Por J. Jesús López García

La arquitectura es producto del tiempo, si comparamos la permanencia más bien corta de cualquier ser humano en particular en este mundo, con la duración de muchos edificios, nos encontramos con una apreciación subjetiva donde algunas fincas parecen haber estado siempre allí, como si se tratara de montañas. Más como hemos presenciado, grandes cordilleras, sierras o montes han sido dramáticamente modificados e incluso desaparecidos en un proceso humano de transformación del medio natural que se ha venido haciendo más acelerado y radical con el paso del tiempo, la edificación misma es una de esas actividades productivas que modifican su entorno, y aun así los edificios también pueden modificarse o desaparecer sin mayor aspaviento.

Naturalmente cuando los inmuebles son objetos significativos parecen correr menos riesgos, y con todo ello son transformados por el tiempo o por los hombres, y a veces sólo queda de ellos un recuerdo vago a través de descripciones y recreaciones varias, como el caso del Faro de Alejandría o la Basílica de San Pedro original que fue demolida en el Renacimiento para dar cabida a la que actualmente conocemos y celebramos -obra de los arquitectos Donato d’Angelo Bramante identificado como Bramante (1444-1514), Raffaello Sanzio o simplemente Rafael (1483-1520), Antonio da Sangallo el Joven (1484-1546) y Michelangelo Buonarroti o en español Miguel Ángel (1475-1564), entre otros-.

En ese tono, los “caballos de bronce” que adornan la Basílica de San Marcos en la ciudad de Venecia, son piezas escultóricas que provienen del siglo IV antes de Cristo y que luego estuvieron en Constantinopla, que al ser saqueada por contingentes de guerreros venecianos pertenecientes a la cuarta cruzada en su paso hacia Medio Oriente, robaron piezas como esas para adornar edificios alejados del sitio. Esos caballos fueron luego trasladados por orden de Napoleón a París, donde remataron en su parte superior del Arco de Triunfo del Carrusel para luego ser devueltos a la Basílica de Venecia.

Los edificios en suma, parecen estructuras casi eternas, pero son realmente muy frágiles, y una vez destruidos aún con la información pertinente para volver a ser ensamblados es difícil que vuelvan a reconstituirse en todas sus partes, muy diferentes a otras manifestaciones del arte donde los facsímiles y las copias abundan y pueden reproducirse los detalles. Y eso no es privativo solamente de las grandes obras de la arquitectura: esa casa de los abuelos que era vieja en nuestros recuerdos y que en ellos pareciese que iba a perdurar para siempre, simplemente un día es demolida y se nos presenta en su lugar un edificio extraño para nuestro mapa memorial.

Así se nos muestran cotidianamente fincas que concebimos como provenientes de tiempos ancestrales, “edificios de siempre” y que realmente ese estatus tiene que ver con la calidad de los registros más que con un juicio histórico bien fundamentado. Es el caso de la casa ubicada en la avenida Francisco I. Madero No. 618 -La avenida en sí fue trazada y construida en 1914, por lo que casi todos sus edificios datan del siglo XX- que dadas sus características tipológicas es probable se haya levantado en los años treinta o cuarenta de esa centuria y que con todas sus referencias neobarrocas en sus columnas helicoidales o salomónicas, sus remates mixtilíneos o sus vanos protegidos por una herrería de apariencia tradicional, también tiene elementos de origen anglosajón, como su emplazamiento en el terreno a la manera de chalet áreas no cubiertas a los costados y su porche.

Durante mucho tiempo estuvo abandonada y hace algunos años volvió a ocuparse. Esta obra que “siempre ha estado allí”, realmente se encamina a su primer siglo solamente que no sabemos cuánto tiempo más vaya a perdurar, como tantos edificios particulares o públicos, valiosos o prescindibles, antiguos o nuevos.

La arquitectura es una disciplina que trata de producir objetos que permanecen en el tiempo, pero lo cierto es que esa permanencia no depende principalmente de la buena o mala constitución física de la finca. Las vicisitudes que acompañan al transcurrir del ser humano sobre el mundo terminan por validar o descartar las producciones del hombre, no importa cuán fuertes o débiles sean. A veces se conoce más de un grupo humano por lo que destruye o por lo que permite que se erosione que por lo que crea o construye.

Por todo lo anterior, bien vale la pena identificarnos con esos inmuebles que si bien “no han estado siempre”, lo parecen, pues en esa apreciación se adivinan muchos de los valores que una sociedad tiene por respetados y queridos, y si bien no siempre podremos cuidar que una de esas fincas prevalezcan en el tiempo, al menos podremos alojarles en un rincón de un recuerdo compartido.

Sin duda alguna que a lo largo de nuestra existencia se va alojando en nuestra mente la arquitectura que nos sigue cotidianamente y que es la imagen que durante mucho tiempo nos acompañará, sin embargo el afán “modernizador” gradualmente va destruyendo esos edificios que al no permanecer conforman un perfil extraño del que conocemos.