Mariana Torres Ruiz

A principios de este año, tomé un curso denominado “Acondicionamiento como herramienta de movilidad y posibilidad de creación”, impartido por la bailarina y coreógrafa Diana Venegas, una experiencia sumamente estimulante. Durante este proceso, leímos algunos textos para reflexionar sobre la importancia del entrenamiento permanente para quienes somos ejecutantes de la escena. Parece una obviedad, pero hay quien piensa que terminar cualquier tipo de taller, curso o grado académico universitario es suficiente para el ejercicio de creación escénica. Esto es impensable, pues nuestra herramienta, el cuerpo, requiere estar en constante formación para tener bien afilado el aspecto físico, el aspecto emocional y el aspecto intelectual, pues todos entran en acción durante el proceso creativo.
Pero no es mi intención abordar sobre aspectos especializados del hecho escénico, más bien quiero compartirles, estimadas y estimados lectores, una serie de notas que hice a partir de la lectura de un texto en particular, “El dominio de movimiento”, del teórico y coreógrafo astro húngaro, Rudolf von Laban. Son ideas que surgen de tres consideraciones de este autor: el hombre se mueve para poder satisfacer una necesidad, el pensamiento en movimiento y el juego como posibilidad de entrenamiento. Con base en ellas, devano estas reflexiones, un tanto sueltas, sin más pretensión que repensarnos como seres que necesitamos el movimiento para vivir.

El hombre se mueve para poder satisfacer una necesidad

• Desde el origen, nuestros cuerpos son movimiento. En cuanto el espermatozoide más veloz alcanza su objetivo, todo ahí se vuelve una marea de espasmos que se van transformando en células de lo que más adelante será un bebé.
• No podemos comprendernos sin el movimiento; es una cualidad inherente a nuestro ser humano. Estamos destinados a ser movimiento, incluso aunque no queramos.
• Conforme crecemos y vamos tomando consciencia de nosotros mismos, el movimiento se convierte en el desafío más emocionante. Reconocer que podemos movernos a nuestro antojo es una primera sensación de emancipación.
• El cuerpo está diseñado para ser flexible, para moverse, para descubrir el mundo a partir de la combinación de articulaciones, músculos, nervios y órganos que están dispuestos a dar el paso siguiente.
• El cotidiano constriñe el movimiento, lo acota, lo limita. La libertad del movimiento requiere soltar la zona de confort.
• La necesidad de moverse no tiene que ver exclusivamente con el instinto de supervivencia; la necesidad tiene que ver con un impulso interior sumamente potente, ese que responde a la pregunta ¿qué hay más allá de estos límites? Del límite de una cuna, del límite de una silla, del límite de una cerca. Tiene que ver con la necesidad del riesgo y de satisfacer una curiosidad.

Pensamiento en movimiento

• El tren de nuestros pensamientos es imparable. El puro concepto encierra en sí mismo el movimiento.
• Para hacer que el pensamiento se transforme en un movimiento congruente, intencionado, se requiere un entrenamiento integral, un entrenamiento funcional, un entrenamiento holístico, que abarque los diferentes grados de conciencia de la persona para que de esta manera, lo que está en el ámbito del intelecto se transforme en una acción que lo represente.
• A mayor contacto con los procesos intelectuales y sensoriales personales, hay “mayor calidad de contacto” entre los cuerpos, escénicos o no.
• A medida que vamos creciendo y que, en apariencia, hay mayor consciencia de las cosas, es todo lo contrario. El cuerpo empieza a escindirse entre su motricidad y su intelectualidad; ésta ha sido una de las tragedias más grandes para los seres humanos.
• El movimiento pareciera enemigo de la idea y viceversa. Sin embargo, los niños son fuente de ambas cosas, pero los adultos lo olvidamos; sólo queremos que “se estén en paz”, sin entender que en la infancia, el pensamiento en movimiento fluye de manera natural, sin límites ni miedos.

El juego como posibilidad de movimiento

• Retomar el juego como herramienta para mantener el cuerpo en movimiento es volver al origen, a la infancia, al deseo desbordado de descubrir el mundo.
• Jugar nos permite activar el pensamiento en movimiento, sin barreras del raciocinio que lo entorpezcan.
• Cuando entendamos la importancia que el juego tiene en el desarrollo de un cuerpo creativo, evitaríamos aquietar a las niñas y los niños; les pediríamos que revolotearan más, que imaginaran más, que curiosearan más.
• Las y los adultos que se mueven, por ejemplo, bailando, jugando, practicando deporte, vuelven a su cuerpo de infancia, pero con una conciencia mucho más clara de cómo utilizarlo en favor de sus actos cotidianos.
• Mantener el cuerpo en acción no tiene que ver con ejecuciones físicas precisas, tiene que ver con dejar fluir el pensamiento en movimiento a través de estímulos conscientes como pueden ser la música o la naturaleza.
• Jugar para moverse, jugar para arriesgar, jugar para recuperar el ser creativo.

En esta época tan digital, donde los aparatos electrónicos ya simulan todo tipo de experiencia, es un acto de rebeldía moverse, dejar la silla, la cama, y recuperar la posibilidad de conectar con nuestro cuerpo. De lo contrario, la alienación será absoluta.
“Deberíamos considerar perdidos los días en que al menos no hemos bailado una vez”, dice el filósofo Nietzsche. Recuperemos el placer de movernos caminando, bailando, jugando; que para estar inertes, está la tumba.