Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Se dice por los aficionados taurinos que las plazas de toros son la piedra de toque para valorar la popularidad de un gobernante, aunque no habría razón especial para que lo sea una plaza de toros y no un estadio de futbol. La sonora rechifla que recibió el presidente Díaz Ordaz cuando la inauguración del campeonato mundial de futbol en el estadio Azteca en 1970, todavía se escucha y se escuchará por mucho tiempo más. En cambio las ovaciones para el presidente López Mateos, tanto en la Plaza de Toros México como en la Arena México, fueron recordadas también por muchos lustros.

Aquí en la plaza Monumental (¡qué nombre más feo y antitaurino!) recuerdo una simpatiquísima anécdota protagonizada por el entonces gobernador Miguel Ángel Barberena Vega, quién después de la desagradable experiencia del abucheo y rechifla de que fue objeto la tarde de la reinauguración de la plaza, dio instrucciones para que su jefe de ayudantes Antonio Mejía pidiera a los apoderados en el patio de cuadrillas, que los toreros no brindasen sus faenas al gobernador, con objeto de no dar pábulo a esos incidentes. Sin embargo, una tarde, el diestro Jose María Luévano, pese a la advertencia, decidió brindarle al gobernador Barberena y se dirigió hacia el palco del gobierno, conforme se acercaba y el público se percató de la intención, hicieron su aparición los chiflidos que iban en camino de ser una franca rechifla, pero el Ing., ágil y vivaz como siempre, le dijo a la persona que se encontraba sentada a su lado: levántate a agradecer. El público “vio” que el brindis era para la otra persona y cambió por aplausos la silbatina.

Recuerdo otra tarde en la que Curro Rivera, extraordinario torero, por alguna circunstancia fue objeto de presiones y gritos del público de sol, quizás por sus llamados quites sicodélicos que eran un preámbulo de adornos que servían para fijar al toro, pero que muchos espectadores ni gustaban ni comprendían. Como quiera que sea  Curro toreó extraordinariamente y a la hora de los premios se impuso la petición del sector de sombra y el reconocimiento del juez que concedió la oreja. Aquí vino lo bueno: Curro inició la vuelta al ruedo en el burladero de matadores pero al llegar a la división de sol sombra dio media vuelta y regresó haciendo el recorrido nuevamente hasta la división sol sombra del otro lado en donde volvió a dar media vuelta y repetir el numerito. Una falta de respeto al público de sol, pero una anécdota para recordar de un gran torero, en una tarde que se recordó por mucho tiempo, no sólo por el toreo sino por la “puntada” del matador.

Del informe del presidente AMLO M.R. al cumplir dos años ( iba a escribir celebrar, pero lo dudé, también iba a escribir “de gobierno” pero no me animé) de su toma de posesión, no hay mucho que decir, salvo que, como es lo mismo que ha repetido hasta el aburrimiento, cada vez se vuelve más previsible, y habría que repetir también lo que se ha machacado: un gobierno de ocurrencias, de promesas incumplibles y por lo mismo incumplidas, de mentiras expresadas con una sangre fría que no puede tener más que dos explicaciones: o bien que se las cree y estamos ante un caso patológico o que consciente de su falsedad las expresa, lo que pudiera constituir una responsabilidad delictuosa.

Pero la anécdota de Curro Rivera vino a mi mente, porque entre los pocos y tristes logros del presidente, debemos considerar como ha conseguido ahondar cada vez más el encono y la división de la población mexicana. Continúa atacando a un sector importante de la población con una serie de epítetos, descalificativos, denuestos, difamaciones y calumnias, que son coreadas y festinadas por sus corifeos que son muchos, muchos a sueldo y muchos agradecidos por las “limosnas” que como sucedáneas de justicia reparte comprando voluntades a un precio ínfimo, y como el torero de la anécdota, sólo se dirige a la media plaza que le aplaude.

Para un espectador medianamente perspicaz de la vida pública, no escapa darse cuenta de cómo se ha ido modificando la presencia y comportamiento de AMLO M.R. en los actos públicos. Y cómo cada vez de manera más abierta, los grupos del Estado Mayor, guardias presidenciales o como quiera que ahora les llamen, actúan ominosamente metiendo más que sana distancia entre el presidente y el pueblo bueno. Primero fue solo tratar de mantener alejada a la gente, luego echaron mano de las rejas que, como en los extintos circos, mantenían a salvo a los espectadores de las fieras, sólo que ahora se protege al presidente y se consideran fieras a los integrantes del pueblo bueno. Después la reaparición de las camionetas blindadas, de los convoyes de seguridad, el maltrato a quienes pretendan acercarse, salvo que cuenten con el salvoconducto del Estado Mayor o como ahora le llamen, para culminar con la simulación de actos en los que aparentemente se encuentra en concentraciones populares en las que no hay diálogo, no hay intercambio, no hay cercanía, sólo un montaje y una escenografía para los noticieros, que, eso sí, saturan los medios tradicionales y las llamadas redes sociales.

En su descargo podría señalarse que la pandemia ha sido un disruptor imprevisto que ha ocasionado problemas sociales y económicos que no eran esperables, pero en su cargo habría que decir que la debacle económica la provocó antes, que el desmantelamiento del sistema de salud fue su personal responsabilidad, que sustituyó las instituciones por limosnas, que desmanteló los órganos constitucionales autónomos y sigue minando los pocos organismos que detentan alguna autonomía, que pese a lo que afirma la deuda pública ha crecido y tan sólo para mantener el tipo de cambio estable ha gastado cantidades estratosféricas, que ha manejado caprichosamente la pandemia sin dar apoyos a los estados ni a las instituciones sosteniéndose en un charlatán con una divulgación nacional, que se ha echado en manos del ejército y no obstante la violencia de todo tipo sigue incontrolable. Sin embargo, un gran número de personas lo siguen apoyando, sin duda merced a las limosnas.

Recuerdo que mi mamá platicaba de una vecina que les decía a sus hijos: ¿Quién quiere un “veinte” y no desayuna? Y casi en seguida: ¿Quién me da un “veinte” y no va a la escuela? Y los mandaba a la calle a ver que conseguían. No se por qué le encuentro similitud con el desgobierno de AMLO M.R. .

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