Moshé Leher

Hace un par de semanas, en una comida, coincidí en Querétaro con una de las subdirectoras de un diario de aquellos lares, una publicación con la que hace unos años desarrollé un proyecto (fallido); ¿Extrañas el periódico?, me preguntó. No dudé en responder: no.

Pocas personas saben las causas por las que decidí dejar aquella responsabilidad y algunas más saben la historia parcial de mi salida abrupta; la versión oficial, y la que mantendré hasta que me decida a contar exactamente lo que pasó, lo que no hago ahora para no romper mi promesa de no entrar en una dinámica de ruindad y vileza, es que dejé mi puesto por diferencias editoriales y porque, la verdad, estaba ya cansado de desayunar, comer, cenar y soñar –las escasas noches de sueño- con los detalles y miserias de nuestra deplorable vida pública.

Puedo decir, sí, en cambio, que fue una cuestión de principios llevada al extremo: al extremo de quedarme de dos plumazos sin cargo, que es lo mismo que sin trabajo, que no es distinto a decir que sin ingresos, pues las cuatro décadas anteriores me dediqué al periodismo y a ninguna otra cosa.

Digamos que un mal día se me pidió, en tono de exigencia, que insultara a algunos personajes públicos, a los que uno de los urdidores de mi defenestración (aunque la verdad mi oficina no tenía ventanas y al final salí caminando, por la puerta y por mi propio pie), llamó ‘nuestros principales enemigos’; yo sencillamente respondí que yo no estaba allí para insultar a nadie y que enemigos tenía pocos –y los pocos que tenía, eran en su mayoría gratuitos, a menos de que incluyamos en la lista a Lady Macbeth, a Sansón Carrasco, al malvado del doctor Moriarty, a Hitler, a Carlos Salinas o a los clasemedieros conservadores.

A mí eso del plural mayestático se me hace una anomalía moral, que da pie a barrabasadas como la de suponer que lo que uno opina es la opinión mayoritaria; que la causa de uno es la causa general y que cuando uno habla siente hacerlo en nombre del clan, del pueblo, de la nación o de la humanidad; de esta tara interior y profunda (que vale como recurso literario y para poca cosa lícita más), emparentada con la soberbia y varios desórdenes mentales, tenemos claros ejemplos cuando algunos dicen ‘la verdad es del tamaño de mi boca’ o cuando nuestro asno trágico nos sale mañana con mañana con que él es la voz de los pobres, del pueblo, ergo: la voz de Dios; de allí a hablar en nombre de los aztecas (que no eran mexicanos) y exigir disculpas a España (que como tal no existía en el siglo XVI), hay la mitad de la tercera parte de un paso, o menos.

Luego llegó la noche en que me enteré que, a mis espaldas, se pretendía insultar a alguien en mi nombre, en un acto equivalente a entrar en casa de alguno (por la azotea, como los rateros), abrir su mesita de noche, sacar la pistola de éste y con ella irle a pegar de tiros a un tercero. Y luego, para más inri, cobrar una fortuna por el asesinato por encargo.

Me dice alguno, de los pocos que conocen los detalles, que si no pensé todo lo que perdía con mi arranque de dignidad: el cargo, que tampoco es que me hiciera feliz, pero sobre todo mi única fuente de ingresos; aún ahora, a casi un año de aquello, luego de haber pasado las de Caín, creo que hice lo correcto. Me podían quitar un puesto, un empleo y hasta mi medio de sustento, pero no uno de mis mayores y escasos tesoros, la dignidad.

Poco después de que dijera ‘hasta aquí hemos llegado’, hablé con mi hijo, quien puso cara de susto, como deben ponerlo los hijos, los biennacidos, claro, cuando su padre se integra a las filas del paro; me disculpé y le dije que lo tomara como una lección y como un regalo: la lección de que los ruines suelen salirse con la suya y el regalo de saber que su padre era de los que no hablaban de dientes para afuera cuando le decía, cuando le digo, que nos pueden quitar todo, pero no podemos dejar que nos arrebaten la integridad.

Pocas cosas, o mejor ninguna más, voy a decir sobre este asunto, salvo lo que escribiré, cuando se tercie y se me antoje, de un derecho que me gané a pulso: el de permitirme elegir a mis compañeros de viaje, que es lo que, meses, muchos, más tarde, me trajo a estas páginas donde he recibido una hospitalidad que mucho agradezco, pues a un escribidor como yo no le queda de otra que escribir, escribir y escribir, aunque a veces cueste un Potosí.

¡Shalom alejem!

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