Lic. René Urrutia de la Vega

 Otra detención espectacular, de esas que acaparan toda la atención de propios y extraños, como si se tratase de un verdadero resultado que fuese a cambiar las cosas en lo sustancial, me refiero a la aprehensión de Rafael Caro Quintero, todo un personaje en nuestro país, un ícono de la criminalidad organizada desde hace décadas, sin duda un símbolo de referencia de los grandes y famosos capos de las drogas, una de esas leyendas vivientes negativamente hablando, de esos personajes a quienes la historia reciente ha encumbrado y que, para muchos, lamentablemente, son incluso dignos de admiración y ejemplos a seguir, definitivamente, en muchos sentidos, se trata de historias que llevan a final de cuentas a una apología del delito que tanto daño hace en este tiempo de series y novelas con ese tema.

La reflexión que ahora comparto no tiene que ver exclusivamente con este caso, del que se podría hablar muy ampliamente, sino con lo que implica la detención de un jefe, líder, capo o cabecilla de una organización criminal, con lo que realmente pasa cuando cualquier autoridad, en forma separada o conjunta e incluso con el apoyo o colaboración de algún gobierno extranjero aprehende a uno de estos personajes que se han posicionado en la sociedad como figuras, que los medios de comunicación y las redes sociales, voluntaria o involuntariamente, han llenado de fama pública. En estos casos que tanto llaman la atención se da un fenómeno muy particular porque se anuncian con notas de ocho columnas y se aprovechan como si la aprehensión en sí misma se tratase de un resultado final, como si el hecho de lograr la detención de este tipo de símbolos criminales fuese verdaderamente algo que pudiese generar un beneficio a la sociedad y con ello se le brindara mayor seguridad, como si significara que el detenido ya no seguirá delinquiendo o que ya no podrá continuar liderando su organización, cuando sabemos que en muchos casos lo sigue haciendo, como si esa detención significara en forma directa una reducción de la incidencia de delitos y de violencia: ¡no es así!

Recuerdo especialmente la administración federal 2006-2012 cuando el presidente Felipe Calderón fortaleció de una manera extraordinaria a la Secretaría de Seguridad Pública y particularmente a la Policía Federal, no sólo con un incremento sustancial de recursos y capital humano, sino también de equipamiento de todo tipo y de la tecnología más avanzada, mucho de lo cual enfocaron vehementemente hacia la detención de los líderes de la delincuencia organizada de distintos grupos, en esa administración fue verdaderamente espectacular el número de personajes criminales de alto nivel que fueron detenidos y encarcelados, pero además del número, fue también espectacular la forma en que se anunciaban las detenciones, todo lo cual, para quien esto escribe,definitivamente no sirvió de nada.

Considero que la detención de personas que cometen delitos, en el caso concreto de los que pertenecen a las bandas de la delincuencia organizada, que es, por mucho, el tipo de delincuencia que mantiene a nuestro país sumido en una crisis inusitada de impunidad y corrupción, de inseguridad y de violencia extrema, no debe ser considerado, per se, como un resultado, sino solamente como un medio, me explico: el combate que debe sostenerse de manera firme, inteligente y estratégica contra la delincuencia organizada necesariamente debe tener como principal objetivo el desmantelamiento de los grupos criminales, pasando para ello por el menoscabo de su estructura, considerando que se habla de delincuencia organizada precisamente porque estos grupos tienen una estructura de tipo empresarial, cuentan con una organización basada en niveles jerárquicos y distribución de tareas por áreas de especialización o materia, enfocados prioritariamente a la producción de riqueza ilícita, por lo que debe tenerse como uno de los principales objetivos la destrucción, además, de su estructura financiera, que es uno de los principales pilares sobre los que se erige su “éxito”, para ello, deberían utilizarse eficazmente herramientas como el aseguramiento de bienes y activos, la extinción de dominio y el combate de operaciones con recursos de procedencia ilícita (lavado de dinero), entre otras herramientas, en un número de casos extraordinariamente mayor del que efectivamente ocurre y, además, con mejor eficacia.

La detención de algunos de los líderes de esos grupos de la delincuencia organizada tiene muy a menudo, como efecto inmediato, el recrudecimiento de la violencia por las reacciones intimidatorias contra las instituciones, el reacomodo de la organización y la competencia que se genera entre los de menor jerarquía para tratar de ocupar el lugar del ausente, sin dejar de apuntar que las organizaciones rivales aprovechan la aparente debilidad de la banda descalabrada e intensifican su lucha por el control de territorios y de actividades delincuenciales, por poner solo algunos ejemplos. Continuando con la reflexión, debe quedar muy claro que la detención de los delincuentes no puede tratarse de una meta y, mucho menos, de una meta final, pues ha quedado muy claro que esos actos, carentes de una estrategia que vaya más allá y mine de fondo la forma de operar de las bandas, incluyendo a los funcionarios o servidores públicos vinculados por ligas de corrupción con ellas, definitivamente no sirven de nada, sino que, por otro lado, es una de las causas por las que siempre se señala, con razón desafortunada, que la delincuencia siempre va un paso delante de la autoridad, puesto que para ésta la meta es la detención y en ello equivoca estrepitosamente su cometido, las detenciones solamente deben ser una parte –en ocasiones una parte inicial– de toda una estrategia de combate inteligente contra el delito.

rurrutiav@urrutiaconsulting.com.mx