Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Mis principios inquebrantables son: no mentir, no traicionar, no robar. AMLO.

Si no le gustan mis principios, tengo otros. GROUCHO MARX.

 

Si no fuera algo tan delicado, sería tan divertida la declaración del KKASH como la del genial cómico estadounidense. Groucho lo decía con un agudo sentido del humor. De López Obrador no acabamos de saber si lo hace por una compulsión a la mentira, por la pretensión de engañar a toda una nación o de plano porque su desquiciamiento ha llegado al extremo de no distinguir la realidad y terminar creyendo sus mentiras. Lo grave es que sus declaraciones caen en una tierra fértil, un pueblo con un nivel educativo paupérrimo, casi 50 millones en pobreza y atenidos a una pitanza que EL SUPREMO (cfr. Augusto Roa Bastos) usa como moneda de cambio política. La fórmula le ha funcionado, una buena parte de la población, posiblemente más de la mitad, apoya al presidente aunque contradictoriamente reprueba su administración en todos los sectores y mayoritariamente cree en su buena voluntad y en su honradez, a pesar de las repetidas acusaciones fundamentadas en las que se pone de manifiesto que la corrupción rampante en el país, la opacidad y falta de rendición de cuentas, el aumento desmedido de las obras presupuestadas y la desaparición de los fondos de reserva, los fideicomisos y ahora la pretensión de apoderarse de los ahorros de los trabajadores, dan cuenta de que, una de dos: el presidente no está consciente de lo que está sucediendo en el país, lo que sería gravísimo, o bien el presidente conviene en la corrupción y participa de ella a través de sus allegados, empezando con sus hijos, sus cómplices y sus incondicionales, lo que sería peor.

Ayer o antier en la mañanera le preguntaron respecto a su proclama de regresar el ejército a los cuarteles, para echar atrás la militarización del país y la guerra de Calderón. El presidente respondió que nunca había dicho eso, que lo que había dicho era que había que estar al pendiente de su trabajo y que desde luego requería el apoyo para su labor. Andrés Manuel López Obrador en transmisión nacional, en su foro matutino, en su púlpito desde el que profiere homilías todos los días, desde su cadalso en que decapita adversarios, destruye reputaciones, difama y calumnia irresponsablemente, con el mayor cinismo, con la mayor sangre fría, con la más grande desvergüenza, mintió en cadena nacional ante el pueblo de México.

Es cierto que hace algunos años en una entrevista con López Dóriga, antes de que lo pasara al redil de los adversarios junto con Loret de Mola, Aristegui, Pepe Cárdenas, Enrique Krauze y otros defenestrados, también afirmó nunca haber dicho que el ejército iba a regresar a los cuarteles. Los archivos mostraron que tanto de viva voz como por escrito, el quitar al ejército de las funciones policíacas fue parte de sus promesas de campaña. El presidente lo sabe. ¿No lo recuerda? ¿De verdad no lo recuerda? O ya construyó en su mente desquiciada, como parte de su mundo de los otros datos, un pasado conforme con su delirio actual. La explicación de una patología sería la más caritativa para AMLO, pero igualmente peligrosa para el país. Si conscientemente predica y sostiene sus mentiras, entonces el presidente se haría reo de un juicio político que podrá empezar apenas pierda su inmunidad al terminar el período presidencial.

Quise mencionar el caso del ejército, porque es recientísimo y desde luego notable. Pero un día sí y otro también miente, difama y calumnia y aun cuando le acreditan lo contrario, se sostiene en la mentira y se recarga en una desgastada popularidad, comprada con dádivas y soportada en la abyección de sus lacayos, que espera pueda durar hasta el día de las elecciones.

El presidente pregona lealtad pero exige sometimiento incondicional. Los legisladores federales no le inspiran ni el mínimo respeto, ninguno de los miembros de su partido y de los parásitos Verde, PT y de alguna manera MC, son dignos de ser escuchados ni tomados en cuenta. Sus cómplices son de úsese y tírese. Ahí tenemos a Porfirio Muñoz Ledo, ahí tenemos el maltrato con la punta del pie a Cuauhtémoc Cárdenas que tristemente agachó la cerviz por cuidar la carrera política del hijo, ahí tenemos a la señora Robles, que confió en el “no te preocupes Rosario” para luego tenerla en la cárcel ilegalmente hasta que al fin el poder judicial hizo justicia y at last but not least (al último pero no el último) el indigno Ebrard que ha soportado la traición, el engaño, la injuria, una y otra vez, y sigue agachando los cuernos ante la voz presidencial.

El presidente afirma que uno de sus principios es no robar, pero una de las modalidades sofisticadas del apoderamiento de un bien ajeno, robar en otras palabras, es el llamado abuso de confianza, que es el disponer para sí o para otro de una cosa ajena de la que le ha trasmitido la tenencia pero no el dominio, como funcionario público el desviar los fondos públicos para fines distintos de los que estaban destinados configuraría claramente el delito, pero también cuando no tienes un presupuesto aprobado por el Congreso y afirmar destinar cantidades para una finalidad aparentemente legal pero no presupuestada, no auditada, no verificable y con absoluta opacidad. Ejemplos claros los tenemos en el AIFA, en Dos Bocas y en el trenecito Maya, en las tres existe la coincidencia de que de las cantidades originalmente presupuestadas su costo se ha triplicado y siguen costando sin posibilidad de auditar ni transparentar, porque son obras de “seguridad nacional”.

La más reciente ley que permite que el gobierno se apropie de las afores, es un ejemplo de robo en despoblado. El gobierno ha dilapidado sus fondos, el aumento de las limosnas, el costo de la campaña de su candidata y la compra de conciencias ha agotado sus reservas, ahora echará mano de dinero fresco del que no tendrá que rendir cuentas a corto plazo.

El dos de junio tendremos oportunidad de continuar con un régimen de mentiras, traiciones y raterías o dar la estafeta a otra alternativa.

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