En décadas pasadas, al iniciar el ciclo escolar nos recomendaban a los maestros homogeneizar (uniformar en conocimientos) al grupo de alumnos que ponían bajo nuestras respectivas responsabilidades con objeto de facilitar que todos avanzaran rápidamente y en igualdad de circunstancias. Y nos advertían, “si no logran uniformar al grupo, tendrán muchos problemas en la atención y en los aprendizajes de los alumnos”. (En mi caso siempre trataba de hacer, profesionalmente, lo que se me indicaba, pero confieso que no me fue posible uniformar a los estudiantes por más esfuerzos que hacía).

Hoy, con base en investigaciones realizadas y las experiencias obtenidas sobre el trabajo docente, se tiene el convencimiento que no es posible uniformar a los alumnos de un grupo porque son diferentes, aun cuando el grupo sea de quince, de diez o de menos alumnos. Si un padre de familia reconoce que sus hijos son diferentes entre sí, con mucha más razón los profesores nos damos cuenta que los alumnos son diferentes porque proceden de una gran diversidad de familias; porque cada estudiante es desigual: cada uno de ellos tiene su interés o desinterés, su aspiración o indiferencia, su disposición o indisposición, sus gustos o desagrados, su seguridad o sus miedos, sus fortalezas o sus debilidades, sus logros o sus frustraciones, sus preocupaciones, sus potencialidades intelectuales, sus capacidades de concentración, sus realidades y su imaginación, entre muchas otras cosas que los hacen diferentes.

Sin embargo, aun cuando nos damos cuenta de la gran diversidad de alumnos que tenemos en nuestros grupos, seguimos enseñándoles a todos por igual, como en los viejos tiempos: utilizamos la misma planificación didáctica para todos, queremos que todos aprendan a la misma velocidad, que todos estudien lo mismo, que todos piensen igual, que hagan los mismos ejercicios, les guste o no, quieran o no, puedan o no. En consecuencia, gran parte del aburrimiento, de la indisciplina y del fracaso escolar, es porque obligamos a nuestros alumnos a hacer lo que no les agrada, lo que no entienden, lo que no pueden realizar, o lo que no le encuentran utilidad. Y ante este orden de cosas, no pocos hemos llegado a la fácil postura de “Yo enseño, y el problema es de los alumnos si no aprenden”; olvidando que la verdadera enseñanza es aquella que garantiza los aprendizajes de los educandos. Por todo lo anterior, el reto de nuestros tiempos es poner en el centro de la enseñanza a los estudiantes con todas sus diferencias, y organizar y animar situaciones de aprendizaje con fundamento en la pedagogía diferenciada y en las didácticas contemporáneas que consideran situaciones amplias, abiertas, con sentido y control, y solución de problemas.

Ahora bien, cuando decimos que todos los alumnos son diferentes, no queremos decir que en el salón de clases cada uno de ellos puede hacer lo que quiera; como tampoco se pretende que se diseñen tantas planificaciones como alumnos integran un grupo. La pedagogía diferenciada y las didácticas contemporáneas sugieren que debe hacerse, ciertamente, una planificación o un proyecto por cada unidad temática, y que la diversificación, o la variedad, debe estar en las actividades que los estudiantes han de realizar para lograr los aprendizajes esperados. Esto es, para los alumnos hiperactivos y para los que manifiestan rapidez en su desarrollo intelectual habrá que diseñar más actividades y con distintos grados de dificultad con objeto de que éstos avancen en la medida de sus propias capacidades; en cambio, para los alumnos que hacen esfuerzos, pero avanzan de manera lenta y con ciertas dificultades, para estos alumnos habrá que formular actividades más sencillas, más interesantes y en menor cantidad, con el fin de que éstos también logren aprendizajes aunque sea de manera pausada, finalmente lo que importa es que aprendan. Pero también podemos tener estudiantes apáticos, indiferentes, que rechazan estudiar y hasta manifiestan molestia por estar en el salón de clases; con estos alumnos, antes que ponerlos a realizar actividades de aprendizaje, primero habrá que platicar con cada uno de ellos, prudente y profesionalmente, para saber qué les está pasando: ¿qué les desagrada de la escuela o de alguna asignatura en particular?, ¿a qué no le encuentran razón de ser en sus estudios?, ¿qué actitud o expresión del maestro les molesta?, ¿tienen problemas familiares o personales?, ¿cuáles?, ¿existen malos entendidos entre pares o entre los amigos?, y tantas otras cosas que pueden estar incidiendo en sus comportamientos y obstaculizando sus aprendizajes. Cuando estos alumnos sientan que alguien se interesa por ellos, los comprende y los orienta para superar sus dificultades, entonces estarán en condiciones y con disposición para desarrollar las actividades de aprendizaje; antes no. En pocas palabras, cada alumno requiere aprendizajes a la medida de sus necesidades, de sus posibilidades, de sus aspiraciones o de sus deseos. Para ello, la primera tarea de nosotros, al iniciar un ciclo escolar, es conocer a cada uno de nuestros alumnos: conocer su cultura familiar, sus necesidades, sus aspiraciones, sus potencialidades, sus miedos o inseguridades y todo aquello que nos permita progresar en sus aprendizajes.

Concluyó el ciclo escolar 2013-2014, ¿cuánto aprendieron y de qué calidad fueron los aprendizajes de nuestros alumnos? En unas cuantas semanas inicia el ciclo escolar 2014-2015, ¿cuánto queremos que aprendan y de qué calidad queremos que sean los aprendizajes de nuestros alumnos? El trabajo y los resultados darán las respuestas.