Por J. Jesús López García

La palabra “estilo” ha venido convirtiéndose en una especie de etiqueta que nombra y clasifica un producto cualquiera para su rápida identificación y venta. Los estilos en el arte fueron hasta hace alrededor de cien años un asunto de estudio bastante complejo y delicado, lo que abonó por una parte a una exquisitez en el conocimiento del arte que excluía a buena parte del público interesado solamente en lo “bello” que podía ser una pintura, un edificio o una sinfonía, y por otra parte a una profundización en el estudio de la experiencia humana cada vez más interdisciplinaria.

Como sea, los estilos han venido aplicándose a todo tipo de manufactura para su mejor y claro etiquetado. En la arquitectura, disciplina en donde la repetición de ciertos modelos y moldes vinieron reproduciéndose bajo diferentes variantes hasta hace unos 250 años, los estilos eran los rasgos que daban una particularidad a la obra realizada en ciertos lugares y tiempos cronológicos involucrando a los materiales y técnicas constructivas empleadas, las cuales iban estableciendo formas muy bien definidas. Los estilos arquitectónicos recibían ese nombre mucho tiempo después haberse vuelto de uso común ese empleo de rasgos o incluso posteriormente de apagado su desarrollo.

Es por ello que en arquitectura se aplicaba la palabra “estilo” con mucho cuidado, pues el hacerlo de alguna manera suponía cerrar un capítulo de esta disciplina, por ello no hay un estilo arquitectónico griego, sino que se nombra “órdenes” a las formas del dórico, del jónico y del corintio, incluso en la etapa que eslabona al Renacimiento con el Barroco, fase en donde las genialidades abundaban. Se llamó “manierismo” a la manera en que ciertos maestros originaban un estilo muy propio: a su “maniera” en italiano. Con el paso del tiempo, ese “proto-barroco” se conoció como estilo manierista, pero no fue identificado así sino hasta que pasó su tiempo y se pudo clasificar en plenitud la diversidad de sus manifestaciones.

Todo esto se vuelve interesante en las corrientes y tendencias de la arquitectura Moderna, pues buscando la ruptura con las tradiciones que le precedían, fueron sus representantes muy cuidadosos en evitar en un primer momento la palabra “estilo” para designar los rasgos que definitivamente eran comunes a su forma de plantear, proyectar y ejecutar su arquitectura. El llamar “estilo” Moderno a su quehacer sería una especie de finiquito de su talante experimental, y sin embargo en 1932 a razón de una exhibición de arquitectura de los grandes maestros en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), Henry-Russell Hitchcock (1903-1987) y Philio Johnson (1906-2005), organizadores de la muestra, le nombraron “estilo internacional”. Después el crítico-teórico Nikolaus Pevsner (1902-1983) le llama a ese conjunto de tendencias y corrientes “Movimiento Moderno” de una manera más acertada, sin embargo, el término “estilo internacional” había se ya arraigado en Estados Unidos, país que en ese momento comenzó a fungir como uno de los grandes motores en la propagación de esa arquitectura neutra, eficiente y de vocación por tanto “internacional”.

La exhibición neoyorquina hace la referencia en su título a la Arquitectura Moderna, sin embargo el vocablo de “estilo internacional” de su libro terminó por imponerse al menos hasta los años sesenta del siglo pasado. Ambas expresiones designan la misma arquitectura pero la diferenciación en el llamarse, estilo, movimiento o simplemente “Arquitectura Moderna”, de alguna manera nombra también la profundidad con que se reconoce en el Movimiento Moderno, su esencia revolucionaria o simplemente se identifican sus rasgos superficiales como principio de clasificación para su fácil consumo. Ocurre pues lo contrario que con los estilos de la tradición, pues se adentran en un estudio y un conocimiento más profundo ya que el Estilo Internacional en la arquitectura termina siendo un término más banal que el revolucionario Movimiento Moderno.

Como sea, Movimiento Moderno o Estilo Internacional, sus ejemplares se difundieron ampliamente por todo el mundo y sus rasgos de manera híbrida o pura son identificables en prácticamente cualquier rincón del planeta, independientemente de su economía o cultura local. Esto para lo que llamemos Movimiento Moderno o Estilo Internacional habla invariablemente de una especie de triunfo, pues a lo que aspiraba este fenómeno nombrado de estas dos maneras era precisamente a una difusión global. De hecho el término “internacional” no dejaba de tener algo revolucionario también, pues era empleado en las reuniones mundiales socialistas, y el que fuese utilizado en uno de los grandes centros del capitalismo no debió carecer de cierta provocación.

Afortunadamente para todos aquellos que apreciamos la arquitectura llevada a cabo en los diferentes momentos de existencia de la ciudad aguascalentense, aún se conservan múltiples ejemplos de edificios que nos remiten a la modernidad, baste señalar dos casos -que posiblemente difieran de algunos años en su construcción- ubicados en la calle General Emiliano Zapata No. 120 y No. 121, en donde presentan signos compositivos de diseño en sus fachadas con rasgos claros del Movimiento Moderno o del Estilo Internacional: tendencia a la horizontalidad, posibles plantas libres y utilización de concreto armado, entre otros.