Por J. Jesús López García

Al mismo tiempo de buscar satisfacer las necesidades más básicas de albergue y cobijo, los espacios construidos, fuesen nómadas como los tepees de los indios norteamericanos, o fijos en una geografía determinada, satisficieron la necesidad de congregar a un colectivo de personas para fines prácticos, o bien sólo con el propósito de reunir en un espacio a miembros de una especie esencialmente gregaria.

En muchas ocasiones las mismas actividades prácticas desarrolladas en un ambiente detonaban la convivencia que más tarde sería el signo mismo de ese ámbito. El lavado de ropa a la vera de un arroyo, por ejemplo, era una actividad que reunía a un conglomerado femenino que en ese medio natural definía un lugar propio acorde a la utilidad de su trabajo y se acompañaba de una red social donde se definían muchas maneras de desarrollo colectivo referentes a la crianza de los niños, la economía doméstica, y de ahí a la educación de los futuros miembros que habrían de dirigir a la comunidad y los modos en que buena parte de las actividades productivas de la misma debían planearse. Lo que parecía algo totalmente hogareño definía buena parte de lo que esa comunidad era y pretendía llegar a ser.

A lo largo de la historia de la humanidad e incluso antes, durante el periodo Neolítico, las edificaciones a las que más esmero se ponía eran aquellas cuya magnitud y significado colectivo denotaban fines trascendentales: grandes conjuntos calendáricos, tal el caso de Stonehenge en Inglaterra, que estaban fuertemente vinculados a una lectura astronómica; así como grandes palacios; tumbas para reyes como mecanismo de mediación con el Cosmos; lugares dedicados a la preservación y acrecentamiento del conocimiento -por ejemplo la Biblioteca de Alejandría-; templos, monumentos y demás arquitectura que hasta nuestros días sirve como referencia de la cultura universal.

Pero al lado de esas grandes muestras arquitectónicas, siempre florecieron construcciones con mucha menos carga simbólica, pero de una enorme importancia práctica, que de manera contundente, sirvieron para sostener la vida de la sociedad de tal manera que alcanzando un buen desarrollo, termina por expresar en esos grandes edificios alegóricos lo mejor de su expresión cultural y de su cosmovisión en las que la cotidianidad y pragmatismo de sus instituciones utilitarias y sus edificios «menores», con ellas, poseen un peso crucial.

Así fue hasta que el pensamiento moderno iniciado con el Renacimiento, y con mucho más fuerza al nacer el mundo contemporáneo, la utilidad de las cosas y las instituciones embonó en un sistema de valores donde ciencia y técnica son con su precisión, las premisas sobre las que se contrastan buena parte de nuestros valores personales, comunitarios e institucionales. Los edificios «prácticos» comenzaron a poseer un peso inédito; acompañando a los museos actuales y las salas de conciertos -surgidos entre los siglos XVIII y XIX-, estaciones de tren, naves industriales, pabellones de exhibición, conjuntos habitacionales para obreros, hospitales cada vez más especializados y una gran cantidad de nuevos géneros y tipos de edificios han ido construyendo nuestro imaginario urbano, y hasta rural, con la misma presencia que antes se reservaba a los templos, conventos y palacios.

Para el siglo XX aún la casa unifamiliar para el común de la gente se convirtió en un tema arquitectónico mayor, y nació como una «máquina para vivir» como la definió Le Corbusier, no como un palacio: antes que algo simbólico, el pragmatismo y la asequibilidad social. Los conceptos arquitectónicos enunciados por Vitruvio -constructibilidad, belleza y utilidad- fueron completados en el siglo pasado con el valor «social» como nuevo paradigma para medir con eso a los otros valores, especialmente belleza y utilidad, de ahí que lo que no tiene una utilidad social ante nuestros ojos, adolecerá de un dudoso valor útil y su probable belleza se verá manchada, en tanto que la constructibilidad sujeta a la economía, debe atender a la precisión de los recursos disponibles rechazándose el dispendio en una edificación muy onerosa. Precisamente la ausencia de esos cuatro valores define muy bien lo que de manera eufemística son los “elefantes blancos”, en alusión a los regalos costosos e inútiles de los marajás de la India; éstos se van construyendo en muchos sitios de nuestra geografía.

El Centro Social al inicio de la Calzada Revolución se diseñó como un punto urbano que organizaba en su interior servicios públicos de lavandería, talleres de oficios y al mismo tiempo actividades comunitarias surgidas de esas acciones prácticas. Es un edificio de expresión neutra y sencilla cuyo valor principal es precisamente y como lo indica su nombre, el social. A ello se supeditan los otros tres. A nuestro gusto plástico actual tal vez nos parezca poco agraciado, pero no olvidemos que su verdadera belleza -actualmente en suspenso- depende de la capacidad de nuestra comunidad para insuflar en él nueva vida que por otra parte, dadas sus características constructivas y la sencillez de su disposición espacial, eso no sería tan complejo como tratar de hacerlo con inmuebles que nacieron tristemente bajo el signo del derroche y de la gratuidad práctica.