Luis Muñoz Fernández

En un artículo reciente, Viridiana Ríos dice que “México es un país que ha llamado independencia, revolución y revuelta a una rotación de élites”. Es decir, que en nuestro país existe una larguísima tradición de gobiernos autoritarios y una movilidad social muy escasa, especialmente para los más desfavorecidos. Se podrá diferir en los detalles, pero el hecho sustantivo sigue ahí y, si no, que le pregunten a los obreros, campesinos e indígenas.

Con esa historia a cuestas no debe extrañarnos que los diferentes poderes del Estado no consulten a la ciudadanía sobre las decisiones que piensan tomar, decisiones que, por si fuera poco, afectan directamentela vida y patrimonio de millones de esos mexicanos a los que nunca se les pide parecer. Además, rara vez son consultados los miembros de la comunidad académica y científica nacional, cuyo nivel de conocimientos y experiencia nada tienen que envidiar a los de sus homólogos de otros países. Como dijo el innombrable: “Ni los veo ni los oigo”.

Por eso nuestra joven democracia, que apenas va más allá de lo meramente electoral, escaseaen elementos sustantivos que son habituales en otros países con mayor madurez política. Uno de ellos es la cultura del debate: es poco lo que argumentamos a la hora de ponernos de acuerdo sobre algún tema, especialmente si se trata de un tópico controvertido en el que hay posiciones distintas y encontradas.

Lo estamos viendo ahora mismo en Aguascalientes con el intento de reformar la Constitución del Estado para “proteger la vida desde su concepción y hasta la muerte natural”. No es lugar aquí para detallar y analizar los argumentos a favor y en contra de estas iniciativas legales, sino para señalar que los involucrados no han logrado sentarse frente a frente para debatirde manera pública, serena y racional sobre este tema tan complejo y delicado.

En lugar de ello, los que se dicen “a favor de la vida” (como si los demás no lo estuviésemos) exhiben un mal disimulado temor a que las mujeres se gobiernen a sí mismas libres del yugo machista, una falta lamentable de conocimientos científicos y la obsesión de imponer su moral a todos los demás, confundiendo pecados con delitos. Dominan el panorama la escasez de argumentos y el exceso de ladridos y rebuznos.

Y ojo no sea que, urgidos como están y en contubernio con sus adláteres del Poder Legislativo, nos quieran dar el madruguete.

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