Jesús Eduardo Martín Jáuregui

En alguna de sus recientes homilías matutinas el predictador anunció su propósito de reformar la constitución y las leyes que fueren necesarias, para desaparecer organismos autónomos que tienen como función específica transparentar las acciones de gobierno y limitar su actuación a los marcos legales. Días después como respuesta al anuncio del INE de que podría suspenderse el programa de propaganda del presidente durante el período preelectoral, el predictador se rasgó las vestiduras, y como siempre hizo alarde de su honestidad valiente y de la buena fe y honradez de su gobierno, incluidos Bartlett, Monreal, Sandoval, Robledo, sin faltar uno solo.

El anuncio llega en circunstancias extrañas, mientras el país vive la etapa más dura y dolorosa de la indomada pandemia, su popularidad sube, lo que los encuestadores explican como consecuencia del esperanzador optimismo que la llegada de un nuevo año cunde en la población, más allá de las cuestas no aplanadas del virus y del mes de enero. El presidente ha dicho 29 veces que ya estaba domada la pandemia y treinta y tantas que lo peor ya había pasada, desesperadamente busca vacunas donde sea, (la prisa empezó no con la catástrofe sino con la cercanía de las próximas elecciones) y el dinero que no se quiso gastar en las medidas de prevención ahora entrará como gasto de campaña, para algo se había ajustado el cinturón. Para colmo su “amigo” Trump” criticó ayer en Álamo, Texas, la forma en que México ha manejado la pandemia. La austeridad ha provocado catástrofes adicionales a la COVID19: la más grave posiblemente las inundaciones del sureste incluida la de su tierra Macuspana,  con el reproche de sus paisanos a los que “ni vio ni oyó”, como dijo alguna vez el “innombrable”; y ahora, el incendio del edificio de control eléctrico y electrónico del transporte colectivo “Metro” de la Ciudad de México provocado por la falta de mantenimiento que dejó inutilizables las rutas 1, 2 y 3 que mueven alrededor del 70% del pasaje, lo que asciende a decenas de millones por mes. Más allá de las incalculables pérdidas económicas que esto traerá, habrá que agregarle el consiguiente aumento de contagios por las condiciones del transporte del que tendrán que echar mano.

Antes de referirnos a las “razones” del presidente merece echar una ojeada a los órganos constitucionales autónomos. Por la tradición virreinal nuestra forma de gobierno era centralizada, teniendo de las principales fuentes que concurrieron en la forja de nuestra nacionalidad, notas de autoritarismo totalitario y de origen divino. Tanto los habitantes de árido América, desde luego los aztecas, como los invasores europeos creían que la potestad gubernamental tenía un origen divino, no sorprende pues que el culto al tlatoani y el sometimiento al rey, se haya transferido sin mucho contratiempo al presidente de la república y que los gobiernos centralizados hayan sido la regla, pasando por los dos imperios y las dictaduras de Su Alteza Serenísima, la de Benito Juárez y la de Porfirio Díaz. El afán snobista, el malinchismo y el ser novelero (decía mi abuela) del mexicano hicieron que el grupo de los liberales, alimentados en las ideas de la masonería hayan optado por una forma de gobierno “republicana, democrática, federal y con un gobierno de tres poderes”. El pensamiento de Montesquieu en “El espíritu de las leyes” consideraba que con el reparto del poder en tres organismos: ejecutivo, legislativo y judicial, bastaría para lograr un equilibrio y con ello evitar los excesos. La experiencia ha mostrado que el control de la fuerza, del dinero y de los medios ha provocado la tentación del autoritarismo que en nuestro país ha tenido muestras relevantes.

Merece la pena también señalar que, imitadores que somos, copiamos de EE.UU. la figura del ejecutivo unipersonal, a diferencia de la mayoría de los países europeos en los que se divide: una persona como jefe de estado y otra como jefe de gobierno, lo que asegura que las crisis de gobierno no sean crisis de estado. Quizás los mejores ejemplos sean Italia y Bélgica: el primero, que ha tenido decenas de gobiernos desde la posguerra (primeros ministros van y vienen y la unidad del país se conserva por el jefe de estado el presidente), el segundo, que ha durado grandes períodos sin jefe de gobierno y el rey ha mantenido la unidad y la burocracia mantenido la operación gubernamental. La reciente crisis de EE.UU. en un gobierno dual hubiera sido más fácil de sortear. Es cierto también que en México se optó por desaparecer la figura de la vicepresidencia para evitar las tentaciones de golpes de estado.

Luego de la decadencia de la dictadura partidista del PRI que trajo, sin duda, desarrollo, educación, progreso, estabilidad y corrupción, se empezaron a promover la creación de órganos de control que no formaran parte de la administración centralizada, que tuvieran una permanencia diferente de los ciclos sexenales, dotados de su propia administración y presupuesto. Estos organismos no son creados por leyes, sino desde la constitución lo que los dota de una personalidad autónoma de origen, pero, eso mismo constituye una piedra en el zapato para las autoridades, particularmente para un personaje mesiánico, populista, egocéntrico y con delirio de grandeza lo que lo conduce irrefrenablemente al autoritarismo.

Lo que en los últimos años, a partir de 1968, la sociedad mexicana logró construir para acotar el poder presidencial y garantizar el libre juego democrático, Andrés Manuel López Obrador, la ha minado grandemente en los dos años y pico en que ha ejercido su autoridad. Su afán de poder y seguramente su idea de ser Juárez reencarnado lo ha conducido a excesos de poder que ha disfrazado con la imagen bonachona que ha construido, con el papel de víctima que asume y montado en un andamiaje publicitario que nadie había tenido: “ni Obama”.

El peso se ha sostenido firme gracias a un organismo autónomo: el Banco de México. AMLO logró la presidencia gracias al trabajo de otro organismo autónomo: el Instituto Nacional de Elecciones, se ha destituido y procesado a muchos corruptos gracias a la información de otro organismo autónomo: el Instituto de Transparencia y Acceso a la Información; los Derechos Fundamentales se habían protegido y tutelado gracias a la labor de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la que ahora mismo es un ejemplo de lo que sucede cuando el Presidente mete su mano, de ser un organismo respetable ahora es atacado por los mismos grupos a los que debería defender.

El presidente no quiere a los organismos autónomos no por caros e ineficientes. Su función no puede medirse con criterios cuantitativos sino cualitativos, lo que le molesta es que sea un coto a su autoridad y a su ambición. El órgano que legitimó su triunfo ahora lo convirtió en su enemigo porque puede ser un dique para sus aspiraciones.

Las próximas elecciones e pueblo tendrá la oportunidad de encauzar la democracia y la libertad.

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