Jesús Eduardo Martín Jáuregui

El adjetivo devoto viene del latín devotus-a-um (ofrecido a, consagrado a, dedicado a), que no es más que el participio de perfecto del verbo devovere (consagrar, dedicar enteramente, ofrendar).
Creo haberlo escrito antes: hay personas que mueren, hay otras que se mueren, pero hay otras, las menos, que se nos mueren: Alfredo Zermeño Flores se nos murió para Aguascalientes y con su partida amanecimos más pobres, con un hueco en la vida artística y cultural de nuestra ciudad, pero también con un hueco grande en el corazón de quienes tuvieron la oportunidad de tratarlo y más grande para los que tuvimos la fortuna de convivir con él.
El filósofo, abogado y notario regiomontano, Agustín Basave Fernández del Valle escribe que la vocación humana no es como en los primeros juegos infantiles una estrella que sólo cabe en el hueco de la estrella, o como el rombo que sólo coincide en el espacio del rombo. No, la vocación humana es múltiple. Nadie tiene sólo vocación de pintor y no existe el temperamento artístico. Hay artistas que tienen temperamentos diversos y hay pintores con vocación humanista y los hay con vocación monetaria y los hay que disfrutan la bohemia mientras que otros son ascetas con una dedicación monacal.
Alfredo, para sus amigos Tovarich, conoció tempranamente una de las facetas, quizá la preponderante de su vocación en las artes visuales y fue de los primeros aguascalentenses que estudiaron en la academia, que tuvieron una preparación profesionalizante y, que a diferencia de otros, regresó al terruño y salvo pequeños periodos, complementó su formación y su desarrollo en nuestra ciudad. Ejerció el magisterio tanto en la iniciación artística propiciando una formación complementaria para los que no pensaban hacer del arte su actividad profesional, como en talleres libres para quienes la actividad artística para quienes veían una puerta a su crecimiento intelectual y emocional, como para los llamados al arte como camino de vida y ocasión de desarrollo. Siempre informado de las técnicas y al tanto de las vanguardias no se comprometió con ninguna ni se alineó en alguna corriente. A lo largo de su vida y de su desarrollo artístico experimentó con diversas técnicas y tendencias. No desdeñó ninguna, aunque quizás se sentía más cómodo en las expresiones más tradicionales: El paisaje, el retrato y una faceta en la que hizo un catálogo amplísimo: la iconografía religiosa. Era pintor, ese era su estereotipo, tu le veías y podrías decir “allí viene un pintor”. Más conocido por su obra gráfica también trabajó otras áreas y en la escultura, particularmente en madera tiene obras verdaderamente memorables, que, sin embargo habían quedado para el culto y disfrute de sus cercanos. Siempre afable, siempre correcto, siempre atento y respetuoso hizo de su faceta de artista una devoción.
Lo escribo y me detengo y me recreo en la palabra: devoto: ofrecido, dedicado enteramente. Sí, definitivamente sí: Alfredo tenía esa característica: esa devoción por las distintas caras del prisma de su vocación. Creyente fervoroso, era fiel practicante de aquel viejo adagio de los arrieros que, cómo Sebastián de Aparicio, abrieron los primeros caminos del desarrollo y el progreso: “Por oír misa y dar cebada, nunca se perdió jornada”. Lo primero, dar gracias a Dios, lo que durante años hizo en la Catedral, auxiliando en los cultos, lo segundo, avituallarse, que para él, no rezaba aquello de que primero es comer que ser cristiano. Además participó activamente en la Comisión de Arte Sacro de la Diócesis lo que hacía con devoción no exenta de algún retortijón, que ya se sabe que los curas son amos y señores en sus parroquias y no falta, el que llevado de arranques “estéticos” para los que no está dotado, pretenda y lo logre, desvirtuar obras, estilos, decorados, etc., basta citar una de las más peores ocurrencias, la que se perpetró con Catedral, con más dorados que una taquería, suplantando el decorado austero que venía bien con una obra del siglo XVII.
Devoto de la promoción cultural y de la conservación de lo conservable en materia urbana y monumental, fue durante décadas el motor de la segunda vida (llamémosle así) de la Corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana, luego de un impasse más o menos largo que se rompió gracias (but of course) a Víctor Sandoval, quien promovió su reestructuración que, como en la parábola del Sembrador, hubo semillas que se comieron las aves, otras que dieron magros frutos y otras más, no muchas, como en el caso del Maestro Zermeño que fructificaron para hacerlo un referente sine qua non, de la promoción cultural, que como decía Víctor es tarea de porfiados, como comer chile.
Devoto de los “chupitos”, lo voy a decir aunque a él no le gustaría la metáfora, como medio no como fin, comunión con los amigos. Porque en este campo su verdadera devoción era la amistad. De hecho su taller de la calle Monroy, su espacio, su mundo, su atmósfera, su oxígeno tenía dos finalidades fundamentales muy bien demarcadas, porque en eso Alfredo era inflexible. Las horas del trabajo son sagradas y la diversión “a sus horas”. El taller se bautizó como la casa de los amigos o algo así, porque lo puso en náhuatl y sus reuniones verdaderamente memorables, hasta que ese desgraciado virus que nos lo arrebató había obligado a su suspensión. ¡Cómo no recordar su creatividad vaciada en el mezcal! Ese licor al que bautizamos como “mezcal marnier” y el curado con istafiate “miados de león” o el de mate o el de café o el de víbora de cascabel…
Su obra perdurará en su ciudad a la que amó devotamente, sus murales, particularmente el último en el vestíbulo del edificio del Congreso del Estado, dan cuenta de su devoción por su Aguascalientes, como decía otro amigo entrañable, no quiero que me quieras, quiero que quieras mis cosas. Así Alfredo quiso las cosas de su tierra y de su gente.
Su devoción mas sagrada, lo sé, su preocupación constante, el objeto final de sus afanes, de su trabajo, de su esfuerzo, fue su familia. No hay más que decir. Vayan para Maru y para la familia Zermeño Bautista mi cariño y mi sentimiento de pésame con un abrazo de corazón y… ya es tiempo de un “chupito” y un brindis por Tovarich ¡Salud!

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