Mircea Mazilu

Estimados lectores, el próximo sábado se conmemora el aniversario del asesinato de Emiliano Zapata, líder revolucionario que luchó por la devolución de la tierra a los campesinos, la libertad y la justicia social, entre otras cosas. El 10 de abril de 1919, el morelense resultó víctima de una trampa planeada por el coronel del Ejército Federal, Jesús Guajardo, quien lo convocó en la Hacienda Chinameca de Morelos con el objetivo de darle muerte. Con este crimen, Venustiano Carranza, el autor intelectual del magnicidio, conseguía deshacerse de uno de sus principales rivales, sin embargo, no de su legado, el cual resultó ser eterno en la historia de México.

Emiliano Zapata Salazar, originario de Anenecuilco, Morelos, nació el 8 de agosto de 1879 en el seno de una familia de pequeños terratenientes. Desde muy joven sintió compasión por sus conciudadanos campesinos, considerando que éstos debían recuperar las tierras que les habían sido arrebatadas como consecuencia de las decisiones gubernamentales de los últimos decenios.

Con el estallido de la Revolución Mexicana en noviembre de 1910, Zapata se adhiere al movimiento maderista, participando en el derrocamiento del régimen de Porfirio Díaz. Su participación en este movimiento armado pronto destacaría con la toma en mayo de 1911 de la ciudad de Cuautla, ubicada en el estado de Morelos.

Con la victoria de Francisco I. Madero, Zapata siguió insistiendo en la restitución de la tierra a los rurales, promulgando en noviembre de 1911 el Plan de Ayala, en el cual evidenciaba sus deseos de reformas sociales, además de declarar al entonces presidente Madero como traidor a las causas campesinas, enemistándose de esta forma con él.

Esta enemistad se trasladó al campo de batalla, donde los federales atacaron en varias ocasiones al Ejército Libertador del Sur de Zapata en su estado de origen. La contienda entre los zapatistas y las autoridades continuó más allá de la muerte de Madero (febrero de 1913), al enfrentarse los rebeldes contra los ejércitos de Victoriano Huerta, primero, y Venustiano Carranza, después.

Una vez derrotado su aliado, Francisco Villa, en las batallas del Bajío (las cuales fueron objeto de análisis la semana pasada), Zapata se vio obligado a retirarse en su estado de origen, donde comenzó a distribuir la tierra entre sus partidarios.

Sin embargo, su retirada a Morelos no tranquilizaba a Carranza, quien lo seguía viendo como un rival peligroso. Fue así que éste decidió acabar con el Atila del Sur, encargándole esta misión al coronel Jesús Guajardo, quien llamó a Zapata a la Hacienda Chinameca para ayudarlo con armamento y municiones con el objeto de derrotar a Carranza. Se trataba de un engaño, ya que una vez allí, el sureño fue tiroteado por hombres del ejército constitucionalista escondidos en las azoteas, quienes dispararon hasta asesinarlo.

La lucha de Zapata en la Revolución Mexicana fue de vital importancia para que los campesinos recuperaran, en parte, sus tierras. Gracias a sus esfuerzos fueron publicados en la constitución artículos como el 27, el cual reivindica el derecho de los campesinos y las comunidades indígenas sobre sus posesiones. Los mandatorios que gobernaron el país después de su muerte empezaron a dedicar sus esfuerzos en la restitución de las tierras a los más desfavorecidos.

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