Moshé Leher

En una película del año 65, uno después de que cantaran los ruiseñores y nacieran todas las flores, Alpha 60 domina toda la ciudad de París; se trata, obviamente, de Alphaville de Godard, una cinta distópica en la línea de 1984 de Orwell, el Mundo feliz de Huxley, Fahrenheit 451 de Bradbury y la 4T de AMLO.
Yo la vi, por razones obvias muchos años después, cuando ya se sabía que lo que veíamos como el genial invento del demencial Profesor Von Braun, que además termina por recitar a Borges (“El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río/ es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre…”), era un sótano del sistema de suministro de agua de la capital francesa.
Años después, un álbum de estampas, de esos que rellenábamos de niños, presentaba al inicio de uno de sus capítulos, cuatro espacios para cuatro estampitas que mostraban, al completarse, un salón enorme lleno de rollos, luces y monitores: la computadora.
Cuento esto porque a la gente de hoy le resultaría extraño saber que entre ellos habitamos los de una especie que crecimos con ábacos en los salones de clase, sin computadoras, apenas con calculadoras rudimentarias, reglas de cálculo, cuadernos con las tablas de logaritmos, obviamente sin teléfonos de llevar en el bolsillo, sin Internet y sin imaginar la molicie esta de las redes, cuando un ‘yahoo’ era un salvaje antropomorfo que encontró el famoso Gulliver en uno de sus viajes y no un buscador ya medio pasado de moda.
Para no hacerles el cuento largo, yo el primer curso de dizque computación lo tuve en tercero de bachillerato, con la circunstancia de que ni mi colegio, ni nadie de los que tomábamos el curso tenía un ordenador, de tal manera que las tareas las hacíamos en casa de una compañera ricachona, cuyo padre tenía uno de esos aparatos que comenzaron a venderse a principios de los 80, creo recordar que un PS 25 de la IBM; y que fue en la universidad donde teníamos un par de horas semanales para ir a un laboratorio de computación, donde había una veintena de esos cacharros (que tenían la capacidad que ahora multiplican por miles los teléfonos móviles), que teníamos que compartir los alumnos de una veintena de facultades.
De eso pasaron ya cuatro décadas y ya es cosa sabida que llegó el tsunami, nos revolcó y dejó el mundo, con perdón, patas para arriba.
No viene a cuento cómo tuve que comenzar a vérmelas con ordenadores, algoritmos, aplicaciones, programas de edición y, finalmente, con el asunto del Big Data, o la ciencia de datos, que en suma refiere a la recopilación de volúmenes ingentes de datos, que vamos regalando con alegría en nuestras sesiones de Internet y de redes, y que se usan para hacer predicciones: económicas, de consumo, de supuesta prevención de riesgos sociales, de comportamiento de las masas geológicas o para cualquier cosa que quieran y gusten.
Es tal la cantidad de datos que generamos y regalamos en detrimento de nuestra privacidad, que los hay que suponen que el control social pronto estará en manos de quienes almacenan y procesan esos datos que, se supone, saben nuestros nombres, edades, preferencias sexuales, gustos de consumo, nuestras inclinaciones políticas, nuestro comportamiento financiero, nuestro estado civil, nuestra situación económica, nuestros gustos y aficiones y hasta nuestros miedos.
Por razones de trabajo ahora estoy tratándome de empapar en esos asuntos, no sin las muchas dificultades que implica mi condición de no nativo digital, mis limitaciones con el pensamiento matemático, mi natural atolondramiento y mis muchas limitaciones intelectuales y educativas, además de un creciente escepticismo respecto a la capacidad predictiva de los programas de procesamiento.
Fundo esto en lo errado de los algoritmos del Facebook e Instagram, donde un día me recomiendan invertir en una villa en Puerto Banús, un apartamento en Miami, o me ofrecen un curso para estudiar online, para hacerme analista para la industria de extracción del selenio, para luego ofertarme una predicción del Tarot, el último mensaje que me tienen los ángeles celestiales o un cursillo para sintonizarme con el Universo y desbloquear las energías que me impiden volverme millonario a lo Carlos Slim.
¡Shavúa Tov!

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