Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Ya lleva un año cinco meses de gobierno y todavía el Rey de España no se ha disculpado. Casi le terminamos el muro a Trump y lo estamos pagando. El innombrable y los presidentes posteriores no han sido molestados ni con el pétalo de un citatorio. La debacle económica se presentó antes del COVID19. La violencia, la inseguridad y la delincuencia han crecido material y espiritualmente.

 

DOF: 11/05/2020 ACUERDO por el que se dispone de la Fuerza Armada permanente para llevar a cabo tareas de seguridad pública de manera extraordinaria, regulada, fiscalizada, subordinada y complementaria.

PRIMERO. Se ordena a la Fuerza Armada permanente a participar de manera extraordinaria, regulada, fiscalizada subordinada y complementaria con la Guardia Nacional en las funciones de seguridad pública a cargo de ésta última, durante el tiempo en que dicha institución policial desarrolla su estructura, capacidades e implantación territorial, sin que dicha participación exceda de cinco años contados a partir de la entrada en vigor del Decreto por el que se reforman, adicionan y derogan diversas disposiciones de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en materia de Guardia Nacional, publicado el 26 de marzo de 2019, en el Diario Oficial de la Federación

El ejército está preparado para matar, Su propósito último es inflingir la derrota al enemigo. Su actuación toda debe estar en función del resultado y el único resultado aceptable es la victoria cueste lo que cueste. Los pactos, las alianzas, los armisticios no son propios del ejército, eso es cuestión de los reyes, de los monarcas, de los zares, de los presidentes y a veces de los parlamentos. Un ejército que actúa bajo principios que limiten su actuación con criterios extramilitares lleva un handicap en el combate contra el enemigo, especialmente si combate contra un enemigo que no tiene cortapisas en su actuación. Por eso el ejército debe ser el último recurso y debe usarse a fondo para exterminar, pretender usar los cuerpos militares como disuasorios  o intimidatorios terminan por exasperar a la tropa, quebrantar su moral, provocar y alimentar una tensión y crear un caldo de cultivo para respuestas más violentas y a menudo incontrolables. El 2 de octubre que no se olvida es un buen ejemplo. El ejército fue sometido a tensiones y desgastes desde su acuartelamiento luego del 26 de julio y la presión acumulada estalló en la plaza de Tlatelolco, Al margen de todas las implicaciones políticas y sociales, la respuesta violenta se acrecentó por su pésima utilización previa a la tragedia del 2 de octubre.

El presidente López Obrador, dejando a salvo, como dicen los abogados, el buen nombre y buena fama de que goza, y dando por aceptado que se conduce de buena fe, se encuentra atrapado en una red que el mismo se construyó y dentro de la cual se encuentran también un grupo importante pero sensiblemente disminuido de sus partidarios y de otros que sin serlo, confiaron en él y se resisten a enfrentar la distancia entre las promesas de la campaña y las realidades del gobierno. Su campaña, valdría decir, que su vida ha sido una campaña, estar en campaña, en combate,  ha sido su modus operandi, su modus vivendi y le rindió frutos, le condujo a su aspiración ser presidente de la república. Estar en campaña le significó prometer lo incumplible, ofrecer lo inalcanzable, ofrecerse como un taumaturgo con recetas para todas las enfermedades y remedios para todos los males. Y como el prometer no empobrece prometió, prometió, prometió. Su paradigma sin duda es Luis Echeverría Álvarez, su héroe de juventud, sus semejanzas son innegables aunque seguramente para él, AMLO, serán inadmisibles. Hay muchos, pero dos libros en particular dan cuenta de la personalidad y actuación de un personaje populista subproducto de la Revolución Mexicana, fuente de la cual ha abrevado López Obrador, retomando los principios de lucha histórica de un movimiento espectacular, romántico y atractivo, con programas y acciones para una realidad que ya no existe. Esos libros son “El estilo personal de gobernar” de Daniel Cosío Villegas y “Nueva guía de descarriados” de José Fuentes Mares. El primero es un ensayo con la perspectiva de un historiador, un investigador social y politólogo (como les dicen ahora a los que viven de hablar de política), en que analiza las líneas generales de un gobierno a caballo entre los principios revolucionarios y el nacimiento de una juventud revolucionaria en otro sentido, producto de la revolución de mayo, heredero de unas políticas autoritarias, clientelares y populistas y encabezado por un político que Fuentes Mares describió como: “Activísimo, locuaz, mesiánico y tarado”. Como decían las advertencias en algunas novelas: cualquier semejanza, no es adivinación, presentimiento o magia, sino simple y sencillamente coincidencia, y, agrego: imitación.

López Obrador, debe estar desesperado, y si no, es que está desquiciado. A partir del presente año empezó a dar muestras evidentes de que su habilidad para tejer redes, su simpatía natural, su desparpajo estudiado, su aparente dejadez, su fingida austeridad, se estaban volviendo contra él. Su discurso dejó de ser propositivo y crítico, para convertirse en autocomplaciente, autojustificante y defensivo usando el ataque como escudo. Evadió enfrentar los grupos y movimientos que sin cuestionarlo, demandaban, por no decir que exigían una definición del gobierno y sus “salidas graciosas” dejaron de serlo, siendo las mismas. Las mujeres víctimas de la violencia estructural, los ofendidos y víctimas del crimen organizado, los empresarios maltratados selectivamente, los burócratas afectados por recortes y los supervivientes por disminución de prestaciones. Su cercanía con el pueblo sabio se transformó en sana distancia, en vallas, en selección cuidadosa, su discreto estado mayor se volvió ominosamente ostensible. Tomó para sí y puso en práctica la divisa del innombrable: Ni los veo ni los oigo.

La violencia ha crecido como nunca antes. La Guardia Nacional resultó un Frankestein, un híbrido que sacó lo peor de la Policía Federal y del Ejército. Probablemente el diagnóstico de AMLO de que no se podía disminuir la violencia sin cambiar las condiciones sociales era, es, cierto, pero también es cierto que no se puede disminuir la violencia con más violencia.

Decía un maestro zen, en el desierto puedes conducir tu vehículo a la máxima velocidad, en la ciudad más te vale respetar las señales de tránsito.

López Obrador si quiere sobrevivir como gobernante y sacar a flote al país tendría que empezar por respetar las señales: las instituciones, la ley, los factores reales de poder, los grupos sociales, escuchar a la gente y no reunirla para hacerse escuchar.

Dos horas diarias por lo menos las dedica a hablar, sería un buen principio escuchar dos horas diarias.

El Ejército en la calle no ha sido solución democrática, ha pacificado a un costo sangriento, ha sido instrumento para las dictaduras. Cinco años del ejército en las calles será como su estrategia fallida contra el COVID19, aplanar la curva es alargarla.

Parafraseando a George Santayana: El que no aprende de la historia está condenado a repetirla.

 

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