Por J. Jesús López García

Cuando la Revolución Industrial estableció nuevos paradigmas de crecimiento para las ciudades que se preciasen de tener cierta importancia en su región, también estableció nuevos modelos de desperdicio en todos los órdenes, y en materia de espacio urbano no fue la excepción, pues grandes superficies se reservaron para abastecer a la industria de insumos o bien para disponer en esas áreas los materiales resultantes de sus procesos para los que no se tenía un uso preciso posterior. Hasta hace poco tiempo se conocía como “Cerro de la Grasa” a una porción al noroeste de la mancha urbana de Aguascalientes en que desde hace más de 100 años se había depositado tonelada tras tonelada de la escoria negra producto colateral de los hornos de la Gran Fundición Central Mexicana de la familia Guggenheim que fue desmantelada en los años veinte del siglo pasado, sin embargo aún permanece, aunque menos, en ese lugar.

Los “residuos” sean materiales o espacios para depositar en ellos todo tipo de esos elementos o insumos sin utilizar son una constante en las ciudades modernas. Sus escalas producen esos sobrantes de acuerdo a las dimensiones y a la magnitud de las urbes. Por décadas la ciudad de Nueva York convivió con las líneas abandonadas de unas vías elevadas para el paso de trenes de carga que abastecían y desplazaban mercancías tales como productos manufacturados, leche, materias primas y carne. Debajo de ellas se originaron varios paisajes urbanos, algunos poblados por la inseguridad, pero eran peores esas vías férreas elevadas abandonadas, y que incluso penetraban a edificios igualmente deshabitados. Ahora ese circuito urbano llamado “High Line” es un paseo elevado lleno de vida y cultura del que se han ido apropiando vecinos y visitantes saneando de paso el hábitat inferior y haciendo que las propiedades abandonadas desde hace tiempo adquieran un valor inédito.

Es una cuestión de coyuntura e imaginación el hacer que esos espacios residuales puedan volver a vibrar con una nueva manera de ser ocupados. En nuestra ciudad aguascalentense tras cerrarse la operación de los viejos talleres del ferrocarril quedaron sus más de 80 hectáreas sujetas a nuevas intervenciones que desde el año 2001 se han venido encadenando hasta nuestros días. Lo primero fue “liberar” ese gran terreno de sus bardas ciegas que eran útiles para su función productiva original pero no para la vocación urbana que se descubrió para el sitio desde comienzos de este siglo, 100 años después de haber sido fundados esos talleres. Los viejos edificios fabriles se convirtieron en impresionantes contenedores de nueva actividad y de paso en un muestrario histórico de la arquitectura industrial y de servicios a lo largo de tres centurias, de los siglos XIX, XX y XXI.

Ahora es necesario que nuestra capital empiece a voltear a ver los espacios “sobrantes” -de cualquier dimensión-, con una visión de re densificar su espacio urbano, de crear para tantos huecos dejados por la apertura de calles o entubamiento de arroyos una nueva ocupación. Tenemos vías por donde no encontramos gente caminando y eso es porque son entornos poco hospitalarios a la experiencia cotidiana del andar despacio y despreocupadamente. El concepto de “no-lugar” del antropólogo francés Marc Augé (1935- ) para referirse a los lugares de tránsito que no cuentan con suficiente envergadura para que puedan ser considerados como “lugares”, presagiaba como constante en las ciudades contemporáneas en que la permanencia efímera, casi siempre en auto, ahogaba el sano andar y conocer el verdadero y entrañable lugar. Como sea, si uno pone un poco de atención, se encontrará que incluso en esos “no lugares” de nuestra ciudad, puede uno toparse con algunas viñetas agradables, que como el pasto que crece entre las juntas de un pavimento de concreto da testimonio de vida en medio de lo más agreste.

Es así como encontramos esta escena en un lugar pequeño de la Avenida Ayuntamiento -antiguo arroyo El  Cedazo- esquina con 19 de septiembre, a escasos metros por donde cruza de manera elevada el Paseo de la Cruz y que en sus “sobrantes de alineamiento” contra una barda elevada de ladrillo ha venido creciendo un pequeño remanso con árboles ya algo elevados y frondosos. En la esquina un edificio reciente que a diferencia de sus vecinos no da la espalda a la avenida, sino que la encara y tiene la virtud de iniciar un diálogo con su contexto.

En espera que este tipo de acciones se dé de manera más constante, por lo pronto imaginemos la ocasión que esos espacios que parecen sobrar en la ciudad pueden dar a la generación recorridos agradables donde no solamente el auto protagonice el desplazamiento y donde podemos permanecer a la sombra de árboles conversando con los vecinos.

Espacios como los referidos existen múltiples en la mancha urbana, los cuales en algunas ocasiones han sido aprovechados como un oasis dentro de la aridez del asfalto, lo que nos permite llevar a cabo recorridos a pie teniendo estos remansos verdes lo que los hace atractivos y placenteros.