José Luis Quintanar Stephano

Por los años noventa, me encontraba estudiando el doctorado en el Instituto de Neurociencias de la facultad de medicina de la Universidad de Alicante en España. Los primeros meses fueron de intensa adaptación y aprendizaje. Nuevas palabras, giros del lenguaje, costumbres distintas, valores, alimentos, arquitectura, paisajes, personas, en fin, cultura y todo lo que hace la ilustración de un viaje.

Ya avanzado en el doctorado, me encontraba aplicando una técnica bastante sofisticada que consistía en introducir unos electrodos al interior de una neurona en cultivo y valorar las corrientes eléctricas que se generaban al aplicarles ciertos estímulos. En el argot científico a esta técnica se le conoce como patchclamp.

Cierto día de actividad rutinaria, mi tutor de tesis había bajado al piso inferior en busca de su café matutino, cuando en eso llegó el director del Instituto acompañado de un pequeño grupo de personas preguntando por él. -Ha salido- respondí -, pero no tardará en regresar-. Andamos escasos de tiempo -comentó el director- ¿podrías explicar brevemente la investigación que están desarrollando? Por los murmullos que escuché cuando llegaron, deduje que no eran hispanoparlantes, así que echando mano de mi quebrado inglés refinado de mis cursos del Harmon Hall, me aventuré a explicarles lo complejo de la técnica y sus bondades. No sabía con qué profundidad explicar el proyecto que estaba realizando, pues vinieron a mi memoria viejos recuerdos de cuando apenas se estaba consolidando la llegada de Nissan a Aguascalientes. Un grupo de japoneses invitados por el rector de la UAA, se apareció en nuestro laboratorio para conocer el trabajo de investigación que estábamos realizando, y por supuesto, entre exclamaciones extrañas y reverencias profundas me di cuenta de que no entendieron nada sobre la explicación de la técnica de microcirugía que estábamos implementando. Supuse que algo parecido podría ocurrir ahora con este grupo de extranjeros. Sin embargo, me sorprendió que uno de los visitantes de barba tupida y acento alemán, me hiciera un par de preguntas muy específicas como ¿A qué voltaje había fijado la corriente? ¿Que si eran células cromafines las que estaba utilizando? Respondí como Dios me dio a entender y simplemente el director amablemente me interrumpió diciendo –por favor le comentas al Dr. Juan Antonio que pasamos por su laboratorio-.

Un par de horas más tarde, llegó al laboratorio un compañero del doctorado quien entre golpecitos en mi espalda exclamaba – ¡Ay mexicano! ¿Que le enseñaste la técnica de patchclamp a Neher y a Sakmann? -No lo sé, ¿quiénes son? pregunté intrigado. Erwin Neher y Bert Sakmann eran los extranjeros desconocidos con los que había platicado hacía un par de horas y habían sido galardonados con el premio Nobel de Medicina el año anterior por la implementación de la técnica de patchclamp. A ambos investigadores se les había invitado por parte de la Universidad de Alicante para otorgarles el título honorífico de Doctor Honoris Causa.

“La curiosidad es algo que tenemos de niños, un investigador es alguien que logra conservarla de adulto”

Erwin Neher.