Jorge Ricardo
Agencia Reforma

COLIMA, Colima.-Entraba en ayunas al avión. Preocupado, no saludó ni a su vocero ni al titular de aduanas, y ya en su asiento, el de la salida de emergencia, un integrante de la Ayudantía le llevó un sándwich. El Presidente Andrés Manuel López Obrador hizo una llamada cuando en el altavoz el piloto daba los pormenores. Salida a Manzanillo, una hora de viaje, altura del vuelo.
«Hay que hacer algo, ya son muchos días, se puede perder la fe», decía Lopez Obrador, el celular en la mano izquierda.
«Ya hay que hacerlo ya, hay que tomar acciones ya. Los del Ejército deben de saber, habla con ellos y pídeles su opinión», apuraba probablemente a la Coordinadora Nacional de Protección Civil, Laura Velázquez. «Sí, un equipo de rescate especial, los del Ejército son especialistas».
Tres días antes, desde el mediodía del miércoles, unos 10 mineros (ni ese dato tenían con precisión las autoridades) estaban atrapados en una mina inundada en la comunidad de Agujita, municipio de Sabinas, Coahuila. Habían enviado buzos de la Guardia Nacional, militares, pero seguían enterrados la mañana de ayer, sin que los niveles de agua disminuyeran.
López Obrador terminó la llamada y se puso a mirar el suelo a través de la ventanilla. La aeronave agarraba la pista del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM). Observaba fijamente, como buscando baches en el pavimento.
El destino era Colima: iba a supervisar el avance de su programa de salud, la modernización del Puerto de Manzanillo, a inaugurar la sede de la Universidad para el Bienestar Benito Juárez en Armería. Cuando despegó el avión, pudo ver abajo, a su izquierda, el gigantesco campo abandonado del que iba a ser el Nuevo Aeropuerto Internacional de México, en Texcoco, inundado e inmóvil, cancelado por él.
«General, hay una situación especial en Cuba», decía de nuevo López Obrador al teléfono, de nuevo pegada la frente a la ventanilla, apenas aterrizaba en avión en Manzanillo. El mar muerde la orilla del aeropuerto.
En Matanzas, el incendio en un enorme contenedor de combustible, provocado por un rayo la tarde anterior, no había sido sofocado. López Obrador instruía al Secretario de la Defensa, Crescencio Sandoval, en convalecencia por Covid-19, enviar a un equipo de militares y personal especializado de Pemex a la isla.
El coordinador de la Ayudantía, Daniel Asaf Manjarrez, sentado a su derecha le informaba al director de Pemex, Octavio Romero, con un mensaje: «Ya lo autorizó el Presidente».
Al patio del Hospital del IMSS de Manzanillo, casi 30 grados bajo una carpa y humedad de mar, el Presidente llegaba ojeroso y preocupado.
Una movilización, un rumor, una amenaza de más de mil trabajadores de gobierno vestidos con playeras verde limón y un mensaje lo esperaba: «En nuestra Colima se violan los derechos humanos de los trabajadores».
Traían cartulinas denunciando a la Gobernadora Indira Vizcaino, y se movían como un solo cuerpo y ocupaban la banqueta y la mitad del patio.
Hace unos días, decían, se reveló que Vizcaino se subió el sueldo de 96 mil 374 a 131 mil 511 pesos y, descubierta, lo atribuyó a un error, mientras que al Sindicato de Trabajadores al Servicio del Gobierno del Estado (STSGE), liderado por Martín Flores, se quejaban, apenas les habían subido el 3 por ciento del total de 7 que pedían.
«Además de varias prestaciones que el Gobierno nos quitó nada más por sus pantalones, cuando están logradas de todo el tiempo del Sindicato», decía una trabajadora de Tecomán cargando una cartulina anaranjada: «Presidente, en Colima trabajadores pobres y funcionarios ricos».
Los despedidos del sistema de salud y trabajadores eventuales sacudían sus pancartas al costado de las sillas de invitados. Al otro lado, los desalojados del ejido Campos, 50 familias que perdieron sus casas por las obras de modernización del Puerto de Manzanillo, acusaba que vivían en la calle. Vizcaino soportó los gritos de mentirosa, de que se fuera.
Asediado por las emergencias, casi en ayunas, López Obrador entraba al ruedo calientito. Prometía enviar al Secretario de Gobernación a atender las demandas la próxima semana. Prometía justicia, advertía que no quisieran usar a su antojo el presupuesto. Atizaba, instigaba. La preocupación convertida en rabia: «Ahora sí los veo muy gallitos a los líderes charros, defendiendo supuestamente a los trabajadores. ¿Y qué hacían cuando había 80 mil trabajadores trabajando por contrato? ¿Qué hacían en favor de los trabajadores? ¡Nada! ¡Robar y robar!».
Manoteaba. El Presidente, con la tercer popularidad más grande sobre la Tierra, clavó la mirada en una trabajadora desempleada que abajo, entre el público, le decía ‘no’ con la mano cuando hablaba de la contratación de médicos cubanos: «Si hubiese ganado Meade o hubiese ganado Anaya, él o los dos, pero más Anaya, estaría en la misma postura, rechazando que vengan cubanos a ayudarnos ahora que lo necesitamos; pero ganamos nosotros y nosotros venimos de un movimiento popular, venimos de luchar con el pueblo», decía, dando manotazos.
Luego fue a supervisar en privado el Puerto y a inaugurar la sede de la Universidad para el Bienestar en Colima, cuatro edificios de ladrillo y piedra para 180 alumnos de acuacultura. «Sigue bajando los niveles del agua de los pozos y queremos ver si ya hoy entran los buzos», dijo en entrevista, todavía en su camioneta. Que los helicópteros militares ya iban a Cuba, alcanzó a decir. Los pobladores cercaban su camioneta.
A nivel nacional, ya hay 600 egresados de las 145 Universidades para el Bienestar, esperando que el Presidente -no la SEP- les firme su título, dijo la coordinadora, Raquel Sosa, en el templete montado en el campo deportivo de la escuela. Entre batucada, gritos y llovizna, López Obrador recuperaba el poder de su trono. Prometía bases automáticas a todos los egresados de sus universidades, unos 3 mil, según sus cálculos. «Miren la cara de Juan Pablo (de Botton). A él no le conviene mucho. ¿Saben que es subsecretario de Egresos de Hacienda? Es el que maneja el presupuesto. Se quedó así».