento académico, como la asesoría pedagógica, los mejores estudiantes y sus padres, son los más interesados en acudir a las orientaciones didácticas y metodológicas, con el objeto de mejorar, más aún, sus aprendizajes, lo cual sería muy bueno; pero los que requieren mayor apoyo y más orientación son los estudiantes que tienen dificultades en el aprendizaje, no obstante son los que menos interés manifiestan en la asesoría. Fue el caso en “Escuela para padres”. En este programa el propósito era orientar a los padres de familia con problemas conductuales, familiares y sociales, para que asistiendo al desarrollo del programa lograran, paulatinamente, integrarse y formar una familia sólida y responsable con base en los valores universales. Las pocas madres de familia que asistían a los cursos eran las más responsables y que tenían familias integradas; en cambio, los padres más necesitados de orientación y de apoyo psicológico no acudían a las pláticas. Y esto mismo puede pasar con la asesoría pedagógica.

Importa aclarar: el problema no está, en sí, en el diseño de la asesoría pedagógica; el problema está en los usuarios, en los que no tienen interés en acudir a ella, a pesar de necesitarla, o que se utilice la asesoría para otros fines. Sin embargo, el motivo de mayor peso, para que muchos padres de familia no acepten el servicio de asesoría, es por el temor al contagio del COVID-19, máxime que estudios serios han demostrado que los niños pueden ser contagiados por este virus. En tal virtud, los padres tienen razón al desconfiar de la asistencia presencial de sus hijos para recibir asesoría. Ante este orden de cosas, lo más sensato sería que las autoridades en lugar de insistir a cada momento, en la asistencia a las asesorías pedagógicas hicieran lo necesario para que se llegue al semáforo verde y ya sin contagios. De ser así, sería otro panorama para las escuelas.

Aguascalientes; marzo de 2021