Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Nada puede provocar más miedo a los moderadores de una falocracia que el que la vagina despierte y muerda. La estructura social y cultural moldeada en el patriarcado ha cubierto por siglos los procesos interpersonales entre géneros, manifestándose como una ilusión de predominancia masculina sin contemplar los aportes, sostén y tesón del colectivo femenino hasta cubrir la percepción de un espejismo machista que puede disolverse con facilidad en la experiencia cotidiana, pues por cada hombre que ampara un supuesto dominio en el microuniverso hogareño con el irracional y retrógrada concepto de la brutalidad alentada por los constructos culturales arcaicos, los medios masivos tercermundistasy el adoctrinamiento religioso que encuentra defensor en ese manual milenario sobre perpetua vejación, humillación y desdén femenino llamado “Biblia”, siempre habrá una mujer para desmentirlo, ya que al final es su voz y su designio la que predomina como un susurro en una tormenta de iniquidad social que vende la idea de una jaula casera y maternal donde el pensamiento independiente se flagela y martiriza con cada telenovela que la crucifica en pos del entretenimiento masivo. Por ello hay un Día Internacional de la Mujer y por ello el cine ha abordado éste fenómeno desde diversas perspectivas, pero existe una en particular que pretende manifestar tanto en forma tácita y factual como metafórica la emasculación de la bestia masculina en aras de una balanza equilibrada, pues si la brutalidad es el arma del macho, la hembra también tiene dientes y garras.
Irónicamente las cintas que revelan a la mujer como una entidad nutrida de fortaleza (física y mental) e individualismo siempre será visto como un intento por presentarla como una versión debilitada y cromosómicamente dispar del hombre, mas su propuesta permanece inmutable y a la vez innegable: ella debe tomar las riendas con violencia si desea decapitar la bravucona efigie de la masculinidad mal enfocada. Ojo por ojo, genital por genital, y bajo esa línea encontramos aquellos filmes donde el empoderamiento femenil llega de una traumática experiencia que la orilla a abrir sus ojos y darse cuenta que el rímel es una fantasía mainstream y que las faldas solo debería ser un corte cárnico. Mas esto solo podía brotar hasta que las propuestas narrativas en el cine pudieran diversificarse y liberarse del yugo de la cultura conservadora de los 30’s, 40’s y 50’s, cuando la Revolución Sexual y la búsqueda de identidad de géneros estallara como una molotov de conciencia. Y así llegaron los 70’s con un terrible y duro despertar en la forma de “I Spit on Your Grave” (Zarchi, E.U., 1978), la epopeya rural donde una escritora (Camille Keaton) pretende refugiarse del mundanal ruido urbano en una campiña sureña para escribir una novela, solo para encontrar violencia y agresión cortesía de un grupo de campesinos “troglodescos” en la mejor tradición de la ideología Trump que deshonra cruel y prolongadamente (casi 30 minutos de la cinta) a la protagonista. La cinta desmitifica la idea de un sexo débil pasivo y receptáculo de la semilla masculina para mostrar a una dama de furia sin límites, pues hace pagar a cada uno de sus agresores con una inaudita cólera y sangrienta aplicación de equidad. Un clásico del cine de explotación que rompió barreras y tabúes, pavimentó el camino para otras cintas similares y hasta con el riguroso remake para las nuevas generaciones. Alegatos feministas oscuros y sórdidos similares fueron “El Angel de la Venganza” (1981), donde el provocador director Abel Ferrara exploraba la misma idea pero ahora en un contexto urbano y fascista, pues la dama en cuestión asesina hombres al azar en afán revanchista con una letal .45 y un atuendo de monja para subvertir dos conceptos a la vez: clero y mujer como elemento doméstico; “Calles Salvajes” (1984) mostrando a una Linda Blair post-“Exorcista” como una genuina hija de la época, pues su vestimenta punk y su alocado peinado ochentero fueron ícono del desquite mujeril mientras realiza ajuste de cuentas por la violación de su pequeña hermana, así como “No Moriré Sola” (2008) del argentino Adrián García Bogliano, posmoderno seguidor de los modelos grindhouse llevados a un contexto latinoamericano. Otros filmes como la trilogía de Lisbeth Salander (“Los Hombres que no Amaban a las Mujeres”, “La Mujer que Soñaba con un Cerillo y un Galón de Gasolina” y “La Reina del Palacio de las Corrientes de Aire”) o “Thelma y Louise: Un Final Inesperado” (Scott, E.U., 1991) encontraban su detonante dramático en la transgresión física, pero sus efectos eran sistemáticos, pues las protagonistas mesuran su nivel de respuesta mediante un contraataque contestatario a nivel argumental y exclusivamente en contra de su agresor, expresando la clara idea de soberanía anatómica e intelectual.
La interacción hombre-mujer es como un juego donde de una forma u otra se busca una victoria para uno u otro bando, pero cuando la madurez alcance a la sociedad, veremos que, en realidad, la humanidad siempre ha partido de una sola palabra, idea y concepción: ellas. Estas cintas lo reflejan y aquello de que “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón…” parece un grito de guerra más que una proclama de justicia, pues el infierno no se compara a la ira de una mujer despechada, ninguneada o forzada a hacer la comida.

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