Ricardo Orozco Castellanos

Desde hace al menos un par de décadas, las grandes editoriales españolas, verdaderos emporios del libro impreso, tales como Planeta, Mondadori, Alfaguara y aun las más modestas Anagrama y Tusquets, han procurado que sus escritores de bandera sean considerados candidatos naturales a obtener el Premio Nobel de Literatura.

Cada año se menciona a cuatro o cinco autores españoles como muy probables ganadores, para engrosar una lista dudosa en la que lo mismo aparecen Jacinto Benavente y José Echegaray (hoy ignorados) que Juan Ramón Jiménez o Camilo José Cela (el más reciente español premiado, en el ya lejano 1989). La nueva lista la encabezaba Javier Marías (fallecido el año antepasado) y a su lado merodeaban los nombres de Enrique Vila-Matas, Juan José Millás y Antonio Muñoz Molina, a los que algunos añadían a la prolífica novelista Almudena Grandes (también ya fallecida), al poeta Luis Alberto de Cuenca o al consolidado novelista Javier Cercas.

Entre todos ellos quiero destacar la figura de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956), al que considero el mejor dotado de los narradores españoles de hoy, una vez desaparecido quien me parecía el mayor genio literario español de la segunda mitad del siglo XX: Javier Marías (1951-2022).

Muñoz Molina procede de una familia de agricultores y hortelanos de la Andalucía rural. Creció en Úbeda durante los años tardíos de la dictadura franquista. Estudió Periodismo e Historia. Ha vivido por largas temporadas en Lisboa y en Nueva York; el producto literario de dichas estancias puede apreciarse en libros como Ventanas de Manhattan (Crónicas, 2004), El invierno en Lisboa (1987), Tus pasos en la escalera (2019), Un andar solitario entre la gente (2018) o la extensa y admirable novela La noche de los tiempos (2009), cuya compleja trama transcurre en los años previos a la Guerra Civil y luego se traslada a los Estados Unidos, siguiendo a su protagonista, un prestigiado arquitecto del bando republicano. Algo semejante, aunque con diferencias importantes, ocurre con su más reciente obra novelística No te veré morir (Seix Barral, 2023), cuyo personaje protagónico, Gabriel Aristu, emigra en 1967 de Madrid a California; cambia por tanto de país, de lengua, de cultura, casi de identidad, al grado de llegar a sentirse extranjero, no solo en los Estados Unidos, sino en la propia España. Se trata de una novela mucho más breve que aquella otra. Se centra en la historia amorosa de Aristu y Adriana Zuber, su novia de juventud, encapsulada en el recuerdo y en los sueños de ambos por casi cincuenta años. Por su temática, y en buena medida por su estilo y ritmo narrativo, es una novela crepuscular, aunque paradójicamente su autor (que cursa ya los sesenta y siete años) se percibe en plena forma, como si fuese el joven novelista de Beatus Ille (1986), en su deslumbrante debut como narrador de fondo.

Si admitimos una comparación con las formas musicales clásicas hay en Muñoz Molina dos facetas muy marcadas: por un lado, encontramos grandes estructuras sinfónicas con largos desarrollos temáticos, complejas tramas anudadas que lentamente van desenredándose frente a nuestra atención a veces algo fatigada; por otra parte, hallamos obras más breves que son como música de cámara o sonatas o suites para instrumento solista, narraciones muy concentradas, cuya tensión dramática se resuelve hasta la última página (es el caso de El viento de la luna, Carlota Fainberg o En ausencia de Blanca). Sin embargo, también acude a otras formas, singularmente cercanas al jazz, en que la improvisación aparente y la fragmentación de la voz narrativa adquieren status dominante en una especie de síncopa cuidadosamente planeada y magistralmente ejecutada. Ejemplo de ello son algunas obras recientes como Un andar solitario entre la gente (2018), Tus pasos en la escalera (2019), o Volver a dónde (2021).

