Por J. Jesús López García

Dentro de las múltiples corrientes y tendencias que animaron al Movimiento Moderno de la arquitectura, hubo muchas estrechamente ligadas a las tendencias y corrientes artísticas experimentadas en pintura, escultura, fotografía y cinematografía, como –por mencionar solamente algunas de las más importantes- el futurismo, el suprematismo, el expresionismo y el neoplasticismo. Eso es explicable debido a que en el ambiente cultural, técnico e intelectual en que se gestaron las vanguardias artísticas de inicios del siglo XX, intelectuales, artistas y técnicos de varias disciplinas buscaban definir las formas, las líneas de pensamiento y la tecnología que debería regir para un mundo nuevo que en ese momento se gestaba con violencia en medio de revoluciones como la rusa y la mexicana. El siglo XX fue un siglo violento y eso se manifestaba también en los postulados radicales de los creadores que eran parte de esa efervescencia social, política y naturalmente cultural. Los arquitectos más revolucionarios eran parte de ese experimento que contenía discursos a veces contradictorios, la derecha y la izquierda abanderaban tales o cuales corrientes, lo mismo que lo confesional o lo radicalmente anticlerical.

Lo radical precisamente se encontraba en los postulados de muchas de las tendencias y corrientes más críticas, como la llamada Nueva Objetividad, que se desarrolló en Alemania tras la Primera Guerra Mundial, pero que luego tuvo ramificaciones en muchas partes del mundo. El término “Nueva Objetividad” fue acuñado por el crítico de arte alemán Gustav Friedrich Hartlaub (1884-1963) en 1923, afirmando que “el objetivo es superar las mezquindades estéticas de la forma a través de una nueva objetividad nacida del disgusto hacia la sociedad burguesa de la explotación”. Obviamente Hartlaub tenía sus preferencias políticas, económicas y sociales orientadas hacia la izquierda, lo que era común en ese tiempo a la casi totalidad de los intelectuales de vanguardia.

En pintura –que fue lo que inicialmente propició el término “Nueva Objetividad”- destacan pintores como Otto Dixx (1891-1969), Max Beckmann (1884-1950) y Georg Grosz (1893-1959), de los que se contaban no pocos veteranos de la Primera Guerra Mundial y que reflejaban en su obra el desaliento y el horror de la guerra y la posguerra con sus injusticias y desigualdades. En arquitectura se manifestó de una manera, por el contrario, poco expresiva y esto último por ser precisamente una tendencia, que bajo lo dicho por Hartlaub, se concentró en desmontar de sus edificios todo rastro de tradición que no fuese necesario bajo una utilidad mecánica-constructiva o práctica-funcional.

Las características de la Nueva Objetividad en la arquitectura son la simplicidad de la propuesta formal, la honestidad aparente de los medios de construcción, el funcionalismo y el total desapego a toda tradición arquitectónica que trajese a colación las viejas jerarquías sociales. Los edificios así, son tratados como contenedores de una actividad humana y social, despojándose por tanto de todo ornamento. En aquellos años 30 y 40 del siglo pasado debió ser impactante pues el acero y el concreto estaban apenas utilizándose de manera profusa. Casas famosas en México de alguna manera relacionadas son las que hizo Juan O’Gorman (1905-1982), pero la tendencia por su simplicidad programática y constructiva fue desarrollada hasta los años 50 en nuestro país, como apreciamos en la finca ubicada en Enrique M. del Valle, de sencillas líneas rectas, vanos sobrios solamente abiertos sobre el macizo sin ningún enmarcado y la composición dominada por la terraza en esquina dominada por una pérgola reticulada. Se notan unos elementos decorativos de origen Déco, como rastros del ornato que la Nueva Objetividad estaba condenando al olvido.