Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Remembranzas en digital

Decía Bazin que el gran mérito del cine había consistido en convertir el “por consiguiente” de la novela y el teatro en el “entonces” de la pantalla. Del mismo modo, Linklater observa la Historia y su historia como una sucesión de momentos que simplemente ocurren, sin más causalidad ilusoria que el paso natural del tiempo. No busca razones o lógicas más allá de los instintos humanos, casi en un sentido biológico del término, lo que explicaría la debilidad de su cine por las problemáticas de niños, adolescentes y adultos en crisis vital. Esto termina por minar las fortalezas de un relato que se regodea en la nostalgia para contar al final nada aún cuando ocurren demasiadas cosas mediante esa concatenación de tiempos suspendidos en la memoria de su director que, tal cual ocurre con cada uno de nosotros, se afana en dramatizarlos momentos que consolidan nuestro añoro, nuestros espacios vitales que conformaron nuestro particular universo durante la infancia. Pero Linklater va más allá, revistiendo su ejercicio nemotécnico con aquella rotoscopía digital que tanto le gusta y ha empleado en otros proyectos como “Despertando a la Vida” (2001) o “Una Mirada en la Oscuridad” (2006) como un simulacro de realidad que, uno podría pensar, subraya la idea de que todo es un recuerdo disfrazado de realismo mágico, o lo más cercano al “realismo mágico” que un gringuito que creció con su numerosa familia en los suburbios durante los sesenta puede concebir ahora que tiene los recursos.
Ésta colorida fábula utiliza la icónica carrera espacial entre Estados Unidos y Rusia hace casi 60 años para simbolizar la estructura mediante la cual Norteamérica dio el estirón político y sociocultural análogamente a la vida de un jovencito llamado Stanley (Milo Coy) quien es seleccionado por la NASA para que maniobre una de sus cápsulas debido a que por una falla de los ingenieros ésta se construyó a un tamaño muy pequeño para los astronautas adultos. La trama inicia precisamente con su reclutamiento para después bifurcar su camino a un segundo acto (y gran parte del tercero) donde, en tiempo psicológico, Stan rememora todo, pero todo aquello que modeló su vida en aquella infancia poblada por unos padres conservadores, hermanos y hermanas de toda ideología y conductas, juegos, dinámicas interpersonales y escolares, alimentos, rutinas diarias, programas favoritos de T. V. y un larguísimo etcétera. Prácticamente todo aquello que conforma el cotidiano y modus vivendi de alguien. El círculo se cierra con las implicaciones y significados de lo que representó para Stanley su experiencia espacial y el vivir en un país aún en estado de metamorfosis cultural con un amplio sentido del asombro y con relativo optimismo. Entonces ¿De qué trata ésta película? De nada en particular, simplemente es una invitación para nosotros los espectadores a subirnos a un carrusel donde Linklater nos llevará muy de la mano a todo recoveco que conforma su memoria y puede repeler ante el abuso de la vacuidad y lo trivial que no hilvana o crea algo de provecho o también ser muy agradable ante el alto grado de identificación que existe con nosotros y nuestras propias vivencias infantiles (sobre todo quienes pasamos de los 40), cuando esos recuerdos que ahora aseguramos nos forman y moldean, lucen tan lejanos como la misma luna.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

 

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