Es incontrovertible que el quehacer del constructor se une al ser humano desde la fase de sedentarización a partir de la edad neolítica, requiriendo espacios que satisficieran los trabajos productivos cada vez más preparados y los propios de la habitación, derivando en el afianzamiento de una actividad especializada. Sobre la naturaleza del vínculo entre el diseñador de edificios y su obra, cuyos nombres por los que se les conoce son arquitecto y arquitectura. El calificativo de arquitecto es primero dado que con esta denominación se hizo evidente el relieve de la arquitectura como creación o resultado del anhelo de los individuos.

El vocablo «arquitectura» deriva de arquitecto palabra de origen griego, arqui (primero)- tectón (obra, en inicio de carpintería, aunque derivado de ello, el latín “teckto” también se refiere un trabajador) que expresa primero al hacedor, y de esto, se nombra a su hechura. Así, el oficio del arquitecto nació con un nombre propio, proveniente de su actividad y no de su producto; así, la Revolución Industrial a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, aportó a la tarea constructiva un vigor singular al que había ostentado.

El proceso de enseñanza-aprendizaje académico de la materia resultó en lo práctica profesional, en menoscabo paulatino de la actividad típica arquitectónica. Desde el Renacimiento con la especialización del arquitecto-constructor de artefactos para los conflictos, a diferencia del modo defensivo acostumbrado, con base en las fortalezas, emergió el personaje del ingeniero, calificado posteriormente como civil para nombrar a aquel perito en el levantamiento de la infraestructura en tiempos de paz y no de guerra. Este experto se especializó en la Escuela de Puentes y Caminos de París fundada en 1747, alzándose como la escuela de ingeniería civil más antigua y prestigiosa del mundo; en tanto el arquitecto había iniciado su formación en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París (ENSBA) desde 1648, teniendo como camaradas a pintores, escultores y grabadores.

En la Nueva España el cisma disciplinar fue muy evidente, diferenciándose por la capacitación de los entendidos de la arquitectura y de la ingeniería, separadas desde el trabajo propio de los talleres habituales. En el virreinato la minería se alzó como una de las grandes fortalezas económicas, requiriéndose la capacitación de especialistas para este tipo de trabajo, apareciendo para ello, el Real Seminario de Minería de la Nueva España en 1792, con el propósito de enseñar la técnica de minas, cuya sede principal sería el Palacio de Minería. Por su parte, desde 1781, se iniciaba la capacitación de los arquitectos a través de la Academia de San Carlos. Para 1910 con la inauguración de la Universidad Nacional de México, el proceso educativo de los arquitectos se integró a ésta; en 1929 se da la separación de las escuelas de arquitectura de la de pintura y escultura, emergiendo la Escuela Nacional de Arquitectura y la Escuela Central de Artes Plásticas.

Indudablemente que la escisión trajo un proceso educativo más tecnificado, apartándose del academicismo reinante durante siglos; el arquitecto comenzaría un desarrollo tendiente a la búsqueda y experimentación de nuevas maneras de abordar el diseño del espacio de la casa, trabajo, salud y deportes, así como la administración y la planeación que la ciudad requería. Se colige que los planes de estudio se diseñaron con la integración de materias acordes con los nuevos materiales y sistemas constructivos, dejando atrás asignaturas como la estereotomía, enfatizando los talleres de arquitectura, sustentados por materias teóricas, de dibujo, de cálculo y de instalaciones.

El aprendizaje del oficio constructivo continuó de modo habitual entre los maestros albañiles, a pesar de la aparición de la Escuela Técnica Nacional de Constructores fundada en 1922, por cierto, con resonancias bauhasianas, que en 1932 se convertiría en la Escuela Superior de Construcción y en 1936 en el Instituto Politécnico Nacional (IPN), a la postre emergiendo la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura (ESIA) en 1937.

Tal vez la arquitectura moderna eligió un rumbo técnico dejando atrás la manera de formar parte de la añeja organización de las Bellas Artes. Quizá como en un principio, las artes, sin el apelativo «bellas», regresaron a su condición primigenia sin los limites habituales de ordenación. En la arquitectura, aparte de los innumerables participantes en el diseño de un proyecto y la construcción, hoy concurren otros peritos que oscilan desde las ingenierías tradicionales como de estructuras y de instalaciones, hasta temas bioclimáticos y aquellas de índole administrativo o promocional, por medio de mercadólogos y publicistas, así como las urbanas y de interiorismo, inherentes a la arquitectura. Hasta el momento, lo expuesto es útil para establecer un escenario que presenta la versatilidad de la arquitectura, incorporando en su práctica innumerables colaboraciones, de ahí su maleabilidad para afiliarse, como verdaderamente omitió hacerlo, con las artes en general.