Unos pocos minutos después de comenzar el crujir de las bandas, apareció mi maletón de lona y, un poco después, muy poco, la enorme maleta negra de ruedas rojas. Delante, a unos treinta metros, estaba la puerta de salida, donde un grupo de agentes de la Guardia Civil y la Policía Nacional, mujeres y hombres, charlaban despreocupados y no se percataron apenas del paso de los primeros viajeros, yo entre ellos, que cruzamos por la línea de “Nada que declarar”.

Del otro lado de la puerta, esperándome, estaba el Zarévich.

Ya allí, fumándome un cigarrillo a las puertas de la terminal, todo parecía muy fácil, muy cercano. 24 horas antes había salido de mi casa rumbo al aeropuerto de esta ciudad. Un par de horas más tarde, luego de un par de cafés, había comenzado el viaje: el vuelo a México, sin contratiempos; la espera demasiado larga en la Ciudad de México: mi vuelo a Madrid había sido retrasado tres horas y no salió sino hasta las 9 de la noche.

Pero la tarde pasó, la hora del abordaje llegó y el avión cruzó el Atlántico sin otro contratiempo que un par de zonas de turbulencia, que apenas turbaron ese sueño profundo que me atrapa cuando vuelo. Más tarde, luego del almuerzo, entramos a la Península, descendimos para que las ventanas dejaran ver las llanuras castellanas, las sierras chaparras y muy pronto las ciudades satélite que rodean Madrid.

No más de veinte minutos, era domingo, nos llevó tomar un tramo de la M14 y luego la A2, hasta que pronto estábamos circulando en el taxi, rodeados de los grandes edificios corporativos de la Avenida de América, los lujosos bloques de pisos de la zona de Almagro, por María de Molina, que luego se convierte en José Abascal y finalmente, ya en la zona de Arapiles…

Fue dejar las maletas en el piso de mi hijo, que me alojó las dos primeras noches, y ganar la calle para disfrutar de un domingo lleno de animación en las calles de Chamberí, para dar un paseo, reconocer el rumbo e irnos a comer, ya a eso de las 4 pasadas.

—De beber un Rioja para mí y un Ribera del Duero, para el joven; de comer, por favor…

De eso pasaron justo cuatro semanas y parece un sueño.

Dos días más tarde, la mañana del primer martes, el Zarévich, me acompañó hasta la boca del Metro, Estación Iglesia, de donde me fui a Atocha, cargando el maletón de lona, con lo necesario para ocho días y marcharme, en metro a Atocha y, a eso de las 11 y pico, a Jerez de la Frontera, en un tren Alvia: Ciudad Real, Córdova, Sevilla, Jerez, con destino final en Cádiz.

En tren, en auto, alguna vez en un autobús, anduve errante por el sur varios días, Jerez, San Lúcar, el Puerto de Santa María, luego Sevilla —siempre Sevilla—, Umbrete, Espartinas, los pueblitos ignotos y encantadores del Aljarafe.

Se trataba de, antes que nada, estar cerca del hijo, y acompañarle en las ceremonias y tertulias de su graduación como titular de un grado universitario; después, con él, en solitario, con viejos amigos con los que pude reencontrarme, andar en larguísimas caminatas, cruzar ciudades enteras en trenes subterráneos, en autobuses, ir de una ciudad a otra por carreteras de mil tentáculos, en trenes cómodos y silenciosos.

Regalarme largas caminatas, ir de aquí para allá en cualquier medio de locomoción, salir a las carreteras sin miedo de ser interceptado y acribillado, volver a un hotel cualquiera de madrugada por calles donde te cruzas con juerguistas inofensivos: moverme, seguir moviendo como una forma de saberme vivo.

Una mañana, luego de descubrir tras el balconcillo de mi habitación en Reyes Católicos, una ciudad desierta al clarear, me calcé las zapatillas de correr y alcancé trotando la orilla del Guadalquivir por el lado del Paseo de las Delicias; por El Paso inferior de la ribera pase a trote ligero frente a la Maestranza, la Torre de Oro, las arboledas del Parque María Luisa, para cruzar por el Puerto de los Remedios y regresar por Elcano y luego por la calle Betis; jadeante, empapado en sudor y agua del río, crucé el Puente de Triana y regresé, cansado pero satisfecho, a mi hotel.

Podría hacerlo por siempre, en medio de la tormenta, bajo la nieve, en mañanas húmedas de calor africano como aquella: moverme sin apenas parar; por lo pronto la mañana siguiente había que marchar a Santa Justa, subirme a un tren AVE y volverme a Madrid. A seguir caminando.

En la mente planeaba un viaje extraño. Ya les cuento la semana entrante.

Abur.