Luis Muñoz Fernández

Según el diccionario, anonimizar es “expresar un dato relativo a entidades o personas, eliminando la referencia a su identidad”. Es una palabra muy usada hoy en día, sobre todo en relación al manejo de las cantidades masivas de datos, lo que se conoce con el anglicismo de “big data”. En ese contexto, anonimizar es obligatorio para proteger la intimidad de quien proceden esos datos, es decir, del ciudadano. Anonimizando sus datos, garantizamos, por lo menos en teoría, su derecho a la confidencialidad. Justo en estos días se discute a nivel nacional el riesgo de que entreguemos nuestros datos biométricos sin la protección debida.
Pero hay un derivado más preocupante, si cabe, del anonimizar. Es su uso deliberado para cubrir con el velo de la opacidad la responsabilidad de ciertas personas u organizaciones en la muerte innecesaria de seres humanos. Es un fenómeno que observamos con frecuencia en nuestro país. Todos los días mueren mexicanas y mexicanos de todas las edades víctimas de las diferentes formas de violencia que forman parte de nuestra cotidianidad. No sólo de la violencia activa proveniente del crimen organizado o esporádico, sino de la violencia estructural que amenaza constantemente a los ciudadanos, especialmente a los más vulnerables: pobres, mujeres, indígenas, discapacitados, etc.
Con el llamado accidente en la línea 12 del Metro de la Ciudad de México, ocurrido la noche del pasado lunes 3 de mayo de 2021, el mecanismo para anonimizar a las víctimas se puso de nuevo en marcha. En las primeras horas, se habló de más de 20 muertos y varias decenas de heridos, sin nombres ni apellidos. Cuando la sospecha de la responsabilidad recae sobre diversos integrantes del gobierno y de la clase política, los muertos sin rostro y sin nombre son más fáciles de asimilar y, sobre todo, más fáciles de olvidar.
En este sentido, cuatro días después de la tragedia, el periódico Reforma nos prestó un servicio invaluable. Una nota titulada “Los 25 y su último viaje” muestra las caras y circunstancias personales en las que 25 personas, incluyendo un niño, perdieron la vida. Escojo un par: “Lorenzo Isaías Soto, 60 años. Albañil. Iba a su casa en Valle de Chalco”. “Sergio Valentín Rodríguez Salcedo, 61 años. Limpiaba baños en el Metro Tezonco. Regresaba a su casa”.
Al ver sus caras y leer sus datos fortalecemos nuestra exigencia de que se haga justicia. Aunque sea sólo por esta vez.

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