RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

La semana pasada le comenté en este mismo espacio sobre la corrupción en el Poder Judicial. Y la columna tuvo diversos comentarios, todos ellos aprobando lo escrito aquí y las deficiencias y corruptelas de nuestro sistema judicial y la aplicación de la justicia. Lo anterior me hizo reflexionar sobre cómo la carrera de Derecho se ha ido desvirtuando y cómo quienes la ejercen buscan su bienestar por encima de la aplicación de sus conocimientos, que deberían ser para abogar a favor de la gente desamparada y en problemas, que busca quien abogue por ellas en los momentos críticos de algún problema, encontrándose, muchas de las veces, con abogados y funcionarios corruptos que ven en sus clientes sólo el signo de pesos, sin importar el tremendo daño que les van a hacer al dejarlos al garete y perder maliciosamente los casos. Ojalá y las nuevas generaciones de abogados sean dignos de sus escuelas de Derecho.

Sabemos que en México el abogado se mueve en un medio tenso, donde a menudo la invocación de la ley es herejía; donde en la mayor parte de las veces no es el mejor litigante el que obtiene la razón del fallo justo, sino el aprendiz de coyote, que ayuno de razones se presenta sobrado de influencias, ante las cuales ceden algunos jueces, que lo son de nombre y de nómina, pero en el fondo no son otra cosa que mercaderes de la Justicia o gatilleros del Derecho, que asesinan con más saña que el autor material del delito.

Abogados defensores, o jueces, o funcionarios públicos, cualquiera sea la barricada que la vida le depare a los litigantes deben ser dignos de sus escuelas de origen. Dicen algunos que el “dinero manda”. No es verdad. No es posible prostituir los valores ni corromper a la verdadera moral cuando se tiene. El hogar y la escuela son los responsables de la solidez del cimiento. Ser hombre implica una gran responsabilidad y hay que cumplirla. Hay veces que triunfa el malvado en un golpe caprichoso del destino -como lo ha sido hasta el día de hoy Mauricio Alva Moreno, el ex marido de mi hija, que tiene 10 años sin darles pensión alimenticia a sus hijos y que está a punto de desalojarlos de su casa, gracias a sus influencias en los juzgados-, pero tarde o temprano sus fechorías no quedaran impunes.

Hay ocasiones en que una violencia reiterada acaba por parecer un derecho, pero a la larga la justicia volverá a prevalecer. Nadie puede pretender ser grande si no desprecia las cavernas del alma donde se esconde la sordidez. Justicia, define el Digesto, es la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno su derecho.

El hombre de verdad aspira a ser justo, aspira a mantenerse en el fiel de la balanza en todas las pasiones. En la vida es preciso conjugar la conducta con la idea; de lo contrario se cae en el zigzagueo de la prevaricación. Bien predica quien bien vive, le dijo Sancho a Don Quijote, cuando éste lo felicitó en las Bodas de Camacho. La lucha por la vida es feroz. En ella hay sólo sobrevivientes, pero a pesar de ello no se debe perder nunca el sentido de humanidad. Se debe ser sembradores y no cosecheros de los esfuerzos ajenos. Se debe recordar siempre la recomendación de Don Quijote al flamante Gobernador de la Ínsula Barataria: “Has de cuidar, Sancho amigo, que nunca el peso de la dádiva pueda inclinar la vara de la justicia”.

En la vida, los abogados que trabajan en el Poder Judicial deberán aprender a costa propia que es difícil que un hombre sin moral se mantenga erecto, como es difícil que un costal vacío esté derecho. No deben olvidar que la cumbre del triunfo se alcanza con pasos de confianza y fe en uno mismo; pero el triunfo no debe estar reñido con la moral, con el ideal de uno, con su propia conciencia. Subir arrastrándose no es triunfo. Llegar a la cima cubierto de lodo, no seduce ni al reptil, cuyas escamas salen pulcras del pantano. El más fuerte nunca lo es bastante -decía Rousseau- para dominar siempre, si no transforma la fuerza en derecho y la obediencia en obligación.

Termino esta colaboración platicándole una anécdota del Presidente de México, Don Benito Juárez:

Tenía el señor Juárez tres yernos extranjeros, un cubano y dos españoles, estos últimos de muy mal carácter. Cierto día despachaba el Presidente en Palacio, cuando se anunció el Juez Penal de la Ciudad de México.

– Señor -dijo el Juez- ayer en la audiencia pública, su yerno, el señor Sánchez me faltó al respeto gravemente.

– Supongo -contestó el Presidente- que ya dictó usted la sanción correspondiente.

– Sí, señor, y precisamente vengo a avisarle que en estos momentos se está cumpliendo la orden de arresto.

-Ha hecho usted perfectamente -replicó el señor Juárez-. Este país para vivir necesita respetar la ley y a quienes la representan, sobre todo quienes formamos parte del Poder, o somos familiares de quienes lo sirven, estamos más obligados a respetar las instituciones y a mantener una conducta que no suscite la menor crítica. ¡Ése era Juárez!, verdadero hacedor de historia. Ojalá y los impartidores de justicia en nuestro estado respondan a su tiempo no sirviendo a intereses innobles y huyan de la simulación. Es preferible que se equivoquen defendiendo a la víctima, que disfrutar del dudoso placer de ser verdugos.