Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Este viernes arrancarán oficialmente las campañas, que iniciaron hace meses con una serie de violaciones a las leyes electorales, toleradas abiertamente por la nueva conformación del Instituto Nacional Electoral, presidido por una clara simpatizante del presidente López Obrador. Las intervenciones al margen, sobre el margen y en contra de las disposiciones electorales han sido el pan nuestro de cada día, desde la publicación del enésimo libro del presidente, que es el mismo, pero con distinto nombre, ahora titulado «Gracias», enriquecido con las denostaciones a la candidata opositora y con los elogios al movimiento Morena, hasta el pago anticipado de los votos para los recipiendarios de las dádivas, que con sombrero ajeno practica el presidente, pero colgándose él las medallitas, pasando por las referencias diarias en su púlpito matutino y sus giras de proselitismo alrededor del país.

¿Por qué o por quién votar? El panorama no es halagüeño. En rigor son dos versiones del PRI y una, de una especie de socialdemocracia que, como algunas gelatinas, no acaba de cuajar. Las dos primeras son claras: el PRI de López Portillo, frívolo e intrascendente, como lo interpretaba o como lo recuerda Dante Delgado: musical, folklórico, de reventón, coqueto pero discreto, en dos palabras: «fosfo fosfo», o sea éter naranja, ¡naranjas! ¡nada! La otra versión del PRI, la peor en toda su historia desde su fundación como Partido Nacional Revolucionario, Partido Revolucionario Mexicano, Partido Revolucionario Institucional, Partido de la Revolución Democrática y ahora con el nombre de Morena, para despistar, que tomó prestado del populista Alfonsín en Argentina.

El PRI de López Obrador, ahora llamado Morena, es sin duda el peor de todos los que nos han gobernado, con un líder autoritario, intolerante, vanidoso y, por adjudicarle los cuatro calificativos que Don Daniel Cosío Villegas le endilgaba a Echeverría: activísimo, locuaz, mesiánico y tarado. Populista y lo peor, absolutamente ineficaz. Con una incapacidad de comprender el nuevo orden social, económico, las crisis mundiales y la oportunidad de oro que se brinda a México con el nearshoring, López Obrador se empeña en desempolvar liderazgo del pasado, pretendiendo sustentarlo en dos de las actividades más corruptas y que más costaron al país, saqueadas por líderes trabajadores. Origen y fuerza clientelar del PRI y que López Obrador insiste en sacar del sarcófago para que siga chupando la sangre de nuestro país. Un trenecito de juguete, de combustible fósil, que tardará en el mejor de los casos 30 años para amortizarse y una planta refinadora para un mundo con un horizonte de 15 años de consumo de combustible fósil. Una refinadora que a la fecha y en vísperas del término formal y ojalá real del mandato presidencial, no ha logrado producir ni un litro de gasolina. De ambas obras se ignora el costo real puesto que el presidente las declaró de seguridad nacional, las encargó al ejército y no hay, y seguramente no habrá quien se atreva a auditar a los sorchos.

El PRI de Echeverría ha refinado, el presidencialismo ha alcanzado proporciones inimaginables luego de cuarenta y tantos años de lucha en que la llamada izquierda mexicana logró avances significativos para limitar la fuerza del presidente. Acotó las funciones meta constitucionales y arbitrarias. La creación de los órganos constitucionales autónomos propició no solo la alternancia, que se dio finalmente cuando Vicente Fox asumió la presidencia, sino que dotaron de instrumentos, de voz y de representación a las minorías del país. A partir de Ernesto Zedillo en que los cambios a la legislación electoral permitieron que las casillas se encontraran supervisadas, tanto por los partidos políticos como por observadores electorales, que los mecanismos como el de resultados preliminares relativizaron la actividad de los llamados mapaches, al extremo de que fueron observadores internacionales los que presionaron al presidente Zedillo, para dar a conocer el triunfo de la oposición. El instituto de transparencia con las limitaciones que ha tenido, en cuanto a dotarle de instrumentos para la sanción y la imposibilidad práctica de analizar a fondo funciones públicas y particularmente las de las fuerzas armadas, ha sido también una herramienta para sanear la función pública y poner un freno, siempre que se cuente con un congreso plural y una voluntad política. El sátrapa, el autoritario, el aprendiz de dictador, tratará siempre de encontrar los muelles para no cumplir las leyes. La espeluznante declaración del presidente López Obrador en cadena nacional, de que por encima de la ley se encuentra su autoridad moral y política, exhibe a lo que se puede llegar cuando un gobernante pierde el rumbo, pierde la autocrítica, pierde el criterio, pierde la razón.

La única fuerte motivación, que no razón, de alrededor de una cuarta parte de los electores es conservar las dádivas que el presidente ha sabido repartir mañosamente para tener cautivos a los millones de mexicanos que, lamentablemente, dependen de ellas para sobrevivir. En cinco años no se han creado fuentes de empleo, no se ha incentivado la inversión, se sigue expulsando mano de obra y en buena medida dependemos de las remesas de nuestros connacionales. La más reciente medida, de dar anticipadamente las limosnas, lejos de cumplir con disposiciones electorales que no existen, porque no se aplican a programas establecidos con anterioridad, otra mentira de López Obrador, tienen la obvia finalidad de incentivar el voto con la propaganda implícita de que votar por la marioneta presidencial implica conservar las prebendas.

La oposición presenta una opción difícil de categorizar. Sus orígenes no son atractivos, la unión inmezclable de los redrojos del PRI, del PAN y del PRD, dan en apariencia un monstruo, sin embargo la trayectoria de su candidata, su no pertenencia a partidos políticos, su extracción indígena y su formación profesional, aunada a su limpia hoja de servicios en el sector público, su confesión religiosa, su congruencia vital, su integración familiar, y, algo muy importante, como decía el Gral. Douglas MacArthur, sabe ser seria y no se toma demasiado en serio. Su propuesta es clara en aspectos fundamentales: educación de calidad para todos, de verdad, servicios de salud generales, de verdad, incentivar la inversión para crear fuentes de empleo reales, fortalecimiento de las instituciones de control que la 4T ha desmantelado, limitación del ejército a sus funciones y la creación de los cuerpos civiles policíacos indispensables, recuperación de los valores de unidad, patriotismo, democracia, seguridad, balazos a los que se los ganen y sobre todo una república fortalecida. Eso o más de lo mismo de los últimos cinco años.

 

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