No es mérito menor la perfección formal de una novela como No te veré morir. Está estructurada a la manera de muchas sonatas clásicas en tres movimientos y una coda anticlimática en la que se resumen y disuelven los temas planteados inicialmente, como si fuese un enigma que al final, ante la inminencia de la muerte, dejara de tener relevancia. “Si voy a morirme no tiene ninguna importancia que esto sea un sueño”, se dice el protagonista cuando, por enésima vez, sueña con la mujer que amó y acaso todavía ama, luego de una separación de cinco décadas, un poco antes de una intervención quirúrgica. La prosa de Muñoz Molina adquiere una modulación melódica, con el tono grave del violoncelo, y al mismo tiempo se vuelve evanescente, como un oleaje de frases largas en las que la coherencia gramatical parece estar a punto de perderse, aunque finalmente el discurso se rehace, la sintaxis se endereza y el relato llega a buen puerto. Asombra sobre todo la composición de la primera parte: sin marcas de apartados capitulares, la cadencia vocal sólo es interrumpida por espacios en blanco, por silencios no mayores a media página, como para que el lector respire hondamente y tome el impulso necesario para continuar la enervante lectura, capturada su atención por la morosidad de una narración envolvente.

El autor resuelve técnicamente los desafíos formales con su acreditada pericia, con ingenio lingüístico e imaginación literaria, para lo cual está más que dotado: desde la página 11 hasta la 73 -donde concluye la primera parte- no encontramos un solo punto, tan sólo las comas hacen posible la lectura; las separaciones de los segmentos narrativos son resueltas, como ya apuntamos, con espacios en blanco; así se retoma el hilo narrativo en la página siguiente sin una mayúscula que indique el inicio de algo nuevo. De este modo, la lectura entra en un estado hipnótico; no sabemos si el narrador remite a recuerdos, a sueños y ensueños o a la profunda textura de los deseos nunca convertidos en realidades.

Somos conscientes, a lo largo de todo el texto, de su literalidad, su condición de artificio: un juego de máscaras que no termina nunca de revelar al personaje que está detrás de ellas (ya sabemos que máscara y persona, son, en griego antiguo, la misma palabra). El ritmo del violoncelo, melancólico y acompasado, se apodera por completo de la narración; no es casual, sabemos que el personaje principal es un violoncelista de origen, aunque no ejerza la profesión en público sino en la intimidad -lo que tiene también su valor simbólico, porque en esta obra el autor español renuncia a los grandes temas históricos, para concentrarse en el acontecer íntimo, casi secreto, de sus personajes. En realidad, bien podríamos caracterizar la novela como una puesta en escena de la intimidad; hay un buen número de indicios, referencias enigmáticas y pistas sembradas por el narrador que nos permiten entrever ese efecto literario.

Las descripciones del protagonista lo pintan como un hombre en el ocaso de su vida, que se mueve con la lentitud propia de la edad madura, como en una sesión de tai-chi. El caminar temeroso de viejos en las calles de Madrid es dibujado con poética y cruda precisión: “…algunos de sus coetáneos, los afectados por la epidemia terminal del tiempo, los canosos y lentos, hombres y mujeres, los encorvados con la vista temerosa fija en el suelo, los desplomados en sillas de ruedas, algunos pálidos como cadáveres de mandíbulas descolgadas, aparcados en bancos de la acera, con barbillas temblorosas y miradas perdidas, y ojos diminutos y húmedos de pájaro…” (p. 25).

Así, en cada nueva obra, narrativa o ensayística, ya sea extensa o más breve, Antonio Muñoz Molina nos sigue sorprendiendo: su talento se acrecienta, su imaginación parece no agotarse jamás; no se repite, o acaso muy poco, en los temas y obsesiones que, como todo maestro de la narrativa que se precie de serlo, las tiene. Da la impresión de ser inmune a esa epidemia que tantos autores de hoy padecen: la egolatría, que se puede manifestar de múltiples formas, sobre todo cuando aparentan haberlo escrito todo y, por tanto, se creen con el derecho casi divino a no decir nada nuevo, o a abrumar a sus lectores con mamotretos indigeribles como comida de cartón, o de papel, mejor dicho. No es el caso de Muñoz Molina, al que espero ver pronto en la lista de los que sí recibieron el Nobel, aunque sea igualmente prestigioso contarlo en la otra, donde hay nombres como Proust, Kafka, Joyce, Borges. Nada menos.

(In memoriam Lourdes Franco Bagnouls, ilustre profesora, por quien supe por primera vez de Muñoz Molina, gracias a su pasión por El jinete polaco, obra maestra donde las haya.)