Luis Muñoz Fernández

Víctor es un chimpancé que nació en las selvas de Malí, a los pocos meses fue capturado y separado de su madre para ser vendido. Salvo por la castración a la que fue sometido, sus dueños lo trataron como a un hijo, aunque a los seis años, cuando su fuerza lo volvió peligroso, lo encerraron en una jaula. Ocho años después, escapó, caminó por París y, finalmente, quedó bajo la custodia de un zoológico en donde por más de diez años la gente lo atiborró de crepas y comida chatarra, lo emborrachó con bebidas alcohólicas y lo obligó a fumar marihuana.

En 2006, fue rescatado por el Centro de Recuperación de Primates de la Fundación Mona en Girona, España. Desde un principio su comportamiento fue extraño: se balanceaba constantemente hasta lesionarse los glúteos, se golpeaba y se abrazaba a sí mismo con tanta fuerza que el pelo de la espalda ya no le crecía. Con los cuidados que recibió, Víctor mejoró notablemente.

Yulán Úbeda, doctora en personalidad, bienestar y psicopatologías animales de la Universidad de Girona, ha descrito en los chimpancés al menos nueve categorías de trastornos mentales similares a los que sufren los seres humanos. Su investigación la realizó en 23 chimpancés que habían sido mascotas o que habían trabajado en circos, programas de televisión, películas, turismo o videos de YouTube. Y como estas evidencias científicas, hay otras muchas que nos obligan a reflexionar sobre nuestraforma de ver y tratar a los animales.

Cada vez más estudiosos de la bioética consideran que es necesario que incluyamos a los animales en la comunidad moral. María Casado lo expresa así: “La palanca utilizada para ensanchar ese círculo moral es la certidumbre de que los animales no humanos tienen experiencias sensitivas que les permiten constituirse como realidades biológicas que interactúan con su medio; pueden crecer, enfermar, disfrutar situaciones de placer y de juego, experimentar dolor, sufrimiento o estrés; asimismo, llevan a cabo interacciones sociales con otros animales de la misma especie o de otra diferente. Sabiendo esto, sólo la indiferencia, la lejanía y los intereses explican -que no justifican- el trato que los animales no humanos reciben de los humanos”.

Tenemos que replantearnos de una manera radical nuestra relación con ellos. No sólo porque es lo éticamente debido, sino porque no hacerlo atenta contra nuestra propia especie. Como muestra, ahí está la pandemia. Somos animales poco racionales.

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