Por J. Jesús López García

Hace 78 años dio inicio un trabajo continuo a cargo de arquitectos profesionales -pues hay que decir que antes de los años cuarenta del siglo XX, los ingenieros ya lo habían hecho, baste citar el caso del ingeniero Luis Ortega Douglas quien en los años treinta del referido siglo, construyó fincas icónicas como el Edificio Ford (1935) en la avenida Madero, y Teatro Cinema (1938) en la calle Juan de Montoro- con el trabajo de Francisco Aguayo Mora, quien oriundo de nuestra ciudad, regresó tras realizar sus estudios en la Universidad Nacional Autónoma de México, para radicar y desarrollarse en nuestra entidad.

El regreso se debió en parte al amor por su origen familiar, por su cariño a Aguascalientes y por ser ésta, una ciudad que estaba ya comenzando a desarrollarse económicamente, lo que se traducía en una mayor oferta de trabajo. Anteriormente, los expertos formados fuera del estado -que no contaba con una universidad sino hasta inicios de los años 70-, sobre todo aquellos relacionados con una actividad productiva donde el capital necesario es fuerte, como la de la contrucción, se desarrollaban en otras entidades de mayor dinamismo económico. Podríamos decir que el regreso del arquitecto Aguayo a la ciudad acalitana es una especie de certificación de la llegada de una nueva etapa social, política y económica que buscaban representación a través de una reciente profesión. A fines del siglo XIX la arquitectura dio fe de un testimonio similar, que le desprendió de una tradición centenaria con base en las formas que la piedra, el adobe y la madera generaban.

Tras la llegada de Aguayo, vinieron más arquitectos, muchos de ellos aguascalentenses formados fuera, otros nacidos en otros lugares, pero finalmente con desarrollo en nuestra entidad. Nótese que se hace referencia indistintamente a “Aguascalientes” como estado y ciudad, pues para ese entonces la fuerza gravitacional de la capital era mucho más fuerte aún y casi todo se centralizaba en ella. Arquitectos como Fernando Vargas Tapia, Ramón Ortíz Berndac, Mario García Navarro, Jaime Arturo Medina Rodríguez, Jaime Rubén González Blanco, Antonio Ameijeira Suárez, José Bassol Jirash, entre otros, fueron no solamente pioneros en el ejercicio profesional de la arquitectura -anteriormente los arquitectos eran formados empíricamente en obra-, sino también en lo referente a la asociación gremial, y en lo tocante a la formación de nuevas generaciones de arquitectos. Así, el Colegio de Arquitectos del Estado de Aguascalientes y la carrera de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Aguascalientes nacieron contemporáneamente, una vez que gradualmente se consolidase la práctica de los arquitectos profesionales.

Por décadas la labor de ese grupo de peritos creció a la par del desarrollo económico de nuestra entidad, la cual fue fortaleciéndose desde los años ochenta como uno de los centros industriales del país más sólidos, hasta multiplicarse de manera exponencial su población y aumentar de la misma manera explosiva su dimensión física. Ese cecimiento ha traido nuevos retos, algunos de ellos que demandan medidas urgentes como la capacidad de abasto de agua, muchos otros que exigen ya una diferente manera de funcionamiento en su estructura vial y en su sistema de zonificación. Sin embargo, también ha acarreado una interesante heterogeneidad que a veces parece escapársenos o en ocasiones sin estar al tanto de ellos, nos sorprende en estilos de vida diversos, en maneras de producir una economía, en modos de habitar la ciudad, en formas inéditas de convivencia social y de esparcimiento, y para ello hay en muchísimas ocasiones nuevos espacios construidos, nueva arquitectura, realizada por arquitectos de múltiples procedencias, no solamente de arquitectos formados en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, o fuera del estado -como aquellos pioneros, sino también de una creciente cantidad de instituciones donde con diversas calidades en sus características de egreso, se deposita hoy, el fermento de la reciente imagen de la ciudad.

Es conveniente mencionar también que esa imagen es provista por acciones de construcción en donde un muy buen porcentaje, no son realizadas por arquitectos o ingenieros civiles, y que incluso a los acervos de obra registrados con orgullo por universidades y Colegio de Arquitectos, se les suman edificaciones de las que nos percatamos a veces cuando pasamos frente a ellas; como esta finca construida en la avenida Prof. Enrique Olivares Santana al sur de la ciudad. Es un edificio donde tres sobrios volúmenes se componen de una manera muy equilibrada; tiene detalles muy bien realizados, como su losa en voladizo sobre la que una celosía articula el macizo aplanado superior que protege a los locales de abajo de la lluvia o el sol y sus volúmenes anexos dan un contrapunto a la masa principal del edificio sin exageraciones ni estridencias. Se desconoce el o los nombres de la autoría, ni siquiera se conoce de manera cierta que es un edificio diseñado y/o construido por arquitectos, sin embargo hay que reconocer que su fábrica evidencia el conocimiento y serio manejo arquitectónicos, la “mano” de un profesional, pudiendo afirmar que forma parte del acervo de una actual y sobria arquitectura.