RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Luis Echeverría Álvarez, ex presidente de México de 1970 – 1976, falleció el pasado viernes 8 de julio a los 100 años de edad, ya que nació el 17 de enero de 1922. El nombre del ex presidente está ligado irremediablemente a los sangrientos sucesos con episodios plenos de represión de alto perfil en la historia de nuestro país, como lo fueron la matanza de Tlatelolco, en el año de 1968, cuando Echeverría era secretario de Gobernación y el Halconazo en al año de 1971 ya con Echeverría de presidente de la República.

De Luis Echeverría hay mucho que contar: la represión a los jóvenes; la persecución, captura y asesinato de guerrilleros como Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas; en su sexenio aumentó la deuda externa de 6 mil millones en el año de 1970 a más de 20 mil millones de dólares al final de su sexenio; así mismo se recuerda su pleito con la prensa en especial con Julio Scherer y su salida de Excélsior. En fin, fue un sexenio para olvidar en muchos sentidos. Pero en esta ocasión me voy a permitir platicarle algunas anécdotas del ex presidente.

PROBLEMAS EN LOS OJOS

El presidente López Portillo designó a Gustavo Díaz Ordaz embajador de México en España.

Tan pronto llegó a Madrid, el nuevo embajador mexicano hizo a la prensa española declaraciones desfavorables a Luis Echeverría.

Doce días después de haberse hecho cargo de la embajada, Díaz Ordaz hubo de renunciar a ella. Oficialmente se dijo que la renuncia era motivada por una enfermedad que padecía en los ojos.

A su regreso a México, un periodista entrevistó a don Gustavo al bajar éste del avión procedente de España, preguntándole:

“— ¿Y cómo sigue usted de los ojos?”.

Díaz Ordaz contestó:

“—Mal, veo dos presidentes en vez de uno”.

LAS AMBICIONES DEL SEÑOR MINISTRO

Al darse a conocer el gabinete del presidente Echeverría, aparecieron algunos nombres que inspiraron confianza a los observadores. Otros miembros del equipo presidencial infundieron recelos.

De Manuel Bernardo Aguirre, secretario de Agricultura y Ganadería, los murmuradores se atrevieron a decir:

“—Al ser nombrado ministro, don Manuel se llenó de satisfacción y confesó a sus allegados que en su ya larga vida sólo había tenido dos ambiciones: llegar a secretario de Agricultura y terminar su instrucción primaria”.

De Palabra y obra

Luis Echeverría promovió graves enfrentamientos con los empresarios, en especial con los del Grupo Monterrey.

Se cuenta que, en la primavera de 1973, un familiar del líder empresarial Eugenio Garza Sada –asesinado el 17 de septiembre de ese año– acudió a verle indignadísimo, llevándole un periódico en el que aparecían declaraciones de Echeverría en contra de los industriales regiomontanos.

“— ¿Pero has visto las tonterías que dice este hombre?”.

Contestó don Eugenio:

“—Y no se conforma con decirlas: las cumple”.

¿SEXENIO O SEMESTRE?

El crítico más lúcido que tuvo el presidente Echeverría fue Daniel Cosío Villegas, quien, por cierto, se las vio negras para eludir las acechanzas echeverristas, lo mismo las melosas que las difamatorias.

Mucho molestaron a Echeverría algunos artículos periodísticos de Cosío Villegas, como aquél en que se refirió a la desbocada actividad legislativa del presidente en los primeros treinta días de su gobierno, preguntándose si no habría confundido el sexenio con un semestre.

Aún abierta la herida del orgullo, intentaría justificarse:

“Se ha dicho por allí que yo he confundido el sexenio con el semestre, pero no hay tal. Lo que pasa es que, si no fuerza uno la marcha, jamás se hacen las cosas”, contestó Echeverría.

No tomaba en cuenta Echeverría que la forma más segura de reventar una máquina es forzando la marcha.

Lo cierto es que Daniel Cosío Villegas fue un observador inteligente e informado de la realidad mexicana. De ahí la penetrante ironía de estas palabras suyas:

“Yo admiro desde el fondo del alma al presidente Echeverría por muchas razones, pero en particular por ésta, clara y convincente: hace exactamente lo contrario de lo que yo haría de ser el mandamás de esta desdichada nación”.

El ÍNTIMO deseo de cosío villegas

Y ya que mencionamos a Cosío Villegas, le comento que no fueron en verdad venturosas las relaciones de él y el Poder Ejecutivo. Fue muy sabida la animadversión que le tuvo Echeverría a causa de sus críticas, las que escribía en el periódico Excélsior. Otros mandatarios dijeron admirarle, pero nada más. Por su parte, Plutarco Elías Calles le cometió una majadería memorable.

Don Plutarco mandó llamar al entonces joven Daniel Cosío Villegas, reputado como un brillante técnico en estadística y aranceles, para que le explicara la situación de las importaciones de trigo hechas por México. Cosío acababa de efectuar un estudio sobre las importaciones checoslovacas de ese grano. Y quiso establecer un parangón entre las adquisiciones trigueras de ambos países, para lo cual empezó diciendo:

“—Vera usted, señor presidente, en Checoslovaquia el dólar está a tanto más cuanto y por lo mismo sus importaciones de trigo…”.

Calles lo interrumpió:

“—Óigame, pendejo, lo mande llamar para que me ilustrara sobre las importaciones de trigo que hace nuestro país, y me interesa una chingada lo que pase o deje de pasar en Checoslovaquia. Mire, esto es lo que hago con su empleo. Ahí va su cese”.

Y, tomando el portafolios de Cosío, lo arrojó por la ventana a la calle.

Empero, lo que más interesó en la vida de Daniel Cosío Villegas fue la política. Alguna vez le dijo al investigador Enrique Krauze:

“—Todo lo que no sea política, me importa un carajo”.

En otra ocasión, el mismo Krauze le preguntó a quemarropa:

“— ¿Usted deseó alguna vez, seriamente, ser presidente de México?”.

Cosío Villegas le respondió:

“—Nunca, nunca, jamás… jamás dejé de desear ser presidente”.

Luis Echeverría abandonó el mundo terrenal. Ahora ha comenzado a ser una leyenda de la cual se tendrán las más diversas opiniones, desafortunadamente la mayoría negativas. Mucha de su historia es desconocida para las nuevas generaciones. Los jóvenes y algunos adultos de hoy no saben sobre el porqué del movimiento estudiantil de 1968 ni el halconazo de 1971. Sin embargo, esas páginas de la historia de México han quedado grabadas en el libro de los peores momentos de nuestro país